La banalización de «la banalización del mal»


IMG_3078

El concejal Zapata recibió ayer con alegría el fino análisis del periodista Gerardo Tecé en el que se compara a Adolf Eichmann con Wolfgang Schäuble.

Captura de pantalla 2015-07-19 a la(s) 16.01.50

Pocas horas después, borró el tuit de la imagen de arriba y lo aclaró con el siguiente:

No. Si hubiera querido referirse a esa tecnificación de la crueldad y el sufrimiento, lo habría dicho desde el principio. Aún así, no hay mucha diferencia entre sus dos tuits. No digo que no sea una lectura secundaria que Zapata extrae, sino que la primera es la que todos hemos entendido. Todos y él: «la banalidad del mal en el nazismo y en el gobierno actual», es decir, los comportamientos burocráticos y autómatas de Eichmann y Schäuble.

Tecé dice que Eichmann alegó en su defensa su buen trabajo en el tiempo que le tocó vivir, recibió felicitaciones de compañeros y jefes mientras, al mismo tiempo, rechazaba cualquier responsabilidad moral en el traslado logístico de judíos. Schäuble, asegura Tecé, llega al parlamento alemán con el trabajo bien hecho, meticuloso, eficiente, al servicio de Alemania. Como es lógico, y aunque Tecé no lo dice, no parece que Schäuble sea objeto de expiación moral.

Pero claro que compara. Incluso utiliza el mismo adjetivo burocrático para calificarlos: gris. Zapata puede sacar las conclusiones que quiera, pero solamente son posibles con la equiparación de un asesino con un demócrata. No requiere de acrobacias para establecer una relación entre la Alemania Nazi con la Alemania actual.

La «banalización del mal» de Hanna Arendt como hilo conductor es, en realidad, la banalización de la banalización del mal. Eichmann era un operario del sistema y no reflexionaba sobre sus consecuencias. Para sus afirmaciones, la filósofa se sirvió de las declaraciones de Eichmann en el juicio contra él. ¿Realmente está Tecé en posición de aseverar lo mismo de Schäuble? Que le sirve para el discurso es evidente. Que sea preciso, correcto, incluso justo, es otra cosa.

De la misma manera, al comparar ejecutores, no se precisan saltos para relacionar a los judíos de los años 30 con los griegos. Porque en este infortunio hay que destacar la inevitable derivada de las víctimas. Un Tsipras acorralado, doblegado, arrodillado, dice Tecé. El primer ministro griego levanta simpatías en buena parte de la izquierda europea. Sin embargo, los judíos eran tan odiados en todo el Continente que, según el historiador Ian Kershaw, los discursos de cervecería de Hitler no destacaban especialmente por su antisemitismo. Lo que decía de ellos estaba ampliamente aceptado por la sociedad.

Los judíos eran una minoría que fue despojada de sus derechos primero y de su humanidad después para que, al gasearlos, no se percibiera algo distinto a una matanza de cerdos. Por otro lado, los griegos llevan eligiendo democráticamente a sus dirigentes durante más de 30 años. Son responsables de sus políticos como nosotros de los nuestros, han preferido vivir en un estado clientelar, corrupto y con un creciente endeudamiento antes que hacer frente con seriedad a su propia estructura social, económica y política. Como señala Tsevan Rabtan, la inercia es tan enorme que los cambios son complicados y la reforma de una nación requiere «de la importancia de mantener el esfuerzo en la dirección correcta durante generaciones». Los griegos eligen el menos malo de los caminos dentro de las pocas opciones que les quedan porque durante tres décadas se han ido esfumando las oportunidades de un estado sostenible.

Ver el enemigo en quien está dispuesto a ayudar es un mal negocio. Todos quieren el bienestar de los griegos. Que salgan adelante y que tengan un estado que deje de vivir de prestado. No se puede decir lo mismo de los deseos de los nazis y los judíos. Por eso es tan arbitrario comparar a Eichmann con Schäuber, y un duro acuerdo con un genocidio.

