Sin democracia en Europa


Los periodistas nos informan con frecuencia del camino a la socialdemocracia del discurso de Podemos, aunque con menos reiteración insisten en su capa de pintura. El mensaje de Pablo Iglesias es el recado que deja en pequeñas conferencias, en presentaciones de libros. Ocurrió el pasado 16 de julio en la presentación del libro de Manuel CastellsRedes de indignación y esperanza.

El secretario general de Podemos dice que lo ocurrido entre la Troika y Grecia recuerda al Tratado de Versalles. Ha sido una comparación recurrente por parte de los que, sentimental e ideológicamente, simpatizan con el gobierno griego, dejando de lado lo más importante: que el Tratado de Versalles reclamaba a Alemania y a sus aliados la responsabilidad moral y material del estallido de la Primera Guerra Mundial y establece condiciones de desarme, territoriales y económicas a los perdedores. Grecia, sin embargo, está negociando con sus acreedores un nuevo rescate.

Con el mismo baremo, si todos los estados de la Troika hubieran decidido, por referéndum, sobre el préstamo, todavía hoy se estarían celebrando consultas, Grecia estaría quebrada, sin posibilidad de financiación y el resultado en alguno de los países habría sido contrario a un tercer rescate. En la presentación arriba comentada, Iglesias asegura que

Los instrumentos de los estados son tan pequeños que no hay democracia en Europa. Y la democracia es incompatible con una moneda única europea que controla el BCE que no responde a controles democráticos. (…) El capitalismo es irreformable y ontológicamente abyecto como sistema de organización de la economía.

Tsipras, por tanto, no ha podido hacer otra cosa que llevar la contraria al resultado del referéndum porque cualquier otra solución era peor. Afirma Iglesias que eso no lo convierte en traidor. El líder de Podemos habla de política, de falta de sentimiento democrático de los europeos y ni menciona en algo mucho más sencillo: el principal y más acuciante problema de Grecia es económico y necesita de sus acreedores para vivir.

La convocatoria de elecciones del gobierno griego, dice Iglesias, son un nueva lección de democracia a Europa. Es necesaria la derivada enlazada con su discurso: “claro que no hay democracia en Europa”. Mientras el líder de Podemos siempre ve intereses ocultos en los movimientos ajenos, en todo aquello con lo que él simpatiza sólo observa lecciones morales, lecciones democráticas, lecciones éticas, lecciones, al fin y al cabo. Se coloca, así, un escalón por encima de quienes no están de acuerdo con sus afirmaciones. Aquí subyace la raíz de la radicalidad de su discurso: no contempla la posibilidad de que alguien que no piense como él sea demócrata. Y vaya, que todas estas lecciones nos lleguen de un declarado admirador del Comandante Chávez, no deja de tener su gracia.

Varoufakis por El Mundo


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Entrevista en El Mundo a Yanis Varoufakis.

Nada más llegar al gobierno, asegura que tuvo una conversación con Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, que dijo que si no firmaban el acuerdo que el anterior gobierno había acordado, pondrían fin al programa de ayudas:

(…) le puedo decir que todo esto lo tenían preparado desde el principio, que ya hace cinco meses existía un plan para acabar con un Gobierno que no aceptaba dejarse chantajear por el ‘establishment’ europeo.

Varoufakis ve, por tanto, una estrategia del Eurogrupo para acabar con un gobierno que no es de su agrado. Esa es la base sobre la que se sostiene todo el argumento del gobierno griego.


Sea cual sea el resultado del referéndum, el lunes habrá un acuerdo, estoy completa y absolutamente seguro. (…) Si gana el ‘sí’ en el referéndum tendremos un acuerdo no ya malo, sino absolutamente nefasto. (…) Si gana el ‘no’ el primer ministro griego, Alexis Tsipras, contará con armas para conseguir negociar un acuerdo mejor.

Eso, en realidad, está por ver. El resultado del referéndum no vincula en absoluto al Eurogrupo, sino al gobierno heleno, por lo que estará realmente ligado a su posición negociadora, que no es lo mismo que tener más fuerza. Confían en que, de ganar el ‘no’, Europa tendrá que mover ficha, reposicionarse. No tiene por qué ocurrir.

