Saben aquél que diu…


(No es un artículo enteramente mío. No, al menos, en lo intelectual. La segunda parte, desde los pueblos, es un resumen de una conversación que mantuve con Clonclon hace un par de noches. Él insiste, y yo coincido, en lo poco que se comenta lo obvio).

El nacionalismo catalán, como todo nacionalismo, mantiene una violenta lucha contra la realidad. Cada mañana, un despertador interrumpe su dulce arcadia con un ensordecedor zumbido y lo pone en pie de protesta y lamento, que es su estado bipolar natural. Si el nacionalismo fuera un personaje, sería como el escritor estadounidense de ciencia ficción Philip K. Dick quien, a pesar de que llegó a cuestionar su salud mental y su percepción de las cosas, aseguraba que «la realidad es aquello que, aunque dejes de creer en ello, sigue existiendo y no desaparece».

Si la realidad golpea el hígado de las pasiones nacionalistas, allí donde el Camp Nou grita «independencia», se les advierte sobre su propia liga. Pero su arcadia les dicta acuerdos con la LFP. En el peor de los casos, podrían jugar en la Liga francesa, aseguran, como si los clubes franceses fueran a estar entusiasmados con la idea de que un equipo extranjero se llevara siempre una plaza de Champions con la de millones de euros que hay en juego. Mientras el nacionalismo sueña acuerdos, la realidad lleva al Barça a vagar por los campos de Reus y Olot.

Si la bofetada la envían por micro y carta desde Bruselas y les confirman una y otra vez que quedarían fuera de la Unión, los dirigentes nacionalistas lo ponen en duda. Esto es como ir a casa del tipo del Escatérgoris, no llevar Coca-Cola, y decirle que el juego es tuyo.

Si la bofetada se la dan los mercados, sacan balanzas fiscales, deudas históricas, aportaciones excesivas a las arcas del Estado, el expolio y ‘Espanya ens roba’. Y estalla así el episodio bipolar, la querencia cuando se trata de Europa y la pérfida España de puertas para adentro. Una víctima para perdurar su mensaje desde el poder y el país hermano mayor para cruzar, de la manita, los obstáculos para entrar por la puerta grande de las instituciones mundiales.

Sobre los pueblos, sólo tengo preguntas: ¿Quiénes son el pueblo catalán? ¿Los que han nacido allí? ¿Los que han nacido y viven allí? ¿Los empadronados allí? ¿Los que viven y trabajan allí aunque no hayan nacido en Cataluña, como decía Jordi Pujol? En ese caso, ¿puedo empadronarme mañana y votar el destino de mi pueblo, el catalán? Si uno ha nacido en Alpedrete pero sus padres son de Vilanova i la Geltrú, ¿es catalán? ¿Lo es Duran i Lleida, que nació en un pueblecito de Huesca? ¿Si alguien nació en Cataluña pero vive fuera, no es catalán? ¿Es catalán el de Mataró que no habla catalán y tiene una madre portuguesa? ¿Y si su madre es francesa con ascendente piscis? ¿Quién decide quién es catalán y quién no lo es? Todo esto es muy importante para saber quién puede votar y quién no en el referéndum que no se va a celebrar.

Hablemos un poco de sentimientos. Cada uno puede sentirse lo que quiera. Un señor de Soria puede sentirse coreano si lo desea muy fuerte. Y puede dejar de ser español: que reniegue de la nacionalidad y se saque la que le dejen. Y puede dejar de vivir en España: que haga las maletas y se pire. Total, estamos en retirada. Por tanto, supongo que puedo sentir que el Penedés también es mío. ¿Puedo decidir sobre lo que siento que es mío, igual que un nacionalista reivindica decidir sobre lo que siente como propio?

Llegados aquí, sólo nos queda lo más básico, lo que nadie dice, sobre lo que nadie discute o peor, sobre lo que se les ha concedido sin plantar la más evidente de las batallas, donde se han librado todas las guerras de la Historia: el terruño. Todo lo demás, todo lo escrito hasta ahora, es totalmente secundario. Porque el problema no está en que un nacionalista no quiera ser español: está en que al dejar de serlo, quiere llevarse una parte de España con él. Él sentirá que esa tierra le pertenece, pero yo puedo sentir lo mismo. Él pensará que se la arrebataron a sus antepasados, y yo que me la quiere arrebatar él. Él dirá que la Historia le da la razón, yo le diré que me la da a mí. Él, que me han engañado; yo, que vive de un deseo. ¿Por qué no podría decidir yo sobre el Delta del Ebro exactamente igual que él? ¿Quién decide y con qué criterio que sus sentimientos valen más que los míos?

En contra de lo que pueda parecer, estoy totalmente a favor de un estado catalán, pero en otra parte. Lo sé, la idea no convence a nadie. La creación de un Estado es un devenir histórico forjado durante siglos y no se puede romper porque unos señores que ahora mismo viven o han nacido en Cataluña pero dentro de cien años no estarán y que hace cien tampoco estaban, decidan que se acabe. Un Estado es un tema demasiado serio y complejo. El problema catalán es algo que ya trató con claridad y suficiencia José Ortega y Gasset en 1932:

Yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no solo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles.

