El día que el papa me robó dos chicas


papa-francisco-i-1-640x640x80Francisco ha llegado como llegan todos los argentinos: robando las chicas. Esto es así. Una verdad global, científica e inmutable a pesar del paso del tiempo. Si el argentino esquía, porque esquía; si hace surf, porque hace surf; si dice ‘che’, porque dice ‘che’; si baila tango, porque baila tango; y si es papa, porque es papa. Siempre ganan. Los saben en Buenos Aires y en Roma, y como lo saben en Roma, lo han nombrado papa. Repito: esto es así. Para colmo, ese apellido que deja en desuso, Bergoglio, que delata su ascendencia italiana. Qué sangre tan peligrosa debe de correr por sus venas. No me extraña que hasta los cardenales hayan querido hacerle papa. Con tal de besar su mano, lo que haga falta. ¿Y esa verbigracia, eh?

Sabéis que el deber de un cónclave es dar un obispo a Roma y parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo al fin del mundo, pero ya estamos aquí.

«Boludos», seguro que pensó en añadir al final de su frase. En plan guasa. Se contendría. Pero vayamos al enorme disgusto que me ha causado el nombramiento de este nuevo papa.

Ayer por la noche había quedado yo, por fin, después de mucha piedra picada, con dos mujeres. Dos. No una, que está como muy visto; ni tres, que me han contado que es inabarcable. Dos. Y no dos cualquiera, pues de ‘cualquieras’ están llenos los bares. Dos bellezas al cubo, de las que deberían tener un seguro a todo riesgo para pisar las aceras. Iba a ir yo, pintón, con esas dos cinceladas perfecciones a cada lado, presumiendo por la noche de Madrid, abriéndonos paso entre la muchedumbre. Vamos, me río yo de Moisés y el Mar Rojo. Ya fantaseaba con la estampa de nuestros pasos quebrando cuellos por la gélida Gran Vía, dislocando mandíbulas y ejecutando envidias. Vamos, que una mirada hacia atrás después de caminar 200 metros, la firmaría Picasso.

Había dedicado yo veintisiete segundos a elegir mi mejor camisa. Había dado lustre, esplendor y hasta prestigio a esos zapatos que sólo me he puesto en el bautizo de ese hijo que no tengo y que, si algún día llega, espero que no me dé el susto de aparecer con la mili hecha. La ropa interior, impecable, con el elástico bien prieto. Los calcetines, seminuevos, entre 5.000 y 10.000 kms. máximo, sin tomates vergonzantes. Me metí en la ducha y me froté bien los sobacos. Incluso me lavé el pelo. ¡Me peiné! Arranqué las garras de los pies, y recorte esos salientes de los dedos de las manos que siempre he usado para tocar el flamenco que nunca aprendí. Retoqué esos pelillos de la nariz que, de pequeño, siempre me parecieron enormes percebes en la prominencia de José Luis, un viejo amigo de mi padre. Tuve, incluso, el detalle minimalista de los bastoncillos para las orejas. Quedé yo tan aseado, que si me colocan en una estantería del Carrefour, paso por toallitas higiénicas.

¿Y qué falló? Pues que ‘Habemus papam’. Fumata blanca. Que hay Franciscus. Vamos, que hay noticia de última hora y mis amigas son periodistas. ¿Y qué? Os preguntaréis. Pues que además de periodistas, tienen trabajo. ¿Y qué? Insistiréis. ¡Pues que resulta que trabajan en lo suyo! ¿Se puede tener tanta mala suerte en tan poco tiempo? ¿Alguien puede hacerme el favor de calcular la probabilidad que hay de que un papa renuncie a su cargo por primera vez en 598 años y el sucesor sea elegido en la misma tarde que quedo con dos mujeres que son periodistas, tienen trabajo y encima de lo suyo? ¡Si es que sólo podía ser argentino!