Las fuerzas conservadoras de Europa esperan y desean que en el referéndum gane el ‘sí’, eso está clarísimo. Si lo consiguen, al día siguiente Mario Draghi apretará el botón rojo, la línea de liquidez de emergencia (ELA, por sus siglas en inglés) volverá a funcionar y los bancos abrirán sus puertas el martes. Si gana el ‘no’, y a pesar de las amenazas con las que están tratando de condicionar el voto, Tsipras irá rápidamente a Bruselas el lunes, llegará a un acuerdo y los bancos abrirán igualmente.

No parece muy coherente que el primer ministro heleno viaje a Bruselas con una presunta posición negociadora más fuerte -lo que se traduce en mayores exigencias- y vaya a conseguir en un día lo que no se ha logrado en meses. Por tanto, es de esperar que, dado ese escenario, el lunes no haya acuerdo. Lo explicaba Juan Ramón Rallo la noche del viernes: “Si no hay acuerdo, el gobierno griego no tiene plan de financiación, lo que lo convierte en insolvente. Si es insolvente, la deuda pública que tiene la banca griega, valdrá entre un 50-70% menos. Si aplicas esa quita a la banca griega, la banca griega está quebrada. El BCE no puede prestar, lo tiene prohibido por sus estatutos, a bancos que sean insolventes. Tendrían, por tanto, que cerrar el grifo de liquidez porque, de lo contrario, estarían prevaricando. Por tanto, no es una decisión política echarlos del euro, es una decisión puramente técnica”.


El problema es que a la UE no le gusta la democracia. (…) Como somos un Gobierno responsable y europeísta, decidimos que al igual que no habíamos recibido el mandato de nuestro pueblo para hacer pedazos ese acuerdo, tampoco habíamos recibido el mandato para decirle a los griegos y a nuestro Parlamento que ese acuerdo nos parecía valido, porque no nos lo parece. (…) En el Eurogrupo del 27 de junio me dijeron (…) que la propuesta de acuerdo era un asunto muy complicado para dejar la decisión final en manos del pueblo griego. Eso (…) es un ataque gigantesco a la democracia. Democracia, se lo recuerdo, es un sistema en el que la gente normal toma decisiones muy complejas. Europa, el lugar que inventó la democracia, se ha convertido casi sin que nos diéramos cuenta en enemiga de la democracia.

El mantra del gobierno griego: ellos representan la dignidad, el orgullo y la democracia. El Eurogrupo, representado por nada menos que 18 democracias, lo opuesto que usted quiera imaginar. Es una falacia deslenguada. Sólo el populismo se atreve a plantearla en estos términos. Afirmar que “en democracia la gente normal toma decisiones muy complejas” es simplemente falso. Como escribió hace pocos días Tsevan Rabtan en su blog: “Se trata de trasladar al que vota la idea de que es un tipo sabio, entendido y capaz, en vez de simplemente recordar que no hay otra forma mejor de designar quién nos gobierna”. Las decisiones complejas deben quedar para los tecnócratas, para los que nos representan. Por eso, plantear el referéndum es de una total irresponsabilidad. Las apelaciones a los orgullos no suelen salir bien.


[La periodista pregunta si la UE pretende mandar un mensaje al resto de países del sur de Europa sobre los supuestos peligros de votar a partidos de izquierda radical como es Syriza]. Se trata de una reflexión muy interesante y que es lícito hacer. Pero no voy a comentar nada al respecto. He aprendido el lenguaje de la diplomacia.

Ya ha dejado claro al principio que esto era algo que tenía preparado el Eurogrupo. Más adelante, responde a la pregunta: “Están tratando de convertir a Grecia en un ejemplo para los demás”. Por tanto, Varoufakis debe de pensar que todo lo que está ocurriendo es más política que economía.

[Si gana el ‘sí’] la democracia se encontraría en peligro, porque significaría que ha ganado el miedo. Si ganara el ‘sí’, la recesión se haría más profunda, la esperanza en un futuro mejor se evaporaría y los europeos dejaríamos de sentirnos dueños de nuestro destino. Si gana el ‘sí’, los expertos y los tecnócratas que consideran que la gente común no puede decidir sobre estos asuntos se habrán salido con la suya, mandarán en Europa. Y Europa, el lugar en el que nació la democracia y el racionalismo, se convertirá en un lugar dictatorial e irracional.