Nos queda, pues, la convivencia. No hay, además, político español con posibilidades de gobernar o suficientemente enajenado o las dos cosas, capaz de proponer un referéndum para que una parte de los españoles decidan sobre toda España. Porque no nos engañemos: la secesión no es una decisión sobre una parte de un territorio, sino sobre su conjunto. Por eso, a Clonclon le gustaría ver a un Rajoy más bravo con este tema. Por ejemplo, que hubiera respondido la carta que le envió Artur Mas con un sobre con un mapa mudo de los ríos de España y un ejemplar de la Constitución. Fin de la cita.

Periodismo para niños


300-4-suicideUna mujer se ha suicidado y el periodismo no sabe por qué. Especula, como hace siempre, con la muerte. Y con la profesión. Cierra el relato sin siquiera abrir el libro y lo titula «Una mujer se suicida en Madrid tras una orden de desahucio de la empresa municipal de vivienda«. Establece la relación causa-efecto como si una novela nos desvelara el final, y el problema es que no se sabe apenas nada de esa pobre mujer.

Amparo, según parece, deja seis hijos, tres de ellos menores, dos nietos y un marido. La deuda, de 900 euros, era de él. No había recurrido a la PAH. Y la única salida que encontró, según nos informan, fue suicidarse. Al periodismo le parece bien dar una noticia que cierra su breve relato de buenos y malos, las estrecheces entre el desahucio y la muerte. El periodismo para niños.

Da igual lo mucho o poco que se insista en que una persona sana nunca intenta acabar con su vida, en la redacción sólo importa el titular. Otros investigarán si la orden de desahucio ha sido la última gota del vaso, una más en un alud de circunstancias que el periodismo, sin pudor, se ha molestado en ignorar para no complicarse la vida.

Este comportamiento convierte a los periodistas en meros consumidores de información, en víctimas de sí mismos. Josu Mezo, en su recién estrenada sección en ‘La Brújula’ de Onda Cero, advirtió de la responsabilidad de los lectores a la hora de leer información. Esto fue lo que dijo:

Con esto de las redes sociales, todo el mundo envía constantemente lo que lee por ahí. En cierto modo, todo el mundo tiene que ponerse en la piel del periodista que recibe una nota de prensa y dice: «¿esto vale para algo? ¿Merece la pena ser contado?». La gente retuitea o reproduce cosas por Facebook, normalmente con mucho entusiasmo si es conforme a sus prejuicios, y debe aprender a que no le cuelen tonterías, porque luego se retuitea y se comparte con amigos, y estamos ayudando a gente a desinformar y a meter ruido donde debería haber información.

Todavía no sabemos qué ha ocurrido, pero ya hay una manifestación para las 18:00 y un hashtag en Twitter, #EMVSmata, que apunta a ‘trending topic’ y que denuncia a gritos que la pobre mujer, Amparo, ha sido asesinada. El pueblo, así, se identifica con ella, víctima del sistema, la libera de la responsabilidad de sus actos y se liberan ellos, por lo que pueda pasar. Y el titular ya ha señalado al criminal.

El purgatorio (de la prensa)


‘La Brújula’ de Onda Cero, dirigida por Carlos Alsina, ha estrenado una nueva sección todos los jueves llamada ‘El purgatorio’, incluida en ‘La tertulia de la economía’. Para dicha sección contará con Josu Mezo, profesor de Estadística aplicada a la Ciencia en la Universidad de Castilla la Mancha, y autor del blog Malaprensa, donde lleva casi diez años señalando errores de bulto en la prensa española que muestran «pura falta de profesionalidad, negligencia, torpeza o ignorancia del periodista». Su blog nació, según sus propias palabras en una entrevista, «del hartazgo de ver tan a menudo en la prensa supuestamente seria y de calidad noticias que me parecían claramente erróneas». Josu no es periodista, pero su blog fue uno de los primeros en España, si no el primero, dedicado exclusivamente a señalar la mala prensa, algo muy necesario en una profesión demasiado acostumbrada a mirarse el ombligo.

En su primer día, desmontó las cifras de las familias en la vuelta al colegio, esa cuesta de septiembre. No es que no sean creíbles (al menos algunas), es que los métodos que se utilizan para llegar a ellas no son todo lo riguroso que debieran. Algunos puntos que destaca:

  • Las cifras bailan demasiado entre distintas asociaciones de consumidores, que son las que realizan los estudios.
  • Algunas asociaciones incluyen en los gastos de la vuelta al colegio el comedor y el transporte, cuando en realidad son gastos recurrentes.
  • Las estimaciones de gastos de ropa, por ejemplo, son el resultado de un sondeo aproximado al que se llega no se sabe muy bien cómo.
  • Se habla de gastos medios, pero no se sabe cómo se hacen las medias, a veces por etapas, o por tipo de escuelas. En FUCI, por ejemplo, suman el supuesto gasto medio por alumno de colegio público, concertado y privado, y lo dividen entre tres sin tener en cuenta cuántos niños estudian en cada tipo de centro. Así hallan la media. El dato es, por tanto, inútil.