Equipo del Régimen


candidatos--644x362

Es conocido eso de acusar al prójimo de las propias carencias. Así se hace con el Real Madrid, por ejemplo, cuando se le acusa de equipo del régimen franquista a pesar de que su leyenda se haya forjado en Europa, lejos de los tejemanejes nacionales. El Barcelona adquiere como rival, por tanto, los valores opuestos. Es el discurso simple el que siempre resulta efectivo, y da igual la relación de hechos que se expongan, que el Barça disfrutará de su halo romántico a pesar del tufo reaccionario de sus dirigentes.

En Cataluña, asfixia más el nacionalismo que el calor del verano. Ahí está la imagen de los candidatos a la presidencia del club posando con la camiseta del 27S. Una imagen imposible en otro equipo y, sin embargo, necesaria en el Barcelona: el candidato que se mueva, no gana. No sé si todos siguen el camino religioso de Mas, pero sí sé que saben que no pueden negarse a aparecer. Es una escandalosa falta de libertad a la que la sociedad catalana ya se ha ido acostumbrado, pero no deja de ser una anomalía ambiental. El Barcelona sigue la estela del proceso político que deja el presidente de la Generalitat, ha formalizado un discurso nacionalista y vende en sus taquillas las mismas ensoñaciones que el separatismo. El Barcelona se expande por los cinco continentes mientras sus miras acaban en las fronteras de Cataluña. Es muy difícil mantener el equilibrio entre la pasión por un equipo y el desafecto a algunos valores que representa. Esa inyección de política. Por eso, claro que es el Barcelona es más que un club. Forma parte de un proyecto sentimental que no tiene nada que ver con el deporte.

Unicornios sobre Barcelona


100_cosas_sobre_barcelona_que_deberias_saber_769444238_650x

El arco parlamentario catalán está sembrado de nacionalismo. Pocos partidos se salvan. Por eso, no es de extrañar que Raül Romeva, ex diputado de Iniciativa per Catalunya, haya dejado su partido porque éste no apoya el proceso secesionista comenzado hace algunos años por Artur Mas, y se haya unido como número uno a la lista unitaria de Convergencia y ERC, con la que pretenden hacer un plebiscito en forma de elecciones autonómicas sobre el asunto catalán.

El 22 de octubre de 2012, el señor Romea se despertó y vio, sobre el cielo barcelonés, unos cazas militares. No eran chinos ni norcoreanos, sino españoles, y eso es precisamente lo que le alarmó. Firmó entonces una carta dirigida a la vicepresidenta y comisaria de Justicia, Derechos Fundamentales y Ciudadanía de la Comisión Europea, Viviane Reding, en la cual se señalaba que dos militares y un político habían hablado de la posible invocación del artículo 8 de la Constitución Española para defender sus fronteras e integridad territorial. Invitaban a la comisaria a estudiar la posibilidad de suspender el derecho de voto de España ante el posible peligro de una intervención militar. Romeva unió los puntos que, como a los niños, es lo que se le da bien: declaraciones, cazas, coacción militar a Cataluña.

Preguntado Carlos Herrera, dos días después, afirmó que

es inadmisible que [el referéndum] se plantee en términos militares como algunos están haciendo. Por lo tanto, en un marco democrático como es el europeo, la UE tiene que mandar un mensaje claro que frene cualquier tipo de incitación a ese tipo de actuaciones de tipo militar. Hay recursos para hacerlo por la vía política, por lo que estas amenazas están fuera de lugar.

El resto de la entrevista no tiene desperdicio. El nacionalismo vive en un estado alerta paranoica permanente. Donde hay maniobras del ejército del aire, el señor Romeva interpreta amenazas militares. Pide respeto, pero lo pone difícil. Es complicado respetar a quien defiende con seriedad el vuelo de unicornios sobre la catedral de Barcelona.

Y es complicado tomarlo en serio cuando ese mismo año, en enero de 2012, elevó una pregunta, junto al eurodiputado Ramón Tremosa (CiU) (quién también firmó la carta sobre los militares), a la Comisión Europea de importante calado político a propósito de un pisotón de Pepe a Messi en el partido de ida de la Copa del Rey:

¿Cree la CE que estos hechos tan graves, vistos por millones de personas, incluidos niños, deben quedar impunes? ¿Está satisfecha la CE al saber que ningún comité de competición no se está ocupando de este episodio de violencia en el deporte?