Esta respuesta demuestra la perversión en la que se ha convertido el referéndum. El gobierno heleno lo plantea como una elección entre democracia y racionalismo versus dictadura e irracionalismo, no sobre unas medidas concretas. Insulta a la mitad de su pueblo, a las democracias del Eurogrupo y, sobre todo, se define él mismo. Cuando Tsipras dice que no tienen intención de salir del euro, omite que hay un porcentaje muy alto de probabilidades de que eso ocurra a pesar de sus deseos. Lo hace deliberadamente porque la mayoría quiere la permanencia y perdería el referéndum holgadamente. Por tanto, no se está jugando limpio.

La sociedad se ha polarizado y corre el riesgo de enfrentarse aún más. El gobierno heleno hace responsable al pueblo de decisiones técnicas y, sea cual sea el resultado, cuando las cosas empeoren, corren el riesgo de que una mitad culpe a la otra de la situación.


Lo que están haciendo con Grecia tiene un nombre: terrorismo. ¿Por qué nos han forzado a cerrar los bancos? Para insuflar el miedo en la gente. Y cuando se trata de extender el terror, a ese fenómeno se le llama terrorismo.

Llama terroristas a los que tiene que pedir dinero. Menos mal que ha aprendido el lenguaje de la diplomacia. Sólo le faltan las formas.

Pijos


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Me dice una amiga:

Hay quien piensa que la soberanía de los griegos consiste en que un pijo español les vaya a decir que con 60 euros al día tienen suficiente.

Lo que en la España de Rajoy sería otra muestra de capitalismo salvaje, en Grecia es una lucha por la democracia y la dignidad. El corralito de 60 euros da para un sueldo de 1800 euros en 30 días, más de lo que aquí se cobra al mes, se puede leer en Twitter. Es la forma que tienen de defender el órdago de Tsipras. No caen, estos pijos de lo ajeno, en lo primario: los griegos no pueden tocar su propiedad. La comparación es, además, absurda, pues da por sentado que todos los griegos ganan, como mínimo, esa cantidad al mes. Le quitan importancia: ojalá un corralito en España, exclaman.

Un corralito de una semana no es un gran problema, ya que muchos ya habían sacado una parte de sus ahorros de los bancos por la pérdida de credibilidad en el sistema financiero. El discurso defensor no piensa en las consecuencias de que se alargue. No cae en el círculo vicioso que genera a largo plazo no disponer de efectivo suficiente en un país donde el pago con tarjeta es poco frecuente. Además, los comerciantes deciden aceptar solo efectivo porque de nada sirve tener el dinero en el banco. Y necesita ese efectivo para el cambio. Un corralito ahoga el comercio, el crédito se detiene y asfixia la economía, incluida la sumergida, que en Grecia ronda el 30% de su PIB. Se genera cada vez mayor tensión social. Habrá empresas que no puedan pagar a sus empleados ni a sus proveedores.

Si algo bueno tiene este corralito, es que la población griega puede darse cuenta de lo que le espera si el gobierno gana el referéndum. Como decía, el problema no es un corralito de cinco días, sino lo que se puede extender si gana el “no” que, a día de hoy, defienden Tsipras y la muchachada debutante de Podemos. La economía griega estará abocada a una depresión de consecuencias desconocidas, a impagos, a un default inexorable. El gobierno griego defiende que no saldrán del euro, pero si no tiene dinero se verá obligado a imprimir dracmas para pagar a empleados, las pensiones y los gastos corrientes. La moneda tendrá una devaluación del 50% o más, lo que empobrecerá masivamente a la sociedad.

Y nuestros demócratas de postal arremeten contra las repúblicas bananeras de Europa, unidas para hundir Grecia, la única nación en pie que defiende la democracia allí donde nació. Siempre se les ha dado muy bien defender la pobreza de los demás.