Mezo dice que el periodista debe hacer siempre una pregunta: «¿usted cómo lo sabe?». Esa pregunta, con frecuencia, debe ser anterior (incluso en forma reflexiva) y es la que otorga o quita autoridad a una fuente. Un periodista nunca preguntará a un bombero sobre la guerra de Siria, pero sí a un experto en Oriente Medio. El periodismo tiene como fuentes autorizadas a las asociaciones de consumidores porque se dedican a estudios de consumo. Hemos dejado de hacernos la pregunta y  han captado el mensaje: no necesitamos la verdad, sino un titular. Y ellas, en realidad, han venido a hablar de su libro. Así, resulta que, a veces, las asociaciones no pasan de periodismo de declaraciones, con el mismo valor que la vecina que responde que el asesino siempre le pareció un buen chico, alcachofa en boca. Y mientras, el periodismo, embarcado en su desidia.

España no es África, oiga


Para un número creciente de personas, la comida en los cubos de basura ayuda a fin de mes. Estas tácticas de supervivencia son cada vez más comunes en España, donde la tasa de desempleo es superior al 50 por ciento entre los jóvenes y cada vez más las familias con todos sus miembros en paro. Imagen de Samuel Aranda / New York Times.
Para un número creciente de personas, la comida en los cubos de basura ayuda a fin de mes. Estas tácticas de supervivencia son cada vez más comunes en España, donde la tasa de desempleo es superior al 50 por ciento entre los jóvenes y cada vez son más las familias con todos sus miembros en paro. Imagen de Samuel Aranda / New York Times.

Jot Down Magazine publica hoy una entrevista de Ramón Lobo a Santiago Lyon, vicepresidente y director de fotografía de Associated Press. La pregunta, sobre los niños hambrientos en África:

En el11-S no hubo imágenes de muertos, solo las de algunas personas tirándose al vacío en los primeros momentos. Eso criterios no se aplican con África, el hambre y los niños con moscas. ¿Por qué?

Creo que tiene que ver con los gustos de los editores, qué tipo de fotografía prefieren publicar basándose en su experiencia a lo largo de muchos años y el conocimiento de sus comunidades. También está la idea de que el muerto lejano es más anónimo. Si se está muriendo un hombre, una mujer o un niño en África, eso muestra lo horrible que es la vida allí y hay que enseñarlo porque es dramático. Pero cuando esas cosas ocurren en casa son una aberración. Algunos dirían que esto es un doble rasero, que se debería ver el mundo de la misma forma sucedan las cosas en casa o fuera de casa. Otros dirían que es lógico que sea así porque uno tiene sus costumbres y lo que es normal en un país no lo es en otro.

En efecto, el muerto anónimo. Y la distancia, sea geográfica o cultural. El periodista establece una comparación entre una excepción como el 11S y algo más frecuente de lo deseable, pero vale para el objetivo final, preguntar por qué unos muertos se enseñan y otros no. La pregunta es reveladora, también, para señalar lo fundamental: en Occidente nadie muere de hambre.

A Lyon le falta dar la vuelta a la situación: Un español sabe bien que en su país nadie muere de hambre. Pasea por sus calles y conoce, más o menos, el día a día de sus problemas. Un muerto de hambre, en Madrid, sería excepcional. Ese muerto en la Gran Vía llevaría a su familia al paredón del pueblo, incluido el de Twitter. En África, sin embargo, asumimos la imagen como el que peca por gula.

Por eso enfadó tanto, hace un año, el reportaje que publicó el New York Times llamado ‘In Spain, Austerity and Hunger‘. Que España no es África, oiga.

La caterva y el odio


Como todo el mundo sabe, Cristina Cifuentes, la delegada del Gobierno en Madrid, sufrió ayer por la tarde un accidente de circulación en la capital al chocar con su moto contra un coche y se encuentra ingresada en el Hospital de La Paz. Su pronóstico es grave y necesita de respiración artificial.

Como suele ocurrir en estos casos, una parte no poco numerosa de la izquierda tolerante, social, justa y amable ha dedicado unas palabras de aliento desde Twitter a la delegada, frases como «llamadme mala persona, pero ojalá se quede tetrapléjica», estaría bien que fuera trasladada a un hospital privado «y la diñara por negligencia médica», «13 caballos y una zorra: Cifuentes en Vespa», «¿se ha muerto ya Cristina Cifuentes?», «buenas noches y un gran abrazo a la moto de Cristina Cifuentes», «Lo de Cristina Cifuentes ha sido terapia de choque», «La vida de Cristina Cifuentes no corre peligro. Ojalá muchos madrileños pudieran decir lo mismo de la suya». No crean que estos mensajes han sido seleccionados. Tan solo he escrito «Cifuentes» en el buscador de Twitter, una búsqueda que se actualiza automáticamente con nuevas perlas, unas tres o cuatro por minuto, en las que se desea su muerte, se ríen del accidente, de ella o desean lo mejor para su moto. Y eso que son casi las tres de la mañana, una hora tranquila. Imaginen el ritmo que ha llevado en hora punta. Hasta esta inmundicia hemos descendido, o quizás de ella nunca hemos llegado a salir. Incluso algún imbécil la ha matado en Wikipedia.