Sostenían que

si Pepe se queda sin sanción, su pisotón a Messi será percibido como una acción neutra para la sociedad.

Este es el nivel del number one de la lista unitaria plebiscitaria. La CE no llegó a contestar porque dos semanas después retiraron la pregunta. Casualmente, justo el día después de que se clasificara el Barcelona. No me pondré paranoico, no vaya a ser.

Periodismo contra realidad


iStock_000036609770Small_610_300_s_c1_center_center

Democracia, orgullo, dignidad, David. Capitalismo, terrorismo, esclavitud, Goliat. Estas y otras palabras han sido utilizadas como sinónimos y antónimos por parte del periodismo patrio. Dice Arcadi Espada que la literatura ha hecho un gran daño al periodismo. Queremos cerrar las historias como si fueran relatos. Pretendemos ofrecer un producto redondo frente a la realidad imperfecta a la que se dedica el periodismo.

El periodista, cuenta Arcadi,

se enfrenta a hechos irracionales sin una versión asequible, al contrario que la novela, que muestra cómo una historia termina sin cabos sueltos.

La utopía es a la política lo que la ficción al periodismo. La utopía de Tsipras y el relato épico se han dado de bruces contra la realidad con una bofetada memorable en una interminable reunión del Eurogrupo. Algunos periodistas llevaban semanas fabricando ilusiones alimentadas por el gobierno griego. Han despertado sin poder pegar ojo.

Como García Márquez  en su ‘Periodismo militante’, ansían con la solemnidad del creyente. Estos periodistas tienen tantas ganas de creer, de cerrar su relato, que maquillan sus deseos como hechos. Como los utópicos, militan fácilmente en causas que creen justas. Descuidan que el mundo es el que es muy a su pesar, y que su obligación es contarlo aunque su deseo sea cambiarlo. La utopía es peligrosa y, en política, además es inmoral: conduce a las desilusiones de las promesas imposibles. La utopía es el alimento del populismo. Para la prensa, no es más que ficción. No debería considerarla. Pero ayuda a cerrar el relato. A no dejar cabos sueltos. Y a acabar con el periodismo.

La soledad del portero


Triste-despedida-para-Iker-Casillas

La despedida de Casillas ha ensombrecido la entrevista a sus padres publicada ayer por El Mundo. Y viceversa. Y, a la vez, se han complementado de una forma dantesca: la entrevista responde preguntas que los periodistas en el comunicado del adiós jamás habrían realizado. Resulta que el guardameta y sus padres no se hablan, aunque parece que su madre le llama de vez en cuando para decirle que qué era eso de ir a un equipo como la Roma, o le escribe afirmando que se merece un equipo de más categoría que el Oporto. Su padre, por su parte, le recomendó no perdonar ni un céntimo al Madrid.

Por si fuera poco, ahora sabemos que en 2009, tras el inicio de la segunda etapa de Florentino Pérez en la presidencia, despidió a su entonces representante, Ginés Carvajal y demandó, a través de sus padres, al Real Madrid para que el club se hiciera cargo de la comisión del nuevo contrato que había firmado con el anterior máximo mandatario, Ramón Calderón. La demanda se alargó durante tres años, hasta el mismo día del juicio. El acuerdo al que llegaron, según parece, fue que Casillas acordaría una cantidad con su ex-representante y después, el Madrid se la abonaría al jugador.

Los padres de Casillas, según la entrevista, no tienen una buena relación con Sara Carbonero. Los problemas comenzaron en 2010, cuando el portero «decidió apartar a sus padres de una sociedad que había constituido junto a ellos para gestionar sus inversiones inmobiliarias y que contaba con un patrimonio de 30 millones de euros. Se abrió una brecha familiar a pesar de que Iker les entregó 5 millones, varios inmuebles y les fijó un sueldo de 9.300 euros al mes durante 15 años. A cambio, les pidió que firmasen un pacto de no agresión todavía en vigor y por el cual no pueden vertir comentarios despectivos contra él ni contra su entorno más cercano».

