La banalización de “la banalización del mal”


IMG_3078

El concejal Zapata recibió ayer con alegría el fino análisis del periodista Gerardo Tecé en el que se compara a Adolf Eichmann con Wolfgang Schäuble.

Captura de pantalla 2015-07-19 a la(s) 16.01.50

Pocas horas después, borró el tuit de la imagen de arriba y lo aclaró con el siguiente:

No. Si hubiera querido referirse a esa tecnificación de la crueldad y el sufrimiento, lo habría dicho desde el principio. Aún así, no hay mucha diferencia entre sus dos tuits. No digo que no sea una lectura secundaria que Zapata extrae, sino que la primera es la que todos hemos entendido. Todos y él: “la banalidad del mal en el nazismo y en el gobierno actual”, es decir, los comportamientos burocráticos y autómatas de Eichmann y Schäuble.

Tecé dice que Eichmann alegó en su defensa su buen trabajo en el tiempo que le tocó vivir, recibió felicitaciones de compañeros y jefes mientras, al mismo tiempo, rechazaba cualquier responsabilidad moral en el traslado logístico de judíos. Schäuble, asegura Tecé, llega al parlamento alemán con el trabajo bien hecho, meticuloso, eficiente, al servicio de Alemania. Como es lógico, y aunque Tecé no lo dice, no parece que Schäuble sea objeto de expiación moral.

Pero claro que compara. Incluso utiliza el mismo adjetivo burocrático para calificarlos: gris. Zapata puede sacar las conclusiones que quiera, pero solamente son posibles con la equiparación de un asesino con un demócrata. No requiere de acrobacias para establecer una relación entre la Alemania Nazi con la Alemania actual.

La “banalización del mal” de Hanna Arendt como hilo conductor es, en realidad, la banalización de la banalización del mal. Eichmann era un operario del sistema y no reflexionaba sobre sus consecuencias. Para sus afirmaciones, la filósofa se sirvió de las declaraciones de Eichmann en el juicio contra él. ¿Realmente está Tecé en posición de aseverar lo mismo de Schäuble? Que le sirve para el discurso es evidente. Que sea preciso, correcto, incluso justo, es otra cosa.

De la misma manera, al comparar ejecutores, no se precisan saltos para relacionar a los judíos de los años 30 con los griegos. Porque en este infortunio hay que destacar la inevitable derivada de las víctimas. Un Tsipras acorralado, doblegado, arrodillado, dice Tecé. El primer ministro griego levanta simpatías en buena parte de la izquierda europea. Sin embargo, los judíos eran tan odiados en todo el Continente que, según el historiador Ian Kershaw, los discursos de cervecería de Hitler no destacaban especialmente por su antisemitismo. Lo que decía de ellos estaba ampliamente aceptado por la sociedad.

Los judíos eran una minoría que fue despojada de sus derechos primero y de su humanidad después para que, al gasearlos, no se percibiera algo distinto a una matanza de cerdos. Por otro lado, los griegos llevan eligiendo democráticamente a sus dirigentes durante más de 30 años. Son responsables de sus políticos como nosotros de los nuestros, han preferido vivir en un estado clientelar, corrupto y con un creciente endeudamiento antes que hacer frente con seriedad a su propia estructura social, económica y política. Como señala Tsevan Rabtan, la inercia es tan enorme que los cambios son complicados y la reforma de una nación requiere “de la importancia de mantener el esfuerzo en la dirección correcta durante generaciones”. Los griegos eligen el menos malo de los caminos dentro de las pocas opciones que les quedan porque durante tres décadas se han ido esfumando las oportunidades de un estado sostenible.

Ver el enemigo en quien está dispuesto a ayudar es un mal negocio. Todos quieren el bienestar de los griegos. Que salgan adelante y que tengan un estado que deje de vivir de prestado. No se puede decir lo mismo de los deseos de los nazis y los judíos. Por eso es tan arbitrario comparar a Eichmann con Schäuber, y un duro acuerdo con un genocidio.