Me ha llamado la atención cómo hay muchos tuits que la nombran, pero muy pocos que la mencionan, es decir, muy pocos que utilizan @ccifuentes, que es su nombre de usuario, para insultarla. Para los profanos en Twitter, nombrar es, simplemente, escribir el nombre de alguien, pero mencionar garantiza que a esa persona le llegue el mensaje. La diferencia, digo, es tan brutal como hipócrita, pues escupen a su espalda lo que nunca se atreverían a soltar a la cara.

El desgraciado accidente ha colocado a Cifuentes en la diana del odio. La caterva que lo cultiva ha aprovechado, como una turba, la caída al asfalto para abalanzarse en masa. Porque esta gentuza que insulta, la que la culpa de la privatización de la sanidad, de las cargas policiales y de sus miserias en 140 caracteres, en realidad, disfrazan su discurso para tapar su peor vergüenza, que es el odio. Sencillamente, la odian. No es maldad. Son tan buenos con sus amigos y su familia como cualquier nazi. No la odian porque sea ella, Cristina Cifuentes, ni por su cargo, por su poder, o sus declaraciones. La odian por lo que representa. Por eso sus palabras son tan miserables, por eso escupen odio y a la vez se permiten, graciosamente, dar lecciones cívicas a los demás. Lecciones que son normas, normas que imponen ellos. Lo que esta izquierda tolerante, social, justa y amable no puede hacer nunca, por tanto, es exclamar que odia. Porque ellos no odian, ellos imparten justicia social, la del pueblo. La suya. Lo que quieren decirnos es, sencillamente, que Cifuentes no merece vivir. Y que Cifuentes podemos ser cualquiera.

Egipto quebrado (I): Contexto


Imagen de Mohamed Abd El Ghany/Reuters.
Imagen de Mohamed Abd El Ghany/Reuters.

Contexto

Khaled al Khamissi publicó en 2007 su libro Taxi. En él, entrevista a varios taxistas que, de forma animada, hablan de lo que ven en El Cairo, dibujando así un esbozo de la sociedad. Uno de esos taxistas cuenta que él, igual que todo el mundo, votaba a Mubarak. Sabía que era malo igual que lo sabían todos, pero que al resto de candidatos no los conocía nadie. Algún cartel por El Cairo, nula exposición en la televisión y poco más. Elegía el mal menor, aseguraba el taxista, porque no sabía qué se podía esperar de los otros. Así funcionaba el Egipto de Mubarak, y así ganó elección tras elección hasta la llamada primavera árabe que condujo a su caída.

En aquellos meses de 2011 y 2012, los Hermanos Musulmanes guardaron una prudente distancia con los manifestantes, un segundo plano calculado, pues sabían que, de caer Mubarak, ellos eran la opción más probable para un futuro gobierno. Hamdin Sabahi, sin embargo, estuvo al frente. Liberal, es decir, secular, había sido un comprometido opositor a Mubarak. Él también jugó sus bazas apoyando las protestas desde el principio.

Llegadas las elecciones de 2012, Sabahi fue tercero en la primera vuelta, a tan sólo tres puntos de los Hermanos Musulmanes, menos de un millón de votos de diferencia. El ejército, con Ahmed Shafik al frente, fueron segundos. Así, en la segunda vuelta, se enfrentaron los Hermanos Musulmanes y la armada. Ganaron los primeros por un margen escaso: tres puntos, 900.000 votos. Esto dejó en evidencia la polarización de la sociedad egipcia, pues casi la mitad de ellos prefería la continuidad del ejército -recién depuestos por las protestas populares- a los Hermanos Musulmanes, liderados por Mohamed Morsi. Mostraba, también, que los egipcios veían el problema en Mubarak y su gobierno y no en la institución en sí.

Los Hermanos Musulmanes habían creado numerosas instituciones, incluidos hospitales, escuelas, bancos, negocios, fundaciones, clubs sociales y centros para discapacitados. Es de ahí, de esa labor social que suple las carencias del Estado donde logran numerosos votos. Los militares, por su lado, tienen casi un mundo paralelo y exclusivo. Tienen sus apartamentos, sus clubs, sus colegios y sus tiendas. El ejército tiene su propio imperio de fábricas y un inmenso negocio de construcción que, con frecuencia, excluye al sector privado sin apenas responsabilidad pública. No son pocos los militares que han amasado grandes fortunas gracias a su estatus privilegiado.

