Demócratas de aldea


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El relato nacionalista ha brotado, finalmente, en un delirio íntimo. La pequeña aldea sentimental catalana, preñada de sonrisas, se ha creído su propio discurso anacrónico, su pequeño papel en la historia, su éxtasis. Su crónica mítica no pasa de bellas palabras de enjundia, vacías al empaparlas del contexto histórico: hablar hoy de igualdad ante la ley, de libertad y de derecho a decidir es un insulto intelectual intolerable. Porque cuando Artur Mas menciona estas palabras en sus discursos inflamados, las reivindica como si le faltaran, como si la Constitución Española le impidiera algo, no se sabe bien qué, que al resto de españoles permite. Sus exclamaciones de ayer: “¡Esta es la victoria de Cataluña!”, demuestran lo que es: un pobre xenófobo.

En la CUP se ven moralmente legitimados para saltarse las leyes. En ‘Catalunya sí que es pot’ están por hurtar el derecho constitucional de todos los españoles sobre el territorio nacional y permitir que sean sólo los catalanes los que decidan sobre Cataluña. Todo es ilegal. Extraños demócratas.

El éxito del nacionalismo -y quizás no sea poco- radica en el discurso onírico, en las promesas de un mundo mejor. En la seducción que ejerce sobre la razón hasta anularla. Los palos que coloca la realidad acaban astillados. El infantilismo de los argumentos de Junts pel Sí quedarán como uno de los mayores agravios intelectuales. Su otro gran éxito lo establece el léxico. Son capaces de que el resto ampliemos el espectro nacionalista a todos los catalanes, de que los medios hablen de plebiscito al referirse al porcentaje de votos de las elecciones y, sobre todo, de que ellos sean los demócratas. Ellos, que se quieren saltar la ley. Y el resto, que la defiende, son herederos de un régimen franquista.

Como catalanes en Kosovo


Tanto Romeva como Artur Mas han insistido en diferentes ocasiones en que la Unión Europea no puede expulsar a siete millones y medio de sus ciudadanos de las instituciones. Por eso, dicen, Cataluña formaría parte de la Unión en una supuesta independencia. Se colocan como víctimas y juegan, como de costumbre, con el lenguaje. Pero no haría falta echar a nadie. Los catalanes, tanto en cuanto tienen nacionalidad española, seguirían siendo ciudadanos de la UE, pero Cataluña, como Estado, tendría que solicitar su ingreso. Y ahí es donde radica el problema: Un Estado no es tal sin capacidad de externalizar su poder, es decir, sin reconocimiento internacional. Y de nada serviría a Cataluña que lo reconociese Kosovo. Un gobierno catalán que rompiera la legalidad, el Estado de Derecho de una democracia, no puede pretender que otras democracias lo traten como a un igual.

Cuando en un Estado de dudosa calidad democrática se produce un golpe de Estado, la comunidad internacional suele condenarlo sin ambages. ¿Piensan los políticos catalanes que pueden saltarse la ley de una democracia y que no ocurra lo mismo? ¿Realmente aspiran legítimamente a que las instituciones a las que quiere pertenecer le abran las puertas de una negociación? ¿Creen, de verdad, que el Gobierno se va a sentar a negociar la fractura de su propio territorio? ¿Cree Artur Mas que logrará siquiera que le abra la puerta cualquier embajada de cualquier país democrático serio, o las ventanas de cualquier institución internacional a la que aspire pertenecer? Serían como catalanes en Kosovo, pero sin apoyo occidental. O sea, peor.

De orden público


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Defiende Ada Colau a Artur Mas de las palabras de ayer de Rajoy:

Plantear la democracia como una cuestión de orden público genera tensión innecesaria. (…) La democracia es que la ciudadanía pueda ejercer su derecho a decidir y que esto no debería ser un problema.

Sus dos frases resumen el problema fundamental de la alcaldesa de Barcelona: La democracia lo es todo sobre orden público, de eso trata, precisamente, la convivencia pacífica; del respeto a las leyes. La reducción a lo absurdo de la alcaldesa equivale a culpar a la víctima del asesinato o a la violada por provocar. Su minifalda genera tensión. No, oiga. No genera tensión quien cumple la ley, sino quien se la salta. Y eso, a pesar de la retorcida panorámica de la alcaldesa, es una cuestión de orden público. Es por eso que hemos cedido el monopolio de la violencia al Estado: para movernos dentro de los límites de las leyes y para perseguir a quien actúa fuera de ellas, incluidas las que no le gustan a Colau, que confunde con demasiada frecuencia su papel de regidora con el de militante de la calle.