Los pueblos también se suicidan


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Hace siete años, Felipe Gonzalez fue entrevistado en ‘Informe semanal’ por los 22 años del referéndum de la OTAN. Esta fue su respuesta:

Fue un error serio. A los ciudadanos no se les debe consultar si quieren estar o no en un pacto militar. Eso se debe llevar en los programas y se decide en las elecciones. (…) Con la perspectiva de los años, España está donde tiene que estar.

Hay determinados asuntos que no se pueden dejar en manos de los ciudadanos, pues solemos tener una opinión sobre cualquier cosa, sesgada casi siempre. Un referéndum como el que plantea ahora Grecia es, de fondo, un fraude a la democracia.

Yannis Varoufakis ha escrito en Twitter que

La democracia necesita un impulso en asuntos relacionados con Europa. Lo hacemos. Que decida la gente. (¡Curioso lo radical que suena este concepto!).

A. le ha preguntado:

¿Cree que la mayoría de la gente va a tener idea de lo que va a votar?

A lo que el ministro de Economía griego ha contestado:

Una pregunta preñada de desprecio por la democracia.

La pregunta es pertinente. Una duda razonable. El tema es de una enorme complejidad y del que se pueden derivar consecuencias muy graves. Si los expertos no se ponen de acuerdo en el abismo griego, ¿qué sentido tiene preguntar a los inexpertos? Es como tirar una moneda al aire. El clima visceral, nada reposado, tampoco ayuda a una decisión meditada. La respuesta de Varoufakis hace pensar que, en efecto, es consciente de que la gente no sabe bien las consecuencias de lo que va a votar. Y un referéndum sólo es legítimo si se facilita toda la información y la población es plenamente consciente de lo que vota.

El gobierno griego pretende utilizar un instrumento de la democracia como el voto para convertirlo en la abdicación de sus responsabilidades: que decida la gente. En las democracias representativas elegimos (¡y pagamos!) a nuestros políticos para que hagan su trabajo, delegamos en ellos las decisiones que tomaríamos.

Pocas veces hemos sido testigos de tamaña irresponsabilidad. El referéndum del presidente griego parece desligar al gobierno de las consecuencias y, por tanto, de sus obligaciones. Pero a Tsipras se le paga para que decida sobre estas cuestiones, no para que se parapete tras la gente en nombre de la democracia.

La idea infantil de los pueblos, una especie de colectivo consciente de sí mismo que nunca se equivoca, ignora que los pueblos también se suicidan. Que pregunten en Venezuela.

Disparar a matar


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Hace algo más de seis años conocí a dos de israelíes en Estambul. Ellos, también, se habían conocido allí. Al menos para uno de ellos era la primera vez que viajaba al extranjero. No es raro teniendo en cuenta que Israel es la única democracia en Oriente Medio y, además, está rodeada de países donde no son bien recibidos o que, directamente, no les permiten la entrada. El mismo que viajaba por primera vez me contó que durante tres semanas se sentía raro y que no sabía bien por qué hasta que cayó que era porque se movía tranquilamente por Estambul, entraba en los centros comerciales y no había detectores de metales.

Nos convertimos en buenos amigos desde el principio. Les enseñé a jugar al Texas Hold’em y me desplumaron. Tuvimos muchas conversaciones sobre Palestina, Israel, etc. Era un tema recurrente debido a mi interés por él. Me contaron de sus años en la mili, del conflicto. De su historia, de sus familias. El abuelo de uno de ellos había comprado terrenos a los árabes en su momento. Saben que siempre los ven como los malos, como unos asesinos despiadados. Por eso, también piensan que, independientemente de los estados europeos, Israel debe hacer la política que crea conveniente porque nadie se pondrá de su parte. Es un discurso aprendido a fuerza de desengaños. Aún así, siempre incidían en lo mismo: los auténticos perjudicados son el pueblo palestino, porque no tienen nada y están en una encrucijada política de la que sacan rédito político los demás. El pueblo palestino es un instrumento, son los pobres, y a los pobres nadie los quiere, y menos que ninguno, los árabes.

