Un tipo que merece la pena admirar


eMID9GCwPoco después de que Juanan, a quien todos llamaban Dick, tomara “A Grandeira”, Pedro Ampudia escribió:

He bajado con él a comprar risketos al chino y he sufrido con él sus “cierres de mes”. Con Dick y con otros, a los que como a él considero mis amigos por encima de definiciones que convendría revisar más pronto que tarde.

Internet ha traído peculiares amistades que, para nuestros hijos, serán tan normales como un colega del colegio, pero que a nosotros, o al menos a no pocos, chirrían por el entorno. Los medios han cambiado y la forma de establecerlas se han adaptado. Con los años, terminamos saludando cada día a desconocidos que dejan de serlo y poco a poco sabemos menos de nuestros amigos.

Por eso, un día como hoy, no es extraño sentir una profunda tristeza por alguien que nunca viste pero que saludabas cada mañana. Pérez-Cepeda dominaba la ironía como nadie y era un gran intolerante con la estulticia. ¡Qué gran virtud! Educado como pocos, siempre tenía una palabra amable, una frase genial, una salida aguda. Pocos son capaces de despertar tanto cariño en tantas personas. Como decía él, por lo visto nació y, desde entonces no ha dejado de dar vueltas. Hasta hoy, que ha parado.

Era un hombre que trascendía Twitter. Hace poco más de dos años, una amiga me dijo que lo conocía de la radio, por Carlos Herrera y el patrón González.

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El mundo es hoy peor. Se ha ido un tipo que merece la pena admirar. Pero ahí estaremos sus amigos para recordarlo. Porque lo queremos. Porque lo necesitamos. Sus tuits nos muestran que grandes frases para la historia también las han pronunciado grandes hombres anónimos. Gracias Javier, y descansa en paz.

Hasta la tercera canción


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Cuando era pequeño, algunos sábados acompañaba a mi padre a la tienda de Callao. Después de pasar un rato en la oficina, de bajar al obrador y ganarme un pastelito por ser un niño, íbamos a Escridiscos, justo al lado, en la calle Navas de Tolosa. Escridiscos es la pequeña tienda de discos donde comencé recopilar mi colección de LP. Acudía allí con mi lista, un trozo de papel donde añadía títulos y artistas a una velocidad mucho mayor que los tachaba. Los dueños me cogieron cariño y, con el tiempo, me gusta pensar que también tenían cierta intriga por ver la evolución de mis gustos, como el orgulloso profesor que observa el progreso de sus alumnos.

Las colecciones de discos se hacen a base de golpes ciegos. No tienen una coherencia compacta, como sí la tiene un álbum. Quizás su única lógica sea cronológica. Los años pulen y purgan criterios. Una colección de música es terriblemente anárquica. Uno puede tener la discografía completa de Led Zeppelin, pero no nace con el gusto por esa banda, sino que llega hasta Led Zeppelin. Por el camino se queda casi todo. Uno no escucha ‘Smells like teen spirit’ y sufre una mutación musical: se está preparado, en cierto modo, para algo como Nirvana.

Yo entraba feliz en Escridiscos, saludaba, y me iba directo a buscar lo que quería. Nunca lo pedía. Para mí, era un reto, como demostrar que sabía lo que quería. Rebuscaba con mi lista garabateada, cogía un par de discos y me iba a la caja. Si eran buenos, la propietaria asentía y me los cobraba. Pero a veces no: “Esa mierda no te la llevas”, aseveraba cariñosa, “llévate esto otro”. Y me vendía un LP de unos tipos que no había escuchado en mi vida, pero que bien podrían ser Fleetwood Mac o Prefab Sprout.

En el verano de 1985 estaba ya de vacaciones y, como no podía ir con mi padre, le pedí dos discos como regalo de fin de curso. Afortunadamente no recuerdo cuáles, así me ahorro la vergüenza de nombrarlos. Regresó con dos distintos. “Lo siento hijo”, me dijo, “no me los han querido vender y me han dado estos”. Alargó la mano y me dio el que era el primer álbum de un tal Sting, y uno azul clarito, con una guitarra plateada, de una banda llamada Dire Straits.