La entrevista destila la sobreprotección de unos padres que terminan viendo en cualquier persona que no sean ellos mismos una amenaza para su hijo. Los millones que ha ganado Iker han golpeado a la familia como una herencia. Han originado la batalla que una madre nunca debe librar porque nunca puede ganar: la de la idoneidad de la nuera. Esa desconfianza nubla el juicio. Los hijos tienen que equivocarse como adultos. O acertar, porque acabarán haciendo lo que quieran igualmente.

El amor de los padres por su hijo y su borrosa relación con la realidad se pone de manifiesto cuando exigieron al propio Florentino que su hijo, de entonces 24 años, ganara lo mismo que Raúl. Estos son los mimbres que han sujetado la cabeza de Casillas sus últimas tres temporadas. Su familia, en cambio, prefiere ver una suerte de conspiraciones entre Florentino, Mourinho, periodistas y Arbeloa, un contubernio que ha hundido a su hijo porque se vive mejor echando la culpa a los demás. Los argumentos infantiles de sus padres se caen por su propio peso: de haber querido forzar la salida de Iker, Florentino habría fichado a un portero cuando Mourinho se lo pidió, y no habría esperado a la necesidad de llevar a Diego López por la lesión de Casillas. Se olvidan de que fue Mourinho quien salió poco después del club y de que Carlo Ancelotti también lo sentó. Si el portero jugó la Champions, fue porque el italiano no quería un cisma en el vestuario.

La despedida, a falta de la que habrá hoy en el Bernabéu en una rápida reacción del club tras las críticas vertidas, no fue la que un jugador como Casillas merecía. Pero no debemos olvidar que él lo eligió. Y se me antoja complicado pensar en cómo se puede convencer a alguien de que el adiós que merece debe ser distinto cuando se impone el rencor. Es fácil decir que el Madrid ha gestionado mal la salida de Casillas y olvidar que el club le puso todo tipo de facilidades para que fuera a su medida. La plantilla habría podido estar a su lado si las negociaciones no se hubieran roto tantas veces. Es fácil caer en el perverso cliché del empresario.

Lo que no vale es proteger a Casillas como lo hacen sus padres. Tratarlo como a un niño. Como si no fuera dueño de sus decisiones. Como si él no fuera consciente, tanto como el Madrid, que la decisión de salir solo ante la prensa daría mala imagen al club. Y es que, para irse dignamente de un club como el Real Madrid, antes de nada, hay que hacer una reflexión sobre uno mismo y ser consciente de que ya no se rinde al nivel necesario. Es una ley de vida difícil de aceptar cuando eres dueño de todo calificativo milagroso.

A Casillas se le ha protegido tanto, que ayer estaba solo.

Hasta la tercera canción


1960903_658510897520237_1273813459_o

Cuando era pequeño, algunos sábados acompañaba a mi padre a la tienda de Callao. Después de pasar un rato en la oficina, de bajar al obrador y ganarme un pastelito por ser un niño, íbamos a Escridiscos, justo al lado, en la calle Navas de Tolosa. Escridiscos es la pequeña tienda de discos donde comencé recopilar mi colección de LP. Acudía allí con mi lista, un trozo de papel donde añadía títulos y artistas a una velocidad mucho mayor que los tachaba. Los dueños me cogieron cariño y, con el tiempo, me gusta pensar que también tenían cierta intriga por ver la evolución de mis gustos, como el orgulloso profesor que observa el progreso de sus alumnos.

Las colecciones de discos se hacen a base de golpes ciegos. No tienen una coherencia compacta, como sí la tiene un álbum. Quizás su única lógica sea cronológica. Los años pulen y purgan criterios. Una colección de música es terriblemente anárquica. Uno puede tener la discografía completa de Led Zeppelin, pero no nace con el gusto por esa banda, sino que llega hasta Led Zeppelin. Por el camino se queda casi todo. Uno no escucha ‘Smells like teen spirit’ y sufre una mutación musical: se está preparado, en cierto modo, para algo como Nirvana.