El comunismo que viene


345

Estas declaraciones de Monedero:

En términos de víctimas, el capitalismo es infinitamente superior al nazismo.

Y así lo explica:

Es evidente. Ahora hay dos tercios de la humanidad, no 10 millones, ni 20 ni 50, dos tercios de la humanidad que no hacen falta ni como productores ni como consumidores. Es decir, son desechables, expresión que se utiliza en Colombia para la gente sin recursos. Y vemos que las decenas de miles que mueren intentado cruzar el estrecho es porque han entendido que en todo un continente no tienen solución. Los desplazamientos que hay en el mundo que tienen que ver con el cambio climático, que tienen que ver con que las grandes empresas no tienen ningún tipo de interés en mantener el Planeta. Las guerras que se están promoviendo por parte de los que tienen armas generan no seis millones de víctimas, que es terrible, sino cientos de millones de muertos todos los años. En términos de víctimas es infinitamente superior. A veces nos dan miedo las comparaciones porque nos estremecen. Si uno mira las víctimas que generó el nazismo y las que están ahora mismo en el mundo sufriendo, acortando su esperanza de vida, siendo sujetos de enfermedades, de guerras por culpa de un sistema deplorable, pues devuelvo la pregunta: ¿Tú por qué crees que el Papa ha hecho una encíclica cuestionando todo este tipo de comportamientos vinculados al terrorismo financiero?

Y continúa, pero con esto es suficiente. Lo execrable es la comparación con el nazismo. Un sistema totalitario que sí era criminal. Que nació para dominar el mundo basado en el terror, igual que el estalinismo. Monedero relativiza el mal radical de los totalitarismos para ajustarlo su discurso. Es una perversión moral. Siempre es difícil rebatir una mente construida a base de axiomas imaginados: Ni los hechos, ni la evidencia, ni mucho menos los datos, le harán perder un ápice de terquedad. En estos momentos, hay una población de más de siete mil millones de habitantes. En lo que llevamos de año, han nacido unos 67 millones de niños y han muerto, en total, menos de 28 millones de personas. Llevadas a fin de año, habrá un total de muertes que rondarán los 60 millones en todo el planeta, muy lejos de los inexactos “cientos de millones” causados solamente por los que tienen las armas. Sacamos aquí dos conclusiones: primero, que Monedero se inventa las cifras para justificar su discurso; segundo, que sólo le importa su discurso.

En su alocada comparación de cifras, por tanto, se esconde la verdadera comparación: el capitalismo es peor que el nazismo y, si se acabó con el nazismo, imaginen cómo hay que luchar contra el capitalismo. Monedero y acólitos quieren cambiar el sistema porque el capitalismo es criminal. El capitalismo mata. Como dice el genial Javier Pérez-Cepeda, “en cada generación hay un selecto grupo de idiotas convencidos de que el fracaso del colectivismo se debió a que no lo dirigieron ellos”. No es más que un nuevo intento de llevar la utopía al poder, otra declaración de buenas intenciones de una minoría que se arroga la voz de la mayoría, que sabe lo que quiere el resto mejor que los demás. Pasean un impostado sentimiento de culpa y te señalan si lo denuncias.

Hablan de la redistribución como la solución a la pobreza e ignoran lo evidente: si mañana, cada español tuviera 100.000 euros en el banco y un trabajo, comenzarían las desigualdades. Unos decidirían darse la vuelta al mundo, otros comprarse una casa, otros dejar el trabajo y montar un chiringuito en la playa; el de más allá, comprase un coche; y unos cuantos decidirían que con 100.000 no se soluciona la vida de nadie, lo meterían en el banco, ahorrarían y harían alguna inversión y se irían a trabajar. Y esas inversiones a unos les irían bien y a otros les irían no tan bien. Y es que está en nuestra naturaleza hacer lo que queramos con lo nuestro. Y sin duda, volvería otra generación de comunistas a manifestar que no se hizo bien en su momento, y que aquí están ellos.