Coloqué en el tocadiscos el de Sting y comenzó a sonar ‘If you love somebody set them free’ y, quizás también, ‘Love is seventh wave’, pero no llegó a ‘Russians’. Lo quité. Luego puse el de Dire Straits. Comenzó ‘So far away’, y ni tan mal. Pero luego sonó esa intro tan larga como extraña para mis doce años de ‘Money for nothing’ hasta que estalló el riff de guitarra. Hoy me parece tan sencillo y espectacular como eficiente, pero entonces, no tanto. Y también lo quité. No llegó a sonar ‘Walk of life’. “Igual hay que devolverlos, papá”, dije con cierta tristeza. Al fin y al cabo, era como quedarme sin regalo. Guardaron el sueño de los justos lo que quedó de verano mientras envenené mis oídos con Modern Talking.

Al comienzo del nuevo curso mis padres me mandaron a Irlanda en la que ha sido, probablemente, la decisión más acertada de su vida. Me quedé a vivir con una familia en un pequeño pueblo al sur de Dublín, llamado Greystones. Para mí, los que allí vivían fueron ‘English’ durante un mes porque no sabía decir ‘Irish’. Un día, llegué a casa después de jugar un partido de fútbol. Comenté que habíamos ganado a los ‘English’ por 6-3 y, no sé si hastiada por el insulto o por la contundente derrota, la señora de la casa me fulminó con la mirada y me obligó a repetir ‘Irish’ hasta que lo aprendí.

Empecé a escuchar mucho la radio y a ver el famoso ‘Top of the Pops’, y resulta que el ‘Russians’ del señor Sting y el ‘Walk of life’ de Dire Straits sonaban a todas horas. Y, aunque no me parecen lo mejor de cada LP, me encantaron. Esperé ansioso al día de la semana que hablaba con mis padres tan solo para exclamarles que ni se les ocurriera devolverlos. Y así, desde entonces, antes de decidir nada, escucho siempre hasta la tercera canción.

Entrevista en Gestiona Radio


El pasado domingo acudí a  Gestiona Radio invitado por  María Villardón. En su programa Edición Limitada, estuvimos hablando de los blogs que escribo, tanto éste como Retales Sueltos, periodismo y Mourinho. Aquí está la entrevista.

El día que el papa me robó dos chicas


papa-francisco-i-1-640x640x80Francisco ha llegado como llegan todos los argentinos: robando las chicas. Esto es así. Una verdad global, científica e inmutable a pesar del paso del tiempo. Si el argentino esquía, porque esquía; si hace surf, porque hace surf; si dice ‘che’, porque dice ‘che’; si baila tango, porque baila tango; y si es papa, porque es papa. Siempre ganan. Los saben en Buenos Aires y en Roma, y como lo saben en Roma, lo han nombrado papa. Repito: esto es así. Para colmo, ese apellido que deja en desuso, Bergoglio, que delata su ascendencia italiana. Qué sangre tan peligrosa debe de correr por sus venas. No me extraña que hasta los cardenales hayan querido hacerle papa. Con tal de besar su mano, lo que haga falta. ¿Y esa verbigracia, eh?

Sabéis que el deber de un cónclave es dar un obispo a Roma y parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo al fin del mundo, pero ya estamos aquí.

“Boludos”, seguro que pensó en añadir al final de su frase. En plan guasa. Se contendría. Pero vayamos al enorme disgusto que me ha causado el nombramiento de este nuevo papa.