De todas las conversaciones que tuvimos, hubo una especialmente impactante. En Israel, cualquier secuestro se convierte en una cuestión de Estado. Un tema muy delicado donde, por un lado, hay un sector que pide la negociación para la liberación del prisionero. Por otro, un sector que piensa que no se debe negociar con terroristas, pues la negociación llevará a que haya más. Y, en medio, cientos de grises. Se convierte en un problema social a gran escala. Inimaginable en cualquier otra democracia. Pues bien, en el servicio militar tenían orden de disparar a matar en tan solo una circunstancia: si se encontraban, de pronto, en una situación en la que veían que un compañero iba a ser secuestrado, cuando ya estaba siendo llevado en volandas, a punto de doblar la esquina, cuando ya no había nada que hacer sin víctimas, sólo entonces, podían disparar a matar. A la cabeza. A la de su compañero.

Egipto quebrado (I): Contexto


Imagen de Mohamed Abd El Ghany/Reuters.
Imagen de Mohamed Abd El Ghany/Reuters.

Contexto

Khaled al Khamissi publicó en 2007 su libro Taxi. En él, entrevista a varios taxistas que, de forma animada, hablan de lo que ven en El Cairo, dibujando así un esbozo de la sociedad. Uno de esos taxistas cuenta que él, igual que todo el mundo, votaba a Mubarak. Sabía que era malo igual que lo sabían todos, pero que al resto de candidatos no los conocía nadie. Algún cartel por El Cairo, nula exposición en la televisión y poco más. Elegía el mal menor, aseguraba el taxista, porque no sabía qué se podía esperar de los otros. Así funcionaba el Egipto de Mubarak, y así ganó elección tras elección hasta la llamada primavera árabe que condujo a su caída.

En aquellos meses de 2011 y 2012, los Hermanos Musulmanes guardaron una prudente distancia con los manifestantes, un segundo plano calculado, pues sabían que, de caer Mubarak, ellos eran la opción más probable para un futuro gobierno. Hamdin Sabahi, sin embargo, estuvo al frente. Liberal, es decir, secular, había sido un comprometido opositor a Mubarak. Él también jugó sus bazas apoyando las protestas desde el principio.

Llegadas las elecciones de 2012, Sabahi fue tercero en la primera vuelta, a tan sólo tres puntos de los Hermanos Musulmanes, menos de un millón de votos de diferencia. El ejército, con Ahmed Shafik al frente, fueron segundos. Así, en la segunda vuelta, se enfrentaron los Hermanos Musulmanes y la armada. Ganaron los primeros por un margen escaso: tres puntos, 900.000 votos. Esto dejó en evidencia la polarización de la sociedad egipcia, pues casi la mitad de ellos prefería la continuidad del ejército -recién depuestos por las protestas populares- a los Hermanos Musulmanes, liderados por Mohamed Morsi. Mostraba, también, que los egipcios veían el problema en Mubarak y su gobierno y no en la institución en sí.

Los Hermanos Musulmanes habían creado numerosas instituciones, incluidos hospitales, escuelas, bancos, negocios, fundaciones, clubs sociales y centros para discapacitados. Es de ahí, de esa labor social que suple las carencias del Estado donde logran numerosos votos. Los militares, por su lado, tienen casi un mundo paralelo y exclusivo. Tienen sus apartamentos, sus clubs, sus colegios y sus tiendas. El ejército tiene su propio imperio de fábricas y un inmenso negocio de construcción que, con frecuencia, excluye al sector privado sin apenas responsabilidad pública. No son pocos los militares que han amasado grandes fortunas gracias a su estatus privilegiado.

Morsi decidió nombrar ministro de Defensa al jefe de las Fuerzas Armadas, Abdul Fatah al-Sisi, a pesar de ser militar. Pensó que, si no tocaba los privilegios militares, no conspirarían y él podría avanzar con su agenda política. Comenzó así una difícil legislatura donde se ha acusado a los Hermanos Musulmanes de abusar de su legitimidad para hacer cambios en el país, incluyendo una Constitución, a imagen y semejanza de sus ideales islamistas. La legislatura, aparte del carácter autoritario de algunas de las medidas gubernamentales, ha estado regada de altercado sangrientos.

En diciembre de 2012, seguidores de Morsi atacaron una sentada de protestantes cerca del palacio presidencial, lo que provocó que cuatro consejeros del presidente renunciaran a su cargo. Más tarde comenzaron los ataques a periodistas, que también vieron sus libertades de información recortadas, y el pasado abril, una catedral copta fue también atacada.