Afirmar que el capitalismo mata es una estupidez, una excusa ideológica para acabar con él. Nunca, en la historia de la Humanidad, ha habido tantos avances técnicos ni tecnológicos, tanta prosperidad, una esperanza de vida tan alta, una mortandad tan baja. Nunca hemos vivido en un mundo mejor. Nunca se ha gozado de tanta libertad en tantos países. Nunca ha habido menos guerras. Nunca ha habido tanta solidaridad de ciudadanos hacia los más desfavorecidos. Nunca ha habido tanta conciencia para cuidar el entorno. Hace 200 años, el mundo entero estaba apelotonado en una esperanza de edad de 40 años. La revolución industrial disparó el crecimiento europeo. Y África despegará de la misma manera que lo hizo Asia.

Suscribo las palabras de Julian Simon, profesor de Economía de la Universidad de Maryland:

Este es mi pronóstico a largo plazo: Las condiciones materiales de la vida seguirán siendo mejores para la mayoría de las personas, en la mayoría de los países, la mayor parte del tiempo, indefinidamente. Dentro de uno o dos siglos, todos los países y la mayor parte de la humanidad estarán al mismo nivel o por encima de los actuales estándares de vida occidentales. No obstante, también creo que mucha gente seguirá pensando y afirmando que las condiciones de vida van cada vez peor.

Niño judío, niño catalán


El ex-alcalde de La Coruña, Francisco Vázquez, se ha despachado a gusto en la TVG al afirmar que (video, minuto 23:10) no aprecia ninguna diferencia

entre un judío con estrella amarilla perseguido por los nazis, y un niño castigado, por hablar en castellano, en el patio del recreo.

Se debería reconducir el debate antes de empezar a defender las pedradas de los nuestros solo porque son nuestros adoquines. La tribuna en El País de la secretaria de Educación, Montserrat Gomendio, me parece muy centrada. Es un buen punto de partida. Tan disparatada es la bravata de Vázquez, como la de Tardá al calificar de terrorismo social la reforma.

El político catalán se califica a sí mismo tanto con sus dificultades de expresión como por el lenguaje que utiliza. Y Vázquez se equivoca gravemente por un motivo muy sencillo: utiliza la excepción para alcanzar una generalización indecente con el comodín del judío. Para muchos, el castigo sonará a otra época, algo así como si reprimieran a un niño por hablar en catalán en los patios franquistas. Aunque sea excepcional, ha ocurrido, como denunció Albert Ribera en la tribuna política de la edición catalana del ABC hace casi dos años:

Unos padres han denunciado que en un colegio público de Sitges, a la hora de evaluar a un alumno de 5 años, se le ha suspendido en el apartado de lenguaje verbal —para que lo entiendan los chicos de P-5 se hace simbólicamente con un pegatina roja en forma de semáforo— por hablar en castellano en la hora del recreo.

Pero que se haya hecho no quiere decir que sea la norma. Que haya denuncia indica, precisamente, que se ha vulnerado una ley. Y esa ley es la radical diferencia.

Humillación en el colegio de niños judíos. En la pizarra dice: “¡El judío es nuestro mayor enemigo! ¡Cuidado con el judío!”

Porque lo que sí fue ley en la Alemania de los años 30 fue la prohibición a los judíos a ser empleados del Gobierno. Luego, se les prohibió formar parte de las fuerzas armadas y, posteriormente, ejercer cualquier profesión liberal, desde maestros, hasta médicos. Las Leyes de Nuremberg los despojaron de sus derechos civiles y su nacionalidad. Se prohibió a los médicos “arios” atender a pacientes judíos, lo que les vetó el derecho a la atención sanitaria. Los niños judíos en las escuelas tenían que escuchar cómo sus compañeros cantaban en clase de música, con profesores pertenecientes al Partido Nazi, canciones que decían “cuando corra la sangre judía por mis manos”. Finalmente, también se prohibió a los niños ir a los colegios. A los pocos que aguantaron, claro.