Ayer por la noche había quedado yo, por fin, después de mucha piedra picada, con dos mujeres. Dos. No una, que está como muy visto; ni tres, que me han contado que es inabarcable. Dos. Y no dos cualquiera, pues de ‘cualquieras’ están llenos los bares. Dos bellezas al cubo, de las que deberían tener un seguro a todo riesgo para pisar las aceras. Iba a ir yo, pintón, con esas dos cinceladas perfecciones a cada lado, presumiendo por la noche de Madrid, abriéndonos paso entre la muchedumbre. Vamos, me río yo de Moisés y el Mar Rojo. Ya fantaseaba con la estampa de nuestros pasos quebrando cuellos por la gélida Gran Vía, dislocando mandíbulas y ejecutando envidias. Vamos, que una mirada hacia atrás después de caminar 200 metros, la firmaría Picasso.

Había dedicado yo veintisiete segundos a elegir mi mejor camisa. Había dado lustre, esplendor y hasta prestigio a esos zapatos que sólo me he puesto en el bautizo de ese hijo que no tengo y que, si algún día llega, espero que no me dé el susto de aparecer con la mili hecha. La ropa interior, impecable, con el elástico bien prieto. Los calcetines, seminuevos, entre 5.000 y 10.000 kms. máximo, sin tomates vergonzantes. Me metí en la ducha y me froté bien los sobacos. Incluso me lavé el pelo. ¡Me peiné! Arranqué las garras de los pies, y recorte esos salientes de los dedos de las manos que siempre he usado para tocar el flamenco que nunca aprendí. Retoqué esos pelillos de la nariz que, de pequeño, siempre me parecieron enormes percebes en la prominencia de José Luis, un viejo amigo de mi padre. Tuve, incluso, el detalle minimalista de los bastoncillos para las orejas. Quedé yo tan aseado, que si me colocan en una estantería del Carrefour, paso por toallitas higiénicas.

¿Y qué falló? Pues que ‘Habemus papam’. Fumata blanca. Que hay Franciscus. Vamos, que hay noticia de última hora y mis amigas son periodistas. ¿Y qué? Os preguntaréis. Pues que además de periodistas, tienen trabajo. ¿Y qué? Insistiréis. ¡Pues que resulta que trabajan en lo suyo! ¿Se puede tener tanta mala suerte en tan poco tiempo? ¿Alguien puede hacerme el favor de calcular la probabilidad que hay de que un papa renuncie a su cargo por primera vez en 598 años y el sucesor sea elegido en la misma tarde que quedo con dos mujeres que son periodistas, tienen trabajo y encima de lo suyo? ¡Si es que sólo podía ser argentino!

Sufijos de la edad


Llevo varios meses pensando en por qué eso de las crisis de los cuarenta. Me toca muy de cerca, y he llegado a la conclusión de que es culpa de los sufijos. Cuando uno es menor de edad, por no tener, no tiene ni derecho a sufijo. Es un asunto coherente, pues tampoco tiene obligaciones. A uno lo llaman, como mucho y no siempre, adolescente. A algunos, esta fase vital les dura más allá de la treintena, pero no lo voy a tratar aquí, más que nada, ante el justificable pánico de descubrir, en la conclusión, que pueda seguir anclado en el acné.

La vida de verdad, esa con la que se supone que debemos hacer algo, útil si es posible, comienza cuando se es veinteañero. El sufijo -ero viene del latín -arius y significa ‘pertenencia a’. Esa pertenencia que buscamos ya en esa ridícula edad que es la adolescencia y que cristalizamos, más mal que bien, en esta época dorada de la inmortalidad. Es la edad en la que decidimos estudiar algo a lo que no nos vamos a dedicar. La edad en la que uno se siente importante, cree que sabe mucho, que se va a comer el mundo, ¡qué coño, que puede cambiarlo!

Luego nos convertimos en treintañeros. El nombre impone como la ola de Lo imposible, pero es en realidad un paso absurdo y menor. No es más que la continuidad del ridículo que hemos hecho en la década anterior. Ese ridículo cristaliza en el altar. Es la edad de los matrimonios en cascada. Llegan los hijos como camadas. Hacia el final de la década, te encuentras padre de tres, tu pelo en declive, con un trabajo de mierda, pero con una mujer que te quiere. Porque los matrimonios de los treintañeros, se quieren.