Yo entraba feliz en Escridiscos, saludaba, y me iba directo a buscar lo que quería. Nunca lo pedía. Para mí, era un reto, como demostrar que sabía lo que quería. Rebuscaba con mi lista garabateada, cogía un par de discos y me iba a la caja. Si eran buenos, la propietaria asentía y me los cobraba. Pero a veces no: «Esa mierda no te la llevas», aseveraba cariñosa, «llévate esto otro». Y me vendía un LP de unos tipos que no había escuchado en mi vida, pero que bien podrían ser Fleetwood Mac o Prefab Sprout.

En el verano de 1985 estaba ya de vacaciones y, como no podía ir con mi padre, le pedí dos discos como regalo de fin de curso. Afortunadamente no recuerdo cuáles, así me ahorro la vergüenza de nombrarlos. Regresó con dos distintos. «Lo siento hijo», me dijo, «no me los han querido vender y me han dado estos». Alargó la mano y me dio el que era el primer álbum de un tal Sting, y uno azul clarito, con una guitarra plateada, de una banda llamada Dire Straits.

Coloqué en el tocadiscos el de Sting y comenzó a sonar ‘If you love somebody set them free’ y, quizás también, ‘Love is seventh wave’, pero no llegó a ‘Russians’. Lo quité. Luego puse el de Dire Straits. Comenzó ‘So far away’, y ni tan mal. Pero luego sonó esa intro tan larga como extraña para mis doce años de ‘Money for nothing’ hasta que estalló el riff de guitarra. Hoy me parece tan sencillo y espectacular como eficiente, pero entonces, no tanto. Y también lo quité. No llegó a sonar ‘Walk of life’. «Igual hay que devolverlos, papá», dije con cierta tristeza. Al fin y al cabo, era como quedarme sin regalo. Guardaron el sueño de los justos lo que quedó de verano mientras envenené mis oídos con Modern Talking.

Al comienzo del nuevo curso mis padres me mandaron a Irlanda en la que ha sido, probablemente, la decisión más acertada de su vida. Me quedé a vivir con una familia en un pequeño pueblo al sur de Dublín, llamado Greystones. Para mí, los que allí vivían fueron ‘English’ durante un mes porque no sabía decir ‘Irish’. Un día, llegué a casa después de jugar un partido de fútbol. Comenté que habíamos ganado a los ‘English’ por 6-3 y, no sé si hastiada por el insulto o por la contundente derrota, la señora de la casa me fulminó con la mirada y me obligó a repetir ‘Irish’ hasta que lo aprendí.

Empecé a escuchar mucho la radio y a ver el famoso ‘Top of the Pops’, y resulta que el ‘Russians’ del señor Sting y el ‘Walk of life’ de Dire Straits sonaban a todas horas. Y, aunque no me parecen lo mejor de cada LP, me encantaron. Esperé ansioso al día de la semana que hablaba con mis padres tan solo para exclamarles que ni se les ocurriera devolverlos. Y así, desde entonces, antes de decidir nada, escucho siempre hasta la tercera canción.

De empresa y club


2152x

Que me corrija Jabois si me equivoco cuando digo que Florentino Pérez es un empresario aficionado al fútbol. Todos los madridistas haríamos un equipo estrella, ficharíamos a uno u otro, venderíamos a mengano porque pensamos que ya no rinde… Jugamos a entrenador y presidente a la vez, a manejar egos y presupuestos como si de administrar la paga de nuestros hijos se tratara. Sabemos más que un cuerpo técnico y un presidente juntos.

Una de las peores ayudas que ha recibido Casillas han sido las alabanzas desmesuradas e incondicionales de amigos que jugaban el papel de periodistas objetivos. Tras la salida de Mourinho, la imagen del portero ha continuado su degradación, y la prensa ha visto en aquel affaire la caída de la leyenda. «Puede estar en el Madrid lo que quiera, nos lo ha dado todo», es una frase que no se ha rendido ni ante la evidencia ni ante el nivel que requiere el club. Así, no pocos periodistas consideran que se está tratando mal al portero. En el fragor de nuestros juicios, hay un aspecto curioso en la larga negociación de la salida de Casillas:

