En defensa de Mourinho (y III)


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Segunda parte

La deshumanización es un proceso que consiste en hacer desaparecer características humanas. Se trata de sustraer los valores positivos para distorsionar una personalidad concreta, dejando de ella tan sólo valores percibidos como moralmente negativos.  Un grupo humano, un colectivo, puede percibir como una amenaza a un ‘outsider’ o grupo social y, a partir de ahí, comenzar un proceso sustentado en la supervivencia para deslegitimar la amenaza. Según el Doctor en Psicología por la Universidad de Pittsburgh, Daniel Bar-Tal, dicha deslegitimación sirve al principio como explicación al comportamiento del grupo, pero acaba como justificación. Así, ese proceso deslegitimador lleva al daño -no necesariamente físico- y más tarde, se intensifica la desligitimación para justificar ese daño.

No es un proceso planeado a escala social, sino un seguimiento de masa donde cualquier crítica al movimiento corre el peligro de ser identificado con el ‘outsider’ y correr su misma suerte, por lo que es más prudente optar por un silencio cómplice ante cualquier flagrante caso de abuso. Una vez en marcha el mecanismo, se entra en un círculo destructivo cada vez más intenso, y una espiral interminable de violencia lleva al sujeto a una condena moral, es decir,  a su deshumanización. Así, el sujeto puede ser objeto de cualquier tipo de vejación sin que haya una denuncia social del comportamiento del colectivo.

"Animó al Canillas sin ducharse", Marca.
“Animó al Canillas sin ducharse”, Marca.

El caso de Mourinho, como se expuso en la segunda parte de esta trilogía, es un claro ejemplo de ello. No sólo los panzer mediáticos lo han atacado con insultos que van desde “carroña” hasta “nazi portugués”, sino que el goteo diario de descalificaciones de perfil bajo han ido desde llamarlo “Pinocho” (a gritos, en la televisión, y en directo) hasta publicar que fue a ver entrenar a su hijo sin pasar por la ducha. Es el goteo incesante de la calumnia diaria lo que, poco a poco, gana adeptos.

La personalidad de Mourinho es, desde luego, controvertida, de las que levantan pasiones tanto positivas como negativas. A nadie deja indiferente. La caricatura dictatorial e impositiva dibujada por la prensa contrasta con el aprecio y la adhesión mostrados por la mayoría de los jugadores de los clubes por los que ha pasado. Sin embargo, es fácil transformar la exigencia, el trabajo duro e incluso la inflexibilidad con un carácter autoritario que no admite réplicas ni contestaciones.

Cualquier acción desinteresada de Mourinho, que por desinteresadas sólo pueden ser humanas y decentes si se mantienen en privado, ha sido sepultada por el acoso permanente de la prensa. Se han publicado con adversativas. Mourinho llegó al Madrid y amenazó al status quo vigente. Lo habría cambiado de haber logrado el apoyo institucional del que careció. Faltó arrojo y sobraron asadores. Mourinho se ha ido, cansado, con una guerra que comenzó perdiendo en casa, como Estados Unidos la de Vietnam. Pero creó, sin quererlo, un movimiento que se identificó con lo que él quería y que pretende cambiar las cosas. Que está hastiado y agotado de los tentáculos del poder fáctico en el club. Mourinho no representa ningún culto a la personalidad, ningún caudillismo. Esto parece que no lo entienden los periodistas que llevan veinte años dorando la píldora de jugadores y entrenadores justo media hora antes de machacarlos. Su comportamiento dista mucho de la profesionalidad. Se quedan en los nombres y creen que el enemigo juega una guerra de ídolos. Pero no es cuestión de nomenclaturas, sino de cómo hacer las cosas. Por eso va más allá del deporte.

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