Morsi decidió nombrar ministro de Defensa al jefe de las Fuerzas Armadas, Abdul Fatah al-Sisi, a pesar de ser militar. Pensó que, si no tocaba los privilegios militares, no conspirarían y él podría avanzar con su agenda política. Comenzó así una difícil legislatura donde se ha acusado a los Hermanos Musulmanes de abusar de su legitimidad para hacer cambios en el país, incluyendo una Constitución, a imagen y semejanza de sus ideales islamistas. La legislatura, aparte del carácter autoritario de algunas de las medidas gubernamentales, ha estado regada de altercado sangrientos.

En diciembre de 2012, seguidores de Morsi atacaron una sentada de protestantes cerca del palacio presidencial, lo que provocó que cuatro consejeros del presidente renunciaran a su cargo. Más tarde comenzaron los ataques a periodistas, que también vieron sus libertades de información recortadas, y el pasado abril, una catedral copta fue también atacada.

El movimiento civil Tamrod, creado en 2013, convocó numerosas protestas a lo largo y ancho del país, que fueron incrementando en número. El 1 de julio, Abdul Fatah al-Sisi amenazó con intervenir si el gobierno de Morsi no era capaz contener las protestas:

Si las demandas de la gente no se realizan en el periodo definido, entonces corresponderá [a las Fuerzas Armadas] anunciar una hoja de ruta para el futuro.

Se convirtió, así, en el nuevo hombre a seguir en Egipto, aclamado por la multitud. Finalmente, el ejército dio un golpe de Estado el pasado tres de julio y detuvo a Morsi. Anunciaron que el gobierno interino, encabezado por Adli Mansur, dirigiría una verdadera transición. al-Sisi aseguró en su momento que no se presentaría a las elecciones que habrían de celebrarse, una vez restaurado el orden, lo antes posible. Los liberales, que protestaron en Tahrir contra el gobierno de Mubarak, se aliaban ahora con el ejército: Hazem el Beblaui fue nombrado primer ministro y Mohamed el-Baradei, vicepresidente.

La reacción internacional al golpe fue muy tibia, y se limitó, básicamente, a pedir una solución democrática y a que los militares celebraran esas elecciones anunciadas cuanto antes. Los Hermanos Musulmanes se echaron a la calle y han protestado desde entonces por la usurpación de la legitimidad democrática que les confirieron los votantes hace poco más de un año. A principios de julio, el ejército cargó contra una manifestación a favor de Morsi que mató a 53 personas. Tres semanas después, al menos 72 personas murieron en una dispersión a tiros del ejército de una sentada de protesta en la plaza Rabaa al-Adawiya, en El Cairo. El miércoles expiraba el ultimátum del gobierno egipcio para que los manifestantes levantaran dos sentadas localizadas en distintos lugares de la capital egipcia. No se movieron y la policía y el ejército actuaron. Las cifras oficiales, las más bajas, las oficiales, hablan de 638 muertos y miles de heridos. La actuación de las fuerzas de seguridad han provocado la dimisión inmediata de el-Baradei. Los Hermanos Musulmanes han convocado, desde el viernes, una semana continuada de protestas. Entre el viernes y el sábado, hay que sumar 173 víctimas más.

Made in Catalonia


El nacionalismo es un contexto excelente para la propagación de chiringuitos. Funciona con la misma base que el cambio climático: Si busca financiación para un estudio sobre la migración de un tipo de ave concreto, tendrá dificultades; pero si añade que busca la influencia del cambio climático en la ruta de migración, lloverán las ayudas. El nacionalismo funciona igual: siempre financiará cualquier cosa, sea la que sea, incluidos los insultos a la inteligencia y el robo a los contribuyentes, siempre que sirva para reforzar la idea de nación de unos cuantos que, previamente, también montaron su propio chiringo.

Uno de estos inútiles chiringuitos es el Institut Nova Història -sólo el nombre debería hacer temblar- fundado por Jordi Bilbeny. Se trata de una fundación

de estudios e investigación sobre la tergiversación de la historia que Cataluña y los antiguos reinos de la corona catalanoaragonesa sufrieron -y sufren todavía-, por parte de la corona castellana, corona que terminó apropiándose del poder de la monarquía hispánica.

El planteamiento es terrorífico, pues no busca aportar datos para demostrar que la historia que se nos ha contado (a nosotros y al resto del mundo) es falsa; sino que es una historia en la que absolutamente todos los historiadores del mundo, en los últimos cinco siglos, han sido engañados por la pérfida corona castellana que ha logrado urdir la mayor conspiración jamás orquestada, capaz de predecir el futuro, con el único objetivo de que Cataluña permanezca, perenne, como parte de España. Para demostrar que la historia hasta ahora contada es falsa, el Institut crea hipótesis ridículas a partir de parecidos tan razonables como aleatorios para, a partir de ahí, construir una nueva historia tan fantástica como increíble. Estos historiadores nacionalistas se agarran a la aldea de Ásterix como fortín mítico para contarnos historias extremadamente divertidas si no fuera por lo deplorable que supone que se tomen a sí mismos en serio.

Casa de Ramón Servent, en Barcelona.