El movimiento civil Tamrod, creado en 2013, convocó numerosas protestas a lo largo y ancho del país, que fueron incrementando en número. El 1 de julio, Abdul Fatah al-Sisi amenazó con intervenir si el gobierno de Morsi no era capaz contener las protestas:

Si las demandas de la gente no se realizan en el periodo definido, entonces corresponderá [a las Fuerzas Armadas] anunciar una hoja de ruta para el futuro.

Se convirtió, así, en el nuevo hombre a seguir en Egipto, aclamado por la multitud. Finalmente, el ejército dio un golpe de Estado el pasado tres de julio y detuvo a Morsi. Anunciaron que el gobierno interino, encabezado por Adli Mansur, dirigiría una verdadera transición. al-Sisi aseguró en su momento que no se presentaría a las elecciones que habrían de celebrarse, una vez restaurado el orden, lo antes posible. Los liberales, que protestaron en Tahrir contra el gobierno de Mubarak, se aliaban ahora con el ejército: Hazem el Beblaui fue nombrado primer ministro y Mohamed el-Baradei, vicepresidente.

La reacción internacional al golpe fue muy tibia, y se limitó, básicamente, a pedir una solución democrática y a que los militares celebraran esas elecciones anunciadas cuanto antes. Los Hermanos Musulmanes se echaron a la calle y han protestado desde entonces por la usurpación de la legitimidad democrática que les confirieron los votantes hace poco más de un año. A principios de julio, el ejército cargó contra una manifestación a favor de Morsi que mató a 53 personas. Tres semanas después, al menos 72 personas murieron en una dispersión a tiros del ejército de una sentada de protesta en la plaza Rabaa al-Adawiya, en El Cairo. El miércoles expiraba el ultimátum del gobierno egipcio para que los manifestantes levantaran dos sentadas localizadas en distintos lugares de la capital egipcia. No se movieron y la policía y el ejército actuaron. Las cifras oficiales, las más bajas, las oficiales, hablan de 638 muertos y miles de heridos. La actuación de las fuerzas de seguridad han provocado la dimisión inmediata de el-Baradei. Los Hermanos Musulmanes han convocado, desde el viernes, una semana continuada de protestas. Entre el viernes y el sábado, hay que sumar 173 víctimas más.

Thatcher la punk


Johnny Rotten, vocalista de los Sex Pistols.
Johnny Rotten, vocalista de los Sex Pistols.

Cuando Pink Floyd estaba a dos cafés de cambiar las drogas por los láser, rondaba por la tienda de Malcom McLaren un flacucho John Rotten de pelo verde, con una camiseta de aquel grupo donde había escrito a mano las palabras “I hate”. El Punk nació como un movimiento de descontento social en el que todo valía. El Reino Unido era un país paralizado por las huelgas. Hasta los enterradores tuvieron la suya. Se necesitaba un brusco giro de timón porque nadie era capaz de ver un futuro.

Musicalmente se acababa, de una vez, con el virtuosismo de dos minutos de solo de guitarra, los ocho minutos de canción casi en trance. El punk permitía ir al grano: gritar en poco más de dos minutos lo que a cualquiera le saliera de la gutural, supiese o no cantar, fuera o no capaz de acertar tres acordes seguidos en una guitarra desafinada. El golpe y el empujón eran el recurso estético salvaje, un teatro que el público se tomó demasiado en serio. No había futuro y no creían en un futuro, hasta el rock les había traicionado. El punk presentaba una imagen de ruptura absoluta: ya no había modas, ni en ropa ni peinados y, sin quererlo, crearon su propia estética, algo que cabreó soberanamente a los pioneros pues, de pronto, se vieron engullidos por esa imagen que ellos mismos habían creado… y con la que, por supuesto, no podían estar de acuerdo. El punk había creado esa estética de apocalipsis nuclear tan recurrida en el cine.