La espiral del silencio de Ponferrada


psoe_iap_ ponferradaLas elecciones en Ponferrada de 2011 introdujeron en el consistorio un nuevo partido, el IAP, liderado por Ismael Álvarez. Casi 6.000 ponferradinos decidieron depositar en él su confianza, algo más de un 16% del censo electoral. Como ya se sabe, Álvarez fue condenado en 2002 por acoso sexual a Nevenka Fernández. En noviembre de 2003, el Tribunal Supremo rebajó la multa de 5.780 euros a 2.160 porque consideró que, al no haber relación jerárquica entre un alcalde y un concejal, no se podía establecer el agravante descrito en el Artículo 184.1 del Código Penal. Mantuvo la indemnización de 12.000 euros.

Resultados electorales de las elecciones en Ponferrada 2011. Imagen sacada de lainformacion.com
Resultados electorales de las elecciones en Ponferrada 2011 y anteriores. Imagen sacada de lainformacion.com.

La semana pasada, los partidos PSOE e IAP realizaron una maniobra política legal, la moción de censura, para sacar del poder al PP, que había ganado las elecciones con 12 escaños. En ella, condicionaban el acuerdo a que Ismael Álvarez dejara la política, término que él acepto. En las cabezas de la formación socialista, y todo apunta que incluida la de Rubalcaba, la jugada y el discurso se imaginaban loables: se sacaría de la paralización y el desgobierno en el que estaba inmerso el ayuntamiento -según palabras del propio Rubalcaba- y, de paso, se forzaba la salida de la política de una persona con antecedentes por acoso. Como es sabido, la representación estética les ha estallado en las manos. Desde Ferraz presionaron para que Samuel Folgueral, líder del PSOE en Ponferrada, dejara el cargo. Pero éste y todos los concejales socialistas con él, han dejado el partido para quedarse con el poder y se defienden acusando: todos en el partido estaban al tanto de la moción y, cuando han visto las consecuencias, han reculado. Elena Valenciano, según parece, siempre se mostró en contra de dicha moción. Es, como mínimo hipócrita, que el PSOE haya orquestado esta opereta mientras mantiene en el cargo de secretario general del PSE, José Eguiguren, que fue condenado hace 20 años por pegar a su mujer. Serían otros tiempos.

En cualquier caso, el acuerdo me pareció desde el primer momento llamativamente grave y, para preparar este post, consulté anoche a Marta González-Llera, jurista, sobre el asunto. Nadie, que yo sepa, se ha atrevido a decir en voz alta que Ismael Álvarez tiene derecho a la participación política. Nadie, hasta esta mañana Arcadi Espada, en su artículo Acosadores. Todos, principalmente los periodistas, envueltos en la espiral del silencio de Elisabeth Noelle-Neumann, quien estudió la opinión pública como

una forma de control social en la que los individuos adaptan su comportamiento a las actitudes predominantes sobre lo que es aceptable y lo que no.

Los políticos moldean su discurso según dicha opinión, y cuando ésta prima por encima de todo, y los políticos no lo evitan, lo puede hacer incluso por encima de la ley. Así, lo que ha hecho el PSOE ha sido, sin querer, lanzar un misil sobre la linea de flotación de nuestro sistema de reinserción social, amparado por la Constitución en su Artículo 25.2. Es cierto que Álvarez ha podido presentarse a las elecciones y que, en teoría, ese derecho no se le ha conculcado. Pero desde el momento en el que su desaparición de la vida pública es un condicionante para llegar a un acuerdo, se demuestra que ese derecho no puede ejercerlo con la total libertad con la que lo haría cualquier otro ciudadano a pesar de tener el mismo derecho a hacerlo. Tocqueville lo vio muy claro en su libro La democracia en América:

Por inicua o irrazonable que sea la medida que os afecte, tendréis que someteros a ella [o huir. <Qué es eso sino la esencia misma de la tiranía bajo las formas de la libertad>].