La ruptura psicológica llega a los cuarenta. Por algo lo llaman crisis. El motivo es el sufijo. El puto sufijo. No pasas a cuarentañero, eso no existe, joder. Ahora eres cuarentón. Ese -on aumentativo y peyorativo. Ese sufijo que suena a despojo. El mismo cuarentón que siempre has odiado a tus 22 porque pensabas que nunca te llegaría la hora. ¿Pues sabes qué? Te jodes, porque está aquí, y ha venido para quedarse. Comienza la cuesta abajo, y de esto no te salva ni Chuck Norris. Y en el intento de evasión, en ese intento por seguir perteneciendo a algo que no sea tu mujer, comienza el desastre.

Sin darte cuenta, comenzaste a traicionarte a los 35 y ya no eres ni la sombra de tus peores días. Te has convertido en un achaque de ti mismo. Hace tiempo que dejaste de escuchar Nirvana para cargar el CD del coche con canciones de El Rey León. No has dejado de ir al cine, pero has cambiado a Spielberg por Disney, el jamón por los potitos, los goles por Bob Esponja. Tu deportivo por un monovolumen. Tus barbacoas por parques de bolas. Tus cañas por biberones. Sigues de padre de tres y, si eres muy desgraciado, incluso de cuatro. Tu pelo, como un nazi en Stalingrado. Con un trabajo no tan mierda pero con una mujer que ya no te quiere. Es la década de los divorcios, porque eso es lo que hacen los cuarentones: acodarse en el último bar que encuentran abierto. Intentar robar años a la vida a la desesperada, como un balón colgado al área. Y se encuentran en las barras, de nuevo, renegando del hombre del espejo. Vuelven a la noche para ‘pertenecer’, pero su rostro delata el sufijo, y acaban marginados en esos bares de carcas con motos en la puerta. El cuarentón es la crisis con su moto como símbolo de su imaginaria libertad. El daño que ha hecho Easy Driver en el cerebro masculino es del todo irreparable.

Uno, que cumple 40 en un día como hoy, se ha inmunizado contra el divorcio más por torpeza que por habilidad. Pero sigo escribiendo la vida entre cuatro paredes. Y por no tener, no tengo ni crisis. Me quedo con lo poco que me queda, que no es más que lo mucho que he tenido. Así que me voy de copas. Apúntate. Es mi cumpleaños y voy a celebrarlo. Pero no te traigas tus penas, que soy un cuarentón y suficiente tengo con lo mío.

Debate sobre el estado de la emoción


Santillana“¿Once goles a mí? Ni de broma”. El oráculo que pronunció esas palabras en 1983 se llama Bonello y era el portero de la selección de Malta. Y acertó, porque fueron doce. “Nunca lo pensé”, murmuró cabizbajo antes de coger el avión de vuelta.

España necesitaba ganar por once goles de diferencia para clasificarse para la Eurocopa del año siguiente después de que Holanda, pocos días antes y líder del grupo, hubiera colocado una manita en el fondo de las mallas maltesas. Poco recuerdo del ambiente entre los amigos del colegio. Pero sí recuerdo que pensaba que era algo posible, pues Malta era un equipo de amateurs. El portero, sin ir más lejos, trabajaba en una empresa textil. Aún así, Alfredo Relaño, en su artículo de El País del mismo día del partido, cerraba con cierta desesperanza su semblanza sobre el guardameta: “Demasiado bueno para encajar 11 goles”. Algunos jugadores holandeses se reunieron para ver el partido en lo que presumían que sería una gran fiesta para ellos. Ignorantes ellos, no sabían que la Historia se repite, y ahí estaban, los tercios españoles, para librar una penúltima batalla. La última, la de 2010, ha servido para confirmar, por si a alguien le cabía alguna duda, que Holanda es al fútbol lo que Poulidor al Tour de Francia.

marca_portada_malta_ESEl partido comenzó mal. Señor falló un penalti antes de que Santillana hiciera su hat-trick -que entonces se llamaba marcar tres goles- en la primera parte. Pero por el camino, se coló impredecible un balón que rebotó en Maceda y nada pudo hacer el debutante Buyo para detenerlo. Fue la única vez que vi a Paco en todo el partido. Se llegó al descanso con un raquítico 3-1 que, en realidad, era como un 2-0, como si hubiéramos marcado un gol cada 22 minutos. A partir de ese momento, había que anotar uno cada cinco.