Hombre, por partes. Gabilondo acusa al Madrid de ser más empresa que club. Su observación indica que el equipo no tiene en cuenta lo mucho que Casillas ha dado al club, como si el Madrid no hubiera dado nada a Iker. Incluye, además, el clásico prejuicio vicioso: la empresa trata mal a los trabajadores. Es curioso que vea en Casillas a un futbolista y no a un trabajador. Me explico. Hemos podido saber que, durante las negociaciones, el portero no estaba dispuesto a perdonar ni un euro al Real Madrid. El club, por otro lado, no quería pagarle íntegramente los dos años que le quedaban y otorgarle la carta de libertad. Dos posturas, a priori razonables, que buscan sus propios intereses y condenadas a entenderse. Lo que no es justo, y esto es lo que hace la prensa con tanta facilidad como frecuencia, es juzgar al club como empresa y al jugador como futbolista. Aquí se rompe el equilibrio: es evidente que Casillas no ha negociado con el Real Madrid como el futbolista que lleva 25 años en la casa, sino como el trabajador que quiere llevarse lo que le corresponde. No se han manejado afectos. Pero la prensa pasa por alto a Casillas lo que no perdona a Florentino.

Elegancias


glamour_1

Sólo un alcalde de Madrid o Barcelona -hoy alcaldesas- son noticia por algo que no sea una barbaridad, una estupidez o un caso de corrupción que acabe con sus huesos en la cárcel. Que me disculpen las pequeñas ciudades, pero no soy el que discrimina las noticias. El reelegido alcalde popular de Granada, Torres Hurtado, ha reblandecido la boca: «Las mujeres, cuanto más desnudas, más elegantes». Lejos de arreglarlo, ha continuado: «Y los hombres, cuanto más vestidos, más elegantes». Luego ha llegado el comunicado de prensa exculpatorio: «buscaba apelar a la necesidad de usar un atuendo adecuado para el contexto de la ola de calor». Ay, el contexto. Me va a disculpar el señor alcalde, pero no acabo de ver ni la relación entre el calor y la elegancia; ni esa relación inversa entre la temperatura y el sexo.

Los políticos tienen una pasmosa facilidad para decir una estupidez y arreglarlo con una sandez. Una estupidez porque una mujer no es más elegante por llevar menos ropa. En cualquier caso, no creo que quisiera atacar a las mujeres, ni que sea un hombre indigno. Tampoco que sea machista. Creo, más bien, que el alcalde dijo su frase porque su discurso iba dirigido a la juventud y quiso acercarse a ella como una versión de serie B de Tierno Galván en su juego de palabras de 1984: «¡Rockeros: el que no esté colocado, que se coloque… y al loro!». En el fondo, la frase demostraba lo fuera que estaba de la Movida, pues ese «al loro» no tiene ningún sentido: parece, más bien, que sabía que era una frase hecha moderna y la soltó.

A Torres Hurtado se le critica por algo que hace 30 años habría pasado desapercibido. Y es que ha llegado tarde. La juventud, que no es la que era, ya no tontea con la libertad como en los ochenta y tiene calados a los políticos. El alcalde ha tropezado con los años, con la tiranía del lenguaje y con los torquemadas de las formas. Como dice Alaska: «La secuencia de la lluvia dorada de Pepi Luci Bom no la podríamos grabar hoy. No serían los poderes episcopales, sino los laicos, los ministerios de Igualdad y el defensor del menor los que se llevarían las manos a la cabeza».

Tomar el callejero


05

Dejadas las calles de Madrid por los despachos, es preferible tomar el callejero a través del articulado de la Memoria Histórica, ese oxímoron. La Historia es una recopilación de hechos; la memoria, un recuerdo de lo que nos queda, construcción subjetiva. Así, la memoria nunca puede ser histórica aunque el posmodernismo del lenguaje todo lo permita.

Este tipo de leyes tienen cierto riesgo. Aunque la Historia la escriben los vencedores, el romanticismo es un sentimiento puramente privado. Por eso, es peligroso que las leyes se sostengan sobre lo emocional. Así, corremos el peligro de adular a criminales o, lo que es peor, de condenar inocentes, a partir de la trinchera ideológica.

Defiende el consistorio madrileño que hay que cumplir 100% con la Ley. Estoy de acuerdo. Con todas, añado, no vaya a ser que les dé por concluir lo que a sus homónimos de Barcelona, eso de que si hay leyes injustas, no se cumplirán. Me alegra que vacíen las calles para tomar el callejero, decía, porque es mucho más civilizado. Igual que es mucho más sosegado presentarse a unas elecciones que jugar a revolucionarios.