Por otro lado, por supuesto que en democracia la gente tiene derecho a decidir. Para eso están las elecciones. Eso, y no otra cosa, es decidir sobre el futuro. Lo que los nacionalistas y Colau llaman ‘derecho a decidir’ no es un derecho individual, tampoco está recogido en la Constitución Española. Es un eufemismo amable del ‘derecho de autodeterminación’. No hace falta entrar en detalles técnicos para aclarar que la soberanía nacional reside en el pueblo español y que, por tanto, una parte no puede decidir sobre el todo. Nadie obliga a un nacionalista a sentirse español, a lo que sí está obligado es a cumplir la ley. Pero con un presidente como Mas y una alcaldesa como Colau, dispuestos saltarse las leyes que no les gustan, uno por maldad, la otra por estulticia, siempre encontrarán una justificación para no hacerlo. Y los culpables serán ellos.

Arcadia catalana


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El señor Mas ha deseado a Albert Rivera que no tenga responsabilidades de gobierno en España porque es un joven ignorante. Con razón lo desea, pues Ciudadanos nació con el propósito de impedir aventuras esperpénticas como la del presidente catalán. Es posible que el partido naranja tuviera hoy posibilidades reales de gobierno si se hubiera tomado en serio su implantación nacional desde su primer congreso. Aunque quizás puedan decidir el gobierno, la realidad es que no pueden ganar, pero sus buenos resultados en las autonómicas y municipales en toda España sirven para desmontar la falacia nacionalista del rechazo a lo catalán a lo largo y ancho de Castilla.

En España no hay un repudio a lo catalán, sino un choque con el desprecio y el victimismo que el nacionalismo emponzoña con su retórica sentimental. Sí existe -y en esto se empeña día a día el gobierno de Cataluña- una confusión entre el nacionalismo y la normalidad. El secesionismo pretende generar desprecio en los demás: que se vayan. La siembra del hastío que recogerán los ‘segadors’ a golpe de hoz. Estos tejedores de deslealtades institucionales han disfrutado de los micrófonos, las calles, las administraciones, las televisiones públicas y los presupuestos como de su pesebre. El nacionalismo ha creado un marco de confusión necesario para estos lodos. Ha enredado la crítica con el odio, una mala palabra con un desaire, la realidad con la fantasía, ha domado la educación y ha inundado la política de sentimiento, sentimentalismo y nostalgia de una Historia que nunca existió. Y la oposición, durante décadas, ha sido de baja intensidad. Hasta la llegada de Ciudadanos.

Rivera aspira a gobernar España. Al menos es más realista que Mas, que anhela la presidencia de un estado que no existe.

Equipo del Régimen


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Es conocido eso de acusar al prójimo de las propias carencias. Así se hace con el Real Madrid, por ejemplo, cuando se le acusa de equipo del régimen franquista a pesar de que su leyenda se haya forjado en Europa, lejos de los tejemanejes nacionales. El Barcelona adquiere como rival, por tanto, los valores opuestos. Es el discurso simple el que siempre resulta efectivo, y da igual la relación de hechos que se expongan, que el Barça disfrutará de su halo romántico a pesar del tufo reaccionario de sus dirigentes.

En Cataluña, asfixia más el nacionalismo que el calor del verano. Ahí está la imagen de los candidatos a la presidencia del club posando con la camiseta del 27S. Una imagen imposible en otro equipo y, sin embargo, necesaria en el Barcelona: el candidato que se mueva, no gana. No sé si todos siguen el camino religioso de Mas, pero sí sé que saben que no pueden negarse a aparecer. Es una escandalosa falta de libertad a la que la sociedad catalana ya se ha ido acostumbrado, pero no deja de ser una anomalía ambiental. El Barcelona sigue la estela del proceso político que deja el presidente de la Generalitat, ha formalizado un discurso nacionalista y vende en sus taquillas las mismas ensoñaciones que el separatismo. El Barcelona se expande por los cinco continentes mientras sus miras acaban en las fronteras de Cataluña. Es muy difícil mantener el equilibrio entre la pasión por un equipo y el desafecto a algunos valores que representa. Esa inyección de política. Por eso, claro que es el Barcelona es más que un club. Forma parte de un proyecto sentimental que no tiene nada que ver con el deporte.

