Egipto quebrado (I): Contexto


Imagen de Mohamed Abd El Ghany/Reuters.
Imagen de Mohamed Abd El Ghany/Reuters.

Contexto

Khaled al Khamissi publicó en 2007 su libro Taxi. En él, entrevista a varios taxistas que, de forma animada, hablan de lo que ven en El Cairo, dibujando así un esbozo de la sociedad. Uno de esos taxistas cuenta que él, igual que todo el mundo, votaba a Mubarak. Sabía que era malo igual que lo sabían todos, pero que al resto de candidatos no los conocía nadie. Algún cartel por El Cairo, nula exposición en la televisión y poco más. Elegía el mal menor, aseguraba el taxista, porque no sabía qué se podía esperar de los otros. Así funcionaba el Egipto de Mubarak, y así ganó elección tras elección hasta la llamada primavera árabe que condujo a su caída.

En aquellos meses de 2011 y 2012, los Hermanos Musulmanes guardaron una prudente distancia con los manifestantes, un segundo plano calculado, pues sabían que, de caer Mubarak, ellos eran la opción más probable para un futuro gobierno. Hamdin Sabahi, sin embargo, estuvo al frente. Liberal, es decir, secular, había sido un comprometido opositor a Mubarak. Él también jugó sus bazas apoyando las protestas desde el principio.

Llegadas las elecciones de 2012, Sabahi fue tercero en la primera vuelta, a tan sólo tres puntos de los Hermanos Musulmanes, menos de un millón de votos de diferencia. El ejército, con Ahmed Shafik al frente, fueron segundos. Así, en la segunda vuelta, se enfrentaron los Hermanos Musulmanes y la armada. Ganaron los primeros por un margen escaso: tres puntos, 900.000 votos. Esto dejó en evidencia la polarización de la sociedad egipcia, pues casi la mitad de ellos prefería la continuidad del ejército -recién depuestos por las protestas populares- a los Hermanos Musulmanes, liderados por Mohamed Morsi. Mostraba, también, que los egipcios veían el problema en Mubarak y su gobierno y no en la institución en sí.

Los Hermanos Musulmanes habían creado numerosas instituciones, incluidos hospitales, escuelas, bancos, negocios, fundaciones, clubs sociales y centros para discapacitados. Es de ahí, de esa labor social que suple las carencias del Estado donde logran numerosos votos. Los militares, por su lado, tienen casi un mundo paralelo y exclusivo. Tienen sus apartamentos, sus clubs, sus colegios y sus tiendas. El ejército tiene su propio imperio de fábricas y un inmenso negocio de construcción que, con frecuencia, excluye al sector privado sin apenas responsabilidad pública. No son pocos los militares que han amasado grandes fortunas gracias a su estatus privilegiado.

Morsi decidió nombrar ministro de Defensa al jefe de las Fuerzas Armadas, Abdul Fatah al-Sisi, a pesar de ser militar. Pensó que, si no tocaba los privilegios militares, no conspirarían y él podría avanzar con su agenda política. Comenzó así una difícil legislatura donde se ha acusado a los Hermanos Musulmanes de abusar de su legitimidad para hacer cambios en el país, incluyendo una Constitución, a imagen y semejanza de sus ideales islamistas. La legislatura, aparte del carácter autoritario de algunas de las medidas gubernamentales, ha estado regada de altercado sangrientos.

En diciembre de 2012, seguidores de Morsi atacaron una sentada de protestantes cerca del palacio presidencial, lo que provocó que cuatro consejeros del presidente renunciaran a su cargo. Más tarde comenzaron los ataques a periodistas, que también vieron sus libertades de información recortadas, y el pasado abril, una catedral copta fue también atacada.

El movimiento civil Tamrod, creado en 2013, convocó numerosas protestas a lo largo y ancho del país, que fueron incrementando en número. El 1 de julio, Abdul Fatah al-Sisi amenazó con intervenir si el gobierno de Morsi no era capaz contener las protestas:

Si las demandas de la gente no se realizan en el periodo definido, entonces corresponderá [a las Fuerzas Armadas] anunciar una hoja de ruta para el futuro.

Se convirtió, así, en el nuevo hombre a seguir en Egipto, aclamado por la multitud. Finalmente, el ejército dio un golpe de Estado el pasado tres de julio y detuvo a Morsi. Anunciaron que el gobierno interino, encabezado por Adli Mansur, dirigiría una verdadera transición. al-Sisi aseguró en su momento que no se presentaría a las elecciones que habrían de celebrarse, una vez restaurado el orden, lo antes posible. Los liberales, que protestaron en Tahrir contra el gobierno de Mubarak, se aliaban ahora con el ejército: Hazem el Beblaui fue nombrado primer ministro y Mohamed el-Baradei, vicepresidente.

La reacción internacional al golpe fue muy tibia, y se limitó, básicamente, a pedir una solución democrática y a que los militares celebraran esas elecciones anunciadas cuanto antes. Los Hermanos Musulmanes se echaron a la calle y han protestado desde entonces por la usurpación de la legitimidad democrática que les confirieron los votantes hace poco más de un año. A principios de julio, el ejército cargó contra una manifestación a favor de Morsi que mató a 53 personas. Tres semanas después, al menos 72 personas murieron en una dispersión a tiros del ejército de una sentada de protesta en la plaza Rabaa al-Adawiya, en El Cairo. El miércoles expiraba el ultimátum del gobierno egipcio para que los manifestantes levantaran dos sentadas localizadas en distintos lugares de la capital egipcia. No se movieron y la policía y el ejército actuaron. Las cifras oficiales, las más bajas, las oficiales, hablan de 638 muertos y miles de heridos. La actuación de las fuerzas de seguridad han provocado la dimisión inmediata de el-Baradei. Los Hermanos Musulmanes han convocado, desde el viernes, una semana continuada de protestas. Entre el viernes y el sábado, hay que sumar 173 víctimas más.

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