Miguel Muñoz, conservador en la primera parte con tres defensas y cuatro delanteros, ordenó a Maceda, central de toda la vida, que se sumara como quinto arriba. Rincón comenzó fulgurante la segunda parte e hizo el cuarto. La selección tardó diez minutos más en doblegar física y psicológicamente a los malteses, con el quinto, en el minuto 57. La mano cayó como un bofetón. Y comenzó el recital. Faltaba media hora y había que marcar siete goles. Fueron cayendo uno tras otro, con cada llegada, con cada córner, con cada balón al área. Mi histeria aumentaba y, con cada tanto, corría por el salón, saltaba y me dejaba caer de rodillas, junto a mi hermano, abrazados, como si lo hubiéramos marcado alguno de nosotros. Los goles se sucedían con tal rapidez que a veces, antes de volver a la televisión, ya habían marcado el siguiente. Las celebraciones alcanzaron rango de liturgia. En el minuto 80, Manu Sarabia hizo el 11-1. La furia española, que es como se llamaba a la selección antes de ser roja, era ya imparable.

Cuatro minutos más tarde, un mal despeje al borde del área deja un balón muerto a los pies de Señor que, según le llega, patea y coloca en la esquina inferior derecha del desriñonado Bonello el pasaporte a París. Y el grito de júbilo, quebrado, de José Ángel de la Casa, que está en los anales de la historia de las narraciones deportivas, tan solo igualado por el posterior “Iniesta de mi vida” de Camacho quien, por cierto, fue el capitán de aquella memorable noche de diciembre.

Hubo tiempo para un gol más, del correcaminos Gordillo, pero el árbitro lo anuló por un fuera de juego inexistente. Al final del partido, la exaltación de la histeria, las lágrimas sobre el campo. La desolación holandesa. No digamos el pobre Bonello, culo en césped. Después de haber gritado doce veces gol como un niño maldito y poseído, yo ya no sabía qué más sacar de mi boca, así que me asomé a la terraza, y después de exclamar hacia dentro varias veces con los dientes apretados, solté todo mi aire con un “¡Viva España!” o algo parecido, que era muy franquista, pero yo no lo sabía. De haber sido más mayor y socialista, habría gritado “¡Viva este país!”, que era lo que se estilaba en aquella época atroz, porque solamente atroz puede ser una época en la que las hombreras estaban de moda.

La calle era una jauría de cláxones. Débiles, claro, del tipo Seat 127 o Simca 1000. A ver quién me metía a mí en la cama con ese subidón de adrenalina. Mi madre, que por algo es madre, se dio cuenta de que lo que yo necesitaba era una tila. Suficiente tenían mis padres con aguantarme de día como para tener que aguantarme también esa noche.

Me la bebí poco a poco. Quemaba. Las madres siempre lo sirven todo muy caliente, es una verdad universal y lo sabe todo el que ha tenido madre alguna vez. Pero es que era recordar el glorioso zapatazo de Señor, y se me pasaban los efectos. Entonces mi padre tuvo una idea genial para que conciliara el sueño. Hacía poco que había comprado un VHS, de esos grandotes, de los de me pones aquí y ni me muevas, de los de peso un quintal. Sacó la cinta en la que habíamos grabado el partido -porque sí, yo tenía fe en la gloría de aquella noche- y que durante muchos años tuvimos guardada pensando que llegaría el día en el que esa cinta valdría algo. Y así habría sido si algún imbécil no hubiera inventado Internet. Como decía, sacó la cinta. Dos meses antes, había probado por primera vez el LP del vídeo, que doblaba la duración de la cinta a costa de la calidad. “Total, para lo que hay que ver”, dijo ya por entonces. “Ven hijo, ven”, prosiguió entre cariñoso y perverso, “siéntate en el sofá”. Obedecí confuso. No lo vi venir. Si tan solo hubiera tenido a Gollum como referencia. Dio al play.