Saben aquél que diu…


(No es un artículo enteramente mío. No, al menos, en lo intelectual. La segunda parte, desde los pueblos, es un resumen de una conversación que mantuve con Clonclon hace un par de noches. Él insiste, y yo coincido, en lo poco que se comenta lo obvio).

El nacionalismo catalán, como todo nacionalismo, mantiene una violenta lucha contra la realidad. Cada mañana, un despertador interrumpe su dulce arcadia con un ensordecedor zumbido y lo pone en pie de protesta y lamento, que es su estado bipolar natural. Si el nacionalismo fuera un personaje, sería como el escritor estadounidense de ciencia ficción Philip K. Dick quien, a pesar de que llegó a cuestionar su salud mental y su percepción de las cosas, aseguraba que “la realidad es aquello que, aunque dejes de creer en ello, sigue existiendo y no desaparece”.

Si la realidad golpea el hígado de las pasiones nacionalistas, allí donde el Camp Nou grita “independencia”, se les advierte sobre su propia liga. Pero su arcadia les dicta acuerdos con la LFP. En el peor de los casos, podrían jugar en la Liga francesa, aseguran, como si los clubes franceses fueran a estar entusiasmados con la idea de que un equipo extranjero se llevara siempre una plaza de Champions con la de millones de euros que hay en juego. Mientras el nacionalismo sueña acuerdos, la realidad lleva al Barça a vagar por los campos de Reus y Olot.

Si la bofetada la envían por micro y carta desde Bruselas y les confirman una y otra vez que quedarían fuera de la Unión, los dirigentes nacionalistas lo ponen en duda. Esto es como ir a casa del tipo del Escatérgoris, no llevar Coca-Cola, y decirle que el juego es tuyo.

Si la bofetada se la dan los mercados, sacan balanzas fiscales, deudas históricas, aportaciones excesivas a las arcas del Estado, el expolio y ‘Espanya ens roba’. Y estalla así el episodio bipolar, la querencia cuando se trata de Europa y la pérfida España de puertas para adentro. Una víctima para perdurar su mensaje desde el poder y el país hermano mayor para cruzar, de la manita, los obstáculos para entrar por la puerta grande de las instituciones mundiales.

Sobre los pueblos, sólo tengo preguntas: ¿Quiénes son el pueblo catalán? ¿Los que han nacido allí? ¿Los que han nacido y viven allí? ¿Los empadronados allí? ¿Los que viven y trabajan allí aunque no hayan nacido en Cataluña, como decía Jordi Pujol? En ese caso, ¿puedo empadronarme mañana y votar el destino de mi pueblo, el catalán? Si uno ha nacido en Alpedrete pero sus padres son de Vilanova i la Geltrú, ¿es catalán? ¿Lo es Duran i Lleida, que nació en un pueblecito de Huesca? ¿Si alguien nació en Cataluña pero vive fuera, no es catalán? ¿Es catalán el de Mataró que no habla catalán y tiene una madre portuguesa? ¿Y si su madre es francesa con ascendente piscis? ¿Quién decide quién es catalán y quién no lo es? Todo esto es muy importante para saber quién puede votar y quién no en el referéndum que no se va a celebrar.

Hablemos un poco de sentimientos. Cada uno puede sentirse lo que quiera. Un señor de Soria puede sentirse coreano si lo desea muy fuerte. Y puede dejar de ser español: que reniegue de la nacionalidad y se saque la que le dejen. Y puede dejar de vivir en España: que haga las maletas y se pire. Total, estamos en retirada. Por tanto, supongo que puedo sentir que el Penedés también es mío. ¿Puedo decidir sobre lo que siento que es mío, igual que un nacionalista reivindica decidir sobre lo que siente como propio?

Llegados aquí, sólo nos queda lo más básico, lo que nadie dice, sobre lo que nadie discute o peor, sobre lo que se les ha concedido sin plantar la más evidente de las batallas, donde se han librado todas las guerras de la Historia: el terruño. Todo lo demás, todo lo escrito hasta ahora, es totalmente secundario. Porque el problema no está en que un nacionalista no quiera ser español: está en que al dejar de serlo, quiere llevarse una parte de España con él. Él sentirá que esa tierra le pertenece, pero yo puedo sentir lo mismo. Él pensará que se la arrebataron a sus antepasados, y yo que me la quiere arrebatar él. Él dirá que la Historia le da la razón, yo le diré que me la da a mí. Él, que me han engañado; yo, que vive de un deseo. ¿Por qué no podría decidir yo sobre el Delta del Ebro exactamente igual que él? ¿Quién decide y con qué criterio que sus sentimientos valen más que los míos?

En contra de lo que pueda parecer, estoy totalmente a favor de un estado catalán, pero en otra parte. Lo sé, la idea no convence a nadie. La creación de un Estado es un devenir histórico forjado durante siglos y no se puede romper porque unos señores que ahora mismo viven o han nacido en Cataluña pero dentro de cien años no estarán y que hace cien tampoco estaban, decidan que se acabe. Un Estado es un tema demasiado serio y complejo. El problema catalán es algo que ya trató con claridad y suficiencia José Ortega y Gasset en 1932:

Yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no solo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles.

Nos queda, pues, la convivencia. No hay, además, político español con posibilidades de gobernar o suficientemente enajenado o las dos cosas, capaz de proponer un referéndum para que una parte de los españoles decidan sobre toda España. Porque no nos engañemos: la secesión no es una decisión sobre una parte de un territorio, sino sobre su conjunto. Por eso, a Clonclon le gustaría ver a un Rajoy más bravo con este tema. Por ejemplo, que hubiera respondido la carta que le envió Artur Mas con un sobre con un mapa mudo de los ríos de España y un ejemplar de la Constitución. Fin de la cita.

Con la manta a la cabeza


Oriol Junqueras y Artur Mas.
Oriol Junqueras y Artur Mas.

Hay dos clases de hombres: los que cavan para encontrar petróleo y los que cavan su propia tumba. Aunque parezca mentira, está por ver de qué tipo es Artur Mas. Su fracaso electoral no le frenó y, a pesar de que afirmó que debía tener una mayoría excepcional para liderar el proceso secesionista, a pesar de que CiU ha pasado de 62 a 50 escaños, Mas se ha apoyado y excusado en la fuerte subida de ERC para ser nombrado presidente. Es decir, pudiendo haberse bajado de la burra, como prometió si no lograba su mayoría, ha decidido seguir liado con la manta a la cabeza. ¿Por qué? Parece que para minimizar el desgaste, motivo primario por el cual, en un principio, convocó las elecciones.

Si me preguntan mi opinión, creo que la jugada de Mas consiste en salvar los primeros dos años de gobierno. Se espera que, para entonces, la economía haya mejorado lo suficiente y se comience a crear empleo o, al menos, a no destruirlo. El nivel de descontento y protesta social habrá disminuido notablemente porque uno de sus principales catalizadores, ERC, apoya el gobierno y aprueba los presupuestos. No en vano, Esquerra ha calificado estos prespuestos como presupuestos de resistencia, donde la asfixia de las finanzas de la Generalitat no se deben solo a la crisis,

sino sobre todo por las deudas impagadas del Estado, que son enormes, y también por un expolio fiscal insoportable.

Así, serán dos años de mayor tranquilidad para Mas, aunque las tensiones se vivan a partir de ahora con sus socios de gobierno, de puertas para adentro, más fáciles de lidiar que las manifestaciones. Esas tensiones, según mejore la economía y la protesta callejera disminuya, podrían romper las cuerdas con ERC: a mayor recuperación económica, menor desgaste. Será entonces cuando llegue el momento de la verdad para el actual gobierno catalán: si rompen con ERC, no habrá referéndum; si continúan con lo anunciado, no tendrán más remedio que llegar a un verdadero enfrentamiento con el gobierno central. Y tienen todas las de perder.

En Esquerra, por supuesto, no son tontos. También les conviene el acuerdo con CiU porque, aún sabiendo que puede no cumplirse, podrán sacar rédito político culpando a Convergencia de ello. Son conscientes de que la ruptura de gobierno precipitaría la caída de Mas. Si PSC o PP no lo evitaran, habría unas nuevas elecciones donde ERC, tras pasar de 10 a 21 escaños y aumentar su porcentaje de voto en un 126% en la última convocatoria, espera captar una parte importante procedente de la promesa autodeterminista incumplida de CiU.