Pero me asaltan dudas. Me preguntó qué harán con los yugos y flechas colgados de las paredes de los edificios de protección oficial del Instituto Nacional de la Vivienda. No sé si se eliminarán en nombre de la memoria, a costa de la Historia. También tengo serios reparos porque en el informe que maneja el Ayuntamiento se estudia eliminar las calles a Santiago Bernabéu, Salvador Dalí, Manolete por haber apoyado o participado en el bando nacional durante la guerra civil. Igual habría que valorar los motivos por los que esos personajes lograron ese reconocimiento de la ciudad. De lo contrario, podríamos acabar con una purga simbólica, matando sus nombres a golpe de callejero, como quien borra la memoria, sin poder cambiar la Historia. Una suerte de justicia poética, algo así como poner una calle a Islero donde descansaba la placa de Manolete.

Error de traducción


Cuento la siguiente historia a propósito de las negociaciones con Grecia. Toda negociación es siempre más compleja y rebuscada de lo que nos llega. A veces, incluso, es también impostada. Y siempre puede haber salidas originales que facilitan un acuerdo allí donde parecía imposible.

Todos hemos tenido algún profesor ya entrado en años encantado de contar batallitas de su vida laboral. La veteranía es un grado a la hora de sumar anécdotas en clase. Este profesor mío nos quiso mostrar, con una de sus experiencias, cómo se desarrollaba una negociación. Siempre nos decía que podíamos hacernos los ofendidos y parecer enfadados, pero nunca enfadarnos, porque la otra parte conocería entonces nuestro punto débil.

De joven, trabajó en la embajada de España en París durante el franquismo. En aquellos años ayudó en unas negociaciones de contenido cultural con la Unión Soviética. El grueso de las negociaciones lo llevaron los equipos de las embajadas en Francia y, una vez cerrados los últimos flecos, los ministros fueron a París a cerrar el acuerdo.

Llegado el día, se sentaron en una mesa larga. Por un lado, la delegación rusa con su ministro a la cabeza, por el otro, la española. Comenzó lo que iba a ser el simple acto formal de la firma. El ministro ruso tomó la palabra. Para sorpresa de todos, y sin venir a cuento, desplegó un show de alabanzas a Lenin, a Stalin, al pueblo obrero, a la lucha de clases… Y exclamó indignado: «¡Esto no se va a firmar jamás!». Quedó la sala en silencio. Mi profesor, boquiabierto. Entonces, el ministro español se quitó las gafas lentamente y las dejó caer sobre la mesa con cierto desdén -mi profesor aprendió que era era un gesto efectivo, que daba tiempo a pensar- y se frotó ligeramente los ojos. Tomó de nuevo las gafas, se las colocó sobre la nariz y dijo muy tranquilo: «Lo siento mucho, me parece que ha habido un malentendido en esta negociación. Buenas tardes». He hizo una señal para que la delegación española se levantara. Y salieron por la puerta.

Mi profesor no daba crédito a que se fuera a ir al garete todo el trabajo de varios meses. El ministro, sin embargo, caminaba imperturbable hacia la salida. Fuera había periodistas, tanto españoles como soviéticos, para cubrir el momento. Cuando estaban a punto de salir por la puerta, se acercó a toda prisa un miembro de la delegación rusa: «¡Esperen, esperen! No puede irse así, debe comprender que el ministro tiene un público en su país y lo que ha dicho lo tenía que decir». A lo que el ministro respondió: «Lo comprendo perfectamente. Entienda también usted que yo también tengo el mío, y por eso voy a salir por esa puerta». El interlocutor soviético lo interpeló de nuevo: «A ver cómo se puede solucionar, no se vayan todavía». Y pasaron a una habitación contigua.

Al cabo de 45 minutos fueron a buscarlos y regresaron a la sala donde esperaba la delegación rusa. Estaban todos menos uno. Entonces, el ministro ruso volvió a tomar la palabra: «Disculpen el malentendido de antes, ha sido culpa del traductor».