Y comenzó el Debate sobre el Estado de la Nación.

Que el fin del mundo te pille bailando


Que el fin del mundo te pille bailandoNo sé tú. Pero yo he quedado hoy prontito para unas cañitas tempraneras, un aperitivo posterior, una comida por los viejos tiempos y, luego ya, si se tercia, a bailar. No voy a quedarme en casa, rostro en ventanal, preguntándome qué es esa enorme bola de fuego que se acerca hacia mí. Si esto se tiene que acabar, si hasta aquí hemos llegado, no me va a pillar de plegarias. Y si en vez de eso, resulta ser un cambio de conciencia colectiva, que me pille bailando.

Tengo pareja de baile y todo. Se llama Rubia. No es que no tenga nombre cristiano, que lo tiene. Ni que yo quiera preservar su anonimato, que me da igual. Es que es anónima para mí, porque me dio su teléfono, pero he olvidado su nombre.

Me ocurre con bastante frecuencia. Nunca pierdo un número porque siempre lo apunto en el teléfono, va directo a la nube, se guarda en el ordenador y, por si acaso, se hace una copia de seguridad. Vamos, que ni en Langley. Pero se me olvida el nombre de quien me lo da. Y así no hay manera de hacer carrera decente de mí.

Pero bueno, que os contaba lo de Rubia. La conocí en una noche de gintonics, lagunas y recuerdos resbaladizos. Yo había quedado con Susana, que llevó a unas amigas; y yo, a un par de machos alfa, que es de lo poco indecente que queda en mi vida. Estas cosas siempre acaban mal: empezaron a volar números de teléfono que aquello parecía una centralita de Telefónica. Los números de los demás, digo, porque el mío, como si no existiera; a mí, ni caso, como si hubiera sacado en algún momento un Alcatel verde apestoso modelo analógico Siglo XX y hubiera gritado “¡voy a mandar un SMS!”.

En fin, que me pierdo. Fuimos al Berlín Cabaret, y allí estaban Rubia y su amiga Morena. Un colega quería ligar con esta última, así que yo le dije, evidentemente crecido por la embriaguez, como si el reciente episodio de los teléfonos no hubiera lesionado mi ego, “esto, te lo soluciono yo”. Y procedí a por Rubia. Después de un muy breve intercambio de estupideces, me preguntó “¿Te gusta mi amiga?”. Me quedé tan pillado que, muy serio, respondí: “No. Me gustas tú”. Así, en el careto. Plas. Sin anestesia. Tenía un baile, la chica. Mi colega aprovechó la entradilla y tonteó diez segundos con Morena, suficiente para perderle el rastro y no volver a verlo en toda la noche.

Así que ahí me quedé, Rubia en mano. La tanteé tan perdido como un broker comprando acciones, totalmente incapaz de llegar a conclusiones válidas sobre su interés en mí, como un analista de mercados. Pero algo atrevido debí hacer porque miró hacia el suelo, luego hacia mí y guardó un momento de silencio. Se acercó a mi oído y me dijo: “Verás, es que a mí me gusta lo mismo que a ti”, y alzó la vista por encima de mi hombro, arqueando las cejas.

Me giré y allí estaba, espléndida, en el piso de arriba, la minifalda de la go-gó. Miré a Rubia, que asintió como diciendo “sí, hijo, sí”. Así que, sin amigos, solo y derrotado, pregunté: “¿Bailamos?”.