Álvarez podría haber optado por no aceptar el acuerdo, desde luego. Pero si, por ejemplo, no se aceptan iniciativas legislativas que su grupo proponga por su delito anterior para presionarle y sacarlo de la política, se está vulnerando el espíritu de la reinserción que nuestra socialdemocracia, y nuestro sistema legal, promueven y defienden. Una reinserción que, en según qué casos, parece ser de estética menos dañina. Y eso no vale. Desde el punto de vista de lo público, no vale que para unos, como Álvarez, sea una condena de por vida y, para otros, sea el camino a la paz. Porque eso es exactamente lo que estamos viviendo 400 kilómetros al este de Ponferrada. En el País Vasco, el PSE -y el PSOE a nivel nacional- ven con buenos ojos la entrada del entorno de ETA en las instituciones. Con sus condenas cumplidas. El ejemplo perfecto del reinsertado vasco es, paradójicamente, el asesino haciendo política.

Puede llegar el día en el que un terrorista con quince asesinatos en su mochila, y sin haber mostrado el más mínimo de los arrepentimientos, recoja su acta de concejal. ¿Y entonces? ¿Será un triunfo de la sociedad? ¿Será la victoria definitiva contra el terrorismo? ¿Será una victoria política de la democracia que delincuentes que han cumplido su condena puedan gobernar?

No. Será de nuevo, ya lo es en términos distintos al de Ponferrada, la espiral del silencio.

Lamentable equidistancia periodística


El Artículo de 233 de la Constitución de Venezuela dice exactamente lo siguiente:

Art. 233 Constitución de Venezuela

Nos interesa el segundo párrafo:

Cuando se produzca la falta absoluta del Presidente electo o Presidente electa antes de tomar posesión, se procederá a una nueva elección universal, directa y secreta dentro de los treinta días consecutivos siguientes. Mientras se elige y toma posesión el nuevo Presidente o la nueva Presidenta, se encargará de la Presidencia de la República el Presidente o Presidenta de la Asamblea Nacional.

La «falta absoluta» quiere decir que aquél que ha sido elegido para un mandato presidencial concreto, no puede ejercerlo o se ve obligado a dejar de ejercerlo. El caso de Chávez es la única falta absoluta de la que no se vuelve. Ha quedado claro, por tanto, que los bolivarianos han optado por aplicar el tercer párrafo y no el segundo, es decir, se han saltado la Constitución que ellos mismos redactaron a su imagen y semejanza.

Pues bien, José Ángel Abad, en su reportaje desde Venzuela para Antena 3 Noticias, ha afirmado que Henrique Capriles «ha tildado de inconstitucional» el hecho de que Maduro haya sido nombrado Presidente de Venezuela para estos próximos treinta días antes de celebrarse las nuevas elecciones. Ya desde Madrid, el presentador ha dado a entender, como Abad, que lo de Capriles es una versión. Es la asquerosa y automática equidistancia del periodismo. Lo de Capriles, como se ha expuesto anteriormente, no es una versión, sino la lectura directa y clara de la ley. Y el periodismo envía el mensaje erróneo al telespectador, como si la ley pudiera ser una interpretación de los hechos. El periodismo, en estos casos, sólo puede hacer una cosa: denunciar la ilegalidad.

Para tener perspectiva de todo lo anterior, pondré un ejemplo claro y simple. Supongamos que mato a una persona y Antena 3 entrevista a mi vecino. Éste, que es tonto, dice que a lo mejor eso de matar no es ilegal. Y van los periodistas, y afirman que, según mi vecino, a lo mejor lo que he hecho no es un delito. ¡Siguiente noticia!

Hugo Mártir


campaa_en_caracas_fb__3318Hugo Chávez no ha muerto. Ha sido asesinado. En esto ha consistido el burdo montaje del gobierno para convertir el cáncer de Chávez en veneno imperialista: los revolucionarios mueren asesinados por el capitalismo, nunca se los lleva por delante una enfermedad. Eso es de burgueses.