Como hoy no hay nada más conservador que las vanguardias, el punk necesitaba ese póster en la pared adolescente donde apuntar sus dardos. Así que cuando llegó al poder una punk como Margaret Thatcher, que en su etapa como secretaria de Estado de Educación y Ciencia en el gobierno conservador de Heath había eliminado el vaso de leche gratuito a los niños de siete a once años -en una medida que le obligó el Tesoro a tomar- y que se ganó, además del odio, el apodo de ‘Margaret Thatcher, milk snatcher’ (la roba leches), encontraron en ella su rostro perfecto sin darse cuenta de que era uno más de ellos.

thatcher-punk-460-300x200Thatcher sabía que el Reino Unido estaba estancado, y compartía el lema punk del “no hay futuro”. Así que salió del antro para ponerse a trabajar. Sus mensajes eran claros y directos, unos ganchos punk que ahorraban calificativos. Dos minutos para decirlo todo eran suficiente para no enredarse en la clásica verborrea política. Provocó una recesión para controlar una inflación que campaba a sus anchas por las gráficas, lo que llevó a un considerable aumento del paro. Frenó los últimos coletazos de la dictadura argentina al responder al ataque sobre las Malvinas, una dictadura que habría durado más sin la intervención británica. La rápida victoria en la guerra y la desintegración de la izquierda entre moderados y radicales -que llegaron a las elecciones de 1983 con un manifiesto que fue calificado como ‘La nota de suicidio más larga de la historia’- le otorgaron una nueva victoria política. Mientras el laborismo se buscaba a sí mismo, en 1984 comenzaron las fuertes movilizaciones sindicales del carbón. Lo sindicatos se habían llevado por delante al gobierno de Heath y al posterior laborista de Callahan, y ella no estaba dispuesta a que algo así volviera a suceder. No porque no le pudiera suceder a ella, sino porque no estaba dispuesta a que su país cayera, de nuevo, en aquel agujero punk de queja y anarquía. Las minas, aquellos años, se llevaban mil millones de libras en subvenciones y era un sector deficitario en casi todas las cuencas. La voluntad de transformar la economía pasaba por cerrar las que daban pérdidas -casi todas- y privatizar las demás, y eso significaba una guerra abierta. Una guerra de desgaste que perdieron poco a poco los sindicatos hasta quedar solos y debilitados y su líder, Arthur Scargill, con su prestigio por los suelos.

Llevó a cabo una oleada de privatizaciones, lo que permitió no subir demasiado los impuestos cuando fue necesario -incluso algunos los bajó- y creó sectores en los que ahora son competencia puntera, como BP, British Airways o British Telecom. La desregularización permitió a Londres convertirse en el centro financiero de Europa. Su alianza con Reagan y Juan Pablo II ayudaron, por fin, a liberar a Europa del Este del totalitarismo comunista. Hay que ser muy valiente para hundir un país en una recesión a corto plazo cuando, ese mismo corto plazo es el que manda sobre los votos. Y hay que tener muy claras las cosas cuando se decide que con terroristas no se negocia aunque mueran diez en la cárcel fruto de una huelga de hambre.

Margaret Thatcher era una admiradora de la escuela austriaca de economía y de Hayek, otro punk de su época. Por eso, Thatcher era capaz lanzar discursos como éstos, tan impropios de políticos:

Uno de los grandes debates de nuestra época es cuánto de su dinero debería gastar el Estado y cuánto debería quedarse usted para gastarlo en su familia. Si el Estado desea gastar más, sólo puede hacerlo pidiéndole más de sus ahorros o aumentando los impuestos. Y no es una buena idea pensar que otro pagará, porque ese otro, es usted.

El legado de Thatcher no está en los detalles. Está en la transformación definitiva de la industria del país y su liberalización de la economía. Sus políticas no hicieron ningún milagro. Se llevaron a cabo con mucho sudor y mucho trabajo. Gracias a ese esfuerzo colectivo, el país resulta hoy competitivo. Su legado no es lo que hizo, sino lo que llegó después, con un laborismo renovado personificado en Blair. Ella bromeaba al respecto, en parte, cuando afirmaba que ese era el mayor de sus logros. Y eso no se lo perdonaron nunca esos punks, aglutinados en los ochenta con el pop y el rock de Morrisey y Elvis Costello, todos con el mismo póster, con sus mismos dardos, y en la misma habitación con su misma pared setentera y adolescente desde donde le deseaban la muerte. Y es que Thatcher fue mucho más punk que ellos.