Desde tan insigne Institut se ha afirmado que Colón era catalán, que partió de Pals d’Empurdà y no de Palos de la Frontera, que Cervantes también era catalán (natural, posiblemente, de la localidad alicantina de Xixona) o que El Quijote que ha llegado hasta nuestros días es una mala traducción de una versión original catalana, quizás perdida, por sus evidentes «errores lingüísticos». Menos mal que es considerada la mejor obra escrita en castellano, ¡cómo serán las demás! Y eso que, en el Siglo XVII, ni se les había ocurrido eso de la inmersión lingüística. Aseguran que Cervantes podría ser en realidad Joan Miquel Servent, y que eso explicaría que las páginas del famoso hidalgo hubieran sido escritas, originalmente, en catalán. Llegan a insinuar que podría ser hijo de Miguel Servet, (al que llaman «catalán universal» a pesar de haber nacido en un pueblecito de Huesca) aunque se me escapa cómo enlazarán que un hombre que vivía en Lyon tenga un hijo en Xixona. Una de las pruebas que aportan para dicha relación es el busto de Cervantes, junto al de Colón y Servet, en lo alto de la Casa Servent en Barcelona construida en… 1911. La lectura que hacen es como un guiño al que quiera escuchar el grito de ayuda del escritor:

A mí también, como a estos, me están cambiando los orígenes. También soy catalán y también me están cambiando mi historia.

Aunque está comunmente aceptado que Miguel de Cervantes nació en Alcalá de Henares como dicta una partida de bautismo,

Domingo, nueve días del mes de octubre, año del Señor de mill e quinientos e quarenta e siete años, fue baptizado Miguel, hijo de Rodrigo Cervantes e su mujer doña Leonor. Baptizóle el reverendo señor Bartolomé Serrano, cura de Nuestra Señora. Testigos, Baltasar Vázquez, Sacristán, e yo, que le bapticé e firme de mi nombre. Bachiller Serrano.

también hay quien pone en duda su veracidad, pero nadie, salvo ellos, sitúan el origen del escritor en una localidad catalana que ni siquiera es catalana.

Que nadie piense que se han olvidado de la barretina, pues también han rastreado su influencia en América como «símbolo de libertad». Una agencia de turismo, incluso hace recorridos por Barcelona con nombres como «300 años de ocupación española» o «El Descubrimiento catalán de América«, que empieza con un párrafo en su web como el siguiente:

Sólo desde una tradición ciertamente naviera, como la de la casa real catalana, exploradora y conquistadora del Mediterráneo, se puede imaginar la tecnología y los conocimientos necesarios como para iniciar un viaje por el Atlántico en 1492.

No deja de sorprender cómo el nacionalismo, que siempre se ha sumado a la crítica de la leyenda negra de las masacres a las que los conquistadores españoles sometieron a los indios tras el Descubrimiento, hinchen ahora el pecho para mostrar al mundo que Colón era catalán y transformar así el descubrimiento en motivo de orgullo nacional.

Primera bandera de la Confederación, de 1861.

Estas baratijas de la historia llevan la parodia hasta a afirmar que la primera bandera de los Estados Unidos está inspirada, cómo no, en la catalana. El error se repite a lo largo de todo el artículo, pues a la que hacen referencia es, en realidad, a la primera bandera confederada, que es la que acompaña el panfleto. En su investigación, parten de que el diseño de dicha bandera sólo podía haber sido influido por las banderas de aquellos estados europeos que, alguna vez, pintaron algo en Norteamérica. Como ya sabemos, Colón descubrió América en nombre de Cataluña, evangelizó y repartió caramelos a los indios. Todos los indios que murieron, fueron a manos de castellanos, que ya apuntaban a españolazos. En el Institut se fijan en el diseño para descartar a las banderas de los ejércitos europeos que por allí habían pululado, excepto al catalán, claro. Y así, por descarte, la bandera catalana es la elegida. «Queda patente que la bandera estadounidense no se puede comprender sin el patrón catalán», cierra Bilbeny bravucón. De nada sirve, por ejemplo, que Estados Unidos fuera un país que nació de la inmigración europea -lo que ya obliga a pensar que había muchas más banderas que ejércitos, no digamos nacionalidades- o que se haya reconocido a Nicola Marschall el diseño de la bandera de la causa confederada -con la que simpatizaba- así como el de sus uniformes. Que Marschall fuera de origen prusiano y que su diseño se parezca mucho más a la bandera austriaca que a la catalana (¡incluso que a la española!) no parecen ser detalles que a estos wannabies de la historia les preocupe. Seguramente la diseñó por encargo un señor de Lloret, made in Catalonia.

Carta de Jordi Pujol al Institut Nou Història.

Jordi Pujol, aquel hombre de Estado e hijos investigados por corrupción, aplaude las deducciones del Institut y se permite felicitarlos por el fenomenal trabajo que realizan. Lo más interesante de la carta se encuentra en su párrafo final, añadido de puño y letra, como justicia fabulada:

Ahora saldrá una novela sobre la estancia de Colón en Portugal. Es de Martí Anglada. Y habla de Colón dando por hecho que era catalán.

La novela como realidad. Pasa el tiempo en el oasis y nadie dice nada. Así nos va: mientras tiran millones de euros en la creación de una nación, los demás tenemos que rescatarla de la quiebra.

Entrevista en Gestiona Radio


El pasado domingo acudí a  Gestiona Radio invitado por  María Villardón. En su programa Edición Limitada, estuvimos hablando de los blogs que escribo, tanto éste como Retales Sueltos, periodismo y Mourinho. Aquí está la entrevista.

Damnatio memoriae


Estatua del emperador Domiciano. Gliptoteca de Munich.
Estatua del emperador Domiciano. Gliptoteca de Munich.

I

Entre las joyas que pueden apreciarse en la Gliptoteca de Munich se encuentra una escultura del emperador Domiciano, representado como dios Sol, que tiene la particularidad de habernos llegado con el rostro desfigurado. Un cartel en la sala nos explica que la estatua fue sometida a la ‘damnatio memoriae’, acto que consistía literalmente en condenar la memoria de aquellos emperadores que habían pretendido hacerse pasar por dioses en vida. De esta manera, tras su muerte, se procedía a hacer justicia denigrando su recuerdo tánto como ellos habían procurado ensalzarlo, deformando los retratos y borrando su nombre de las inscripciones. En todo ello había quizás una cierta ‘justicia divina’, la misma que Herodoto nos recuerda que les espera siempre a los que ansían demasiado el poder. Pero desde un punto de vista algo más prosaico, y desde luego mucho más estratégico, se trataba también de una manera de organizar la propaganda de los nuevos emperadores, en muchas ocasiones enemigos de los anteriores. La lógica del poder exige ensuciar el recuerdo del enemigo difunto, sobre todo teniendo en cuenta lo nostálgico que puede resultar a veces el pueblo. Hay que mantener y avivar el odio, caricaturizando al personaje, desfigurando su memoria, oscureciéndolo así con verdades que son mentiras y mentiras que se convertirán en verdades oficiales. Esta última costumbre ha perdurado hasta el presente, y en nuestro país tenemos la ocasión de comprobarlo casi constantemente. Basta con encender la televisión.

La ‘damnatio’ perfecta, sin embargo, es aquella que logra aniquilar completamente el recuerdo del enemigo de tal manera que nadie llegue a saber que existió alguna vez. Uno puede estar seguro en estos casos de que cuanto más dura sea la condena, también más inocente el conenado. Esto fue lo que intentó llevar a cabo Hitler con el pueblo judío en la llamada ‘Solución final’.

Stanislaw Radlowski.
Stanislaw Radlowski. Foto por cortesía de la familia Radlowski.

II

 Jerzy Radlowski cumplió ochenta y seis años hace dos meses. Polaco y de ascendencia judía, su madre se convirtió al catolicismo y educó a todos sus hijos en esta religión, él piensa que quizás en previsión de lo que iba a ocurrir. Cada vez que Jerzy se santigua lo hace sencillamente, como sólo ciertas personas mayores saben hacerlo todavía, con intención, despacio y apretando. Ha perdido el noventa por ciento de su visión en los últimos años y cuando fija sus ojos, que son de un azul zarco clarísimo, lo hace con gran intensidad. Al verlos da sensación de que su mirada es una mirada muy limpia.

El padre de Jerzy, Stanislaw Radlowski, sobrevivió a Auschwitz. Tras la huida de los alemanes, fue andando desde el campo de concentración hasta su casa, y allí se presentó vestido con el uniforme a rayas de los prisioneros. Nunca quiso contar nada a sus hijos, lo que vivió en Auschwitz se lo guardó para sí mismo. En mi familia ocurrió algo parecido: mi abuelo, que luchó en la Guerra Civil, tampoco quiso contarle nada a sus hijos. Tras la guerra siguió con su vida, conoció a mi abuela, montó una imprenta y se dedicó a sacar adelante a los suyos. Luego, una operación de apendicitis se lo llevó cuando todavía era joven.

Al contrario que su padre, o que mi abuelo, Jerzy siente la necesidad de recordar, de contar la historia de su vida a los demás pues, como dice su hijo Alex, su padre es historia viva. Habla de cuando luchó en la resistencia de Cracovia, de cómo fue enviado a un campo de trabajos forzados y cómo salió de él para volver a luchar, esta vez contra los comunistas. Su manera de relatar los recuerdos no es lineal; salta de una anécdota a otra, y uno se ve forzado a ir recomponiendo el mosaico para darse una idea más o menos cabal de lo que en realidad fue su vida. A veces, sin embargo, a él también le cuesta recordar, porque recordar resulta demasiado doloroso. Pero todo lo cuenta sin apasionarse, pausadamente: las cosas fueron así, y poco más puede decirse de ellas.

DSC_0597
El campo de concentración de Dachau, hoy en día. Foto de Nani Boronat.

III

Lo normal es intentar olvidar, pero muchos supervivientes han tenido la necesidad de recordar y, sobre todo, de que los demás no nos olvidemos de los que allí murieron. Cuando uno visita Dachau se encuentra con un cascarón vacío; con los años se ha ido desinfectando, oreándose de todo mal. Todo se ve demasiado limpio y, si no fuera por las fotografías, las películas y los innumerables documentos, incluso los hornos podrían confundirse con sencillos hornos de pan. Pero al ver que tienen exactamente el mismo aspecto que los de Auschwitz, como si los campos de concentración hubieran sido meras franquicias de una misma empresa macabra, se empieza a atisbar algo del horror que sucedió en un lugar aparentemente tan vulgar. Lo mismo ocurre al entrar en los barracones y percibir el olor de la madera sin barnizar con que están hechos los camastros. Uno se da cuenta de que sólo ese olor bastaría para despertar al instante, con toda su viveza, los recuerdos de cualquier superviviente.

Muchos de ellos han sentido la necesidad de recordar, sí, y también de volver. Así le ocurrió a Johannes Neuhäusler, cuando regresó a Dachau para fundar un convento carmelita en el mismo campo. Rezar es recordar la pasión, y recordar la pasión es lo que hacen también los evangelios, con sencillez, haciendo un simple recuento. Cerca del convento, dentro del recinto, hay una capilla católica polaca, otra evangelista, otra ortodoxa y, junto a todas ellas, la sinagoga.

Lo que antes fue un infierno, la Gehena, es ahora un lugar de peregrinación.

En defensa de Mourinho (y III)


1370098465_0

Segunda parte

La deshumanización es un proceso que consiste en hacer desaparecer características humanas. Se trata de sustraer los valores positivos para distorsionar una personalidad concreta, dejando de ella tan sólo valores percibidos como moralmente negativos.  Un grupo humano, un colectivo, puede percibir como una amenaza a un ‘outsider’ o grupo social y, a partir de ahí, comenzar un proceso sustentado en la supervivencia para deslegitimar la amenaza. Según el Doctor en Psicología por la Universidad de Pittsburgh, Daniel Bar-Tal, dicha deslegitimación sirve al principio como explicación al comportamiento del grupo, pero acaba como justificación. Así, ese proceso deslegitimador lleva al daño -no necesariamente físico- y más tarde, se intensifica la desligitimación para justificar ese daño.

No es un proceso planeado a escala social, sino un seguimiento de masa donde cualquier crítica al movimiento corre el peligro de ser identificado con el ‘outsider’ y correr su misma suerte, por lo que es más prudente optar por un silencio cómplice ante cualquier flagrante caso de abuso. Una vez en marcha el mecanismo, se entra en un círculo destructivo cada vez más intenso, y una espiral interminable de violencia lleva al sujeto a una condena moral, es decir,  a su deshumanización. Así, el sujeto puede ser objeto de cualquier tipo de vejación sin que haya una denuncia social del comportamiento del colectivo.

"Animó al Canillas sin ducharse", Marca.
«Animó al Canillas sin ducharse», Marca.

El caso de Mourinho, como se expuso en la segunda parte de esta trilogía, es un claro ejemplo de ello. No sólo los panzer mediáticos lo han atacado con insultos que van desde «carroña» hasta «nazi portugués», sino que el goteo diario de descalificaciones de perfil bajo han ido desde llamarlo «Pinocho» (a gritos, en la televisión, y en directo) hasta publicar que fue a ver entrenar a su hijo sin pasar por la ducha. Es el goteo incesante de la calumnia diaria lo que, poco a poco, gana adeptos.

La personalidad de Mourinho es, desde luego, controvertida, de las que levantan pasiones tanto positivas como negativas. A nadie deja indiferente. La caricatura dictatorial e impositiva dibujada por la prensa contrasta con el aprecio y la adhesión mostrados por la mayoría de los jugadores de los clubes por los que ha pasado. Sin embargo, es fácil transformar la exigencia, el trabajo duro e incluso la inflexibilidad con un carácter autoritario que no admite réplicas ni contestaciones.

Cualquier acción desinteresada de Mourinho, que por desinteresadas sólo pueden ser humanas y decentes si se mantienen en privado, ha sido sepultada por el acoso permanente de la prensa. Se han publicado con adversativas. Mourinho llegó al Madrid y amenazó al status quo vigente. Lo habría cambiado de haber logrado el apoyo institucional del que careció. Faltó arrojo y sobraron asadores. Mourinho se ha ido, cansado, con una guerra que comenzó perdiendo en casa, como Estados Unidos la de Vietnam. Pero creó, sin quererlo, un movimiento que se identificó con lo que él quería y que pretende cambiar las cosas. Que está hastiado y agotado de los tentáculos del poder fáctico en el club. Mourinho no representa ningún culto a la personalidad, ningún caudillismo. Esto parece que no lo entienden los periodistas que llevan veinte años dorando la píldora de jugadores y entrenadores justo media hora antes de machacarlos. Su comportamiento dista mucho de la profesionalidad. Se quedan en los nombres y creen que el enemigo juega una guerra de ídolos. Pero no es cuestión de nomenclaturas, sino de cómo hacer las cosas. Por eso va más allá del deporte.