Chávez se sirvió de la democracia en 1999 para llegar al poder después de intentarlo en 1992 con un golpe de Estado. La Constitución Venezolana no le habría permitido seguir en el cargo más de 10 años, así que la cambió para perpetuarse. Para lograrlo, se sirvió de un mensaje de odio y del culto a la personalidad que rodea a todo populista: el poder es del pueblo y él canaliza sus voluntades. Y lo hace de tal forma que el personaje se percibe imprescindible. Así, el poder se funde con el líder y el pueblo se confunde con él hasta el punto de gritar «Yo soy Chávez» en una noche como la de ayer en las calles de Caracas. Una simbiosis perfecta con un mensaje perverso, ya que que para él, el pueblo eran aquellos que le votaban, aquellos que le seguían. El resto, son capitalistas de un sistema que hay que derrocar y, por tanto, son elementos a los que se puede eliminar. Esta delegación ciudadana de responsabilidades es lo que ha convertido a Venezuela en el país que es hoy: una tiranía que despeña al país hacia una guerra civil.

Ojalá estuviera exagerando. En una democracia, la violencia es monopolio del Estado. Chávez revocó ese monopolio y entregó fusiles al pueblo. «El pueblo en armas», como él lo llamaba. Distintos grupos violentos que ya existían abrazaron la revolución bolivariana y el expresidente les entregó las armas. Controlan barrios enteros donde la policía no se atreve ni a entrar. Todos, sin excepción, dan por hecho que, si gana la oposición algún día, irán a por ellos. Y están dispuestos a defenderse con esas armas que ya tienen. Y a actuar antes de que eso ocurra. De esos grupos paramilitares, algunos muy radicales, han llegado incluso críticas al propio chavismo, que tiene también sus propias tensiones internas. Los venezolanos que se han ido de su país lo han hecho por la inseguridad ciudadana. Caracas es una ciudad donde la gente va de casa al trabajo y del trabajo a casa y, como mucho, a casa de unos amigos. Una ciudad donde pararse en un semáforo es jugarse la vida, y salir a determinadas horas, un auténtico suicidio. Barrios fortificados con alambres de espino y seguridad privada armada.

La abolición de la democracia

Sin embargo, el verdadero problema de Venezuela es de mucho mayor calado político. En 2004, Chávez agregó 12 cargos a los 20 del Tribunal Supremo, todos adeptos al régimen. A partir de entonces, el Ejecutivo actuó a sus anchas. Tribunales inferiores comenzaron a recibir presiones para no emitir pronunciamientos que disgustasen al gobierno, según Humans Right Watch (HRW). De hecho, una juez, María Lourdes Afiuni, fue arrestada en 2009 y pasó un año en prisión preventiva por conceder libertad condicional a un crítico del gobierno que llevaba tres años en prisión sin haber sido juzgado. Hoy, la juez está bajo arresto domiciliario. Chávez, públicamente, había exigido para ella una condena de 30 años.

Suspendió canales y medios de comunicación críticos. En el artículo 27.4 de la Ley de Responsabilidad Social en Radio, Televisión y Medios Electrónicos, se prohíbe la difusión de mensajes que:

Fomenten zozobra en la ciudadanía o alteren el orden público.

Aquella ley se ha convertido en una auténtica mordaza, como se la llamó en su momento. Aumentaron de uno a seis los canales favorables al Movimiento, donde la propaganda televisiva en torno a Chávez es absolutamente totalitaria. El culto a la personalidad y a las ideas de la revolución es nauseabunda. No se necesitan más de un par de minutos delante de ella para darse cuenta de la gravedad social que se ha construido en los últimos 15 años. Se cepilló el canal más antiguo del país, RCTV, por sus críticas a su gobierno. Así, tan sólo quedó Globovisión como medio importante. También fue a por ellos.

Nicolás Maduro, el sucesor de Chávez para las próximas elecciones que se celebrarán en un mes, dijo en 2008 que

cualquier extranjero que venga a opinar en contra de nuestra patria será expulsado de manera inmediata.

Lo dijo a propósito de la reciente expulsión de un equipo de HRW que había realizado un informe denunciando la situación de los Derechos Humanos allí.

Chávez creó un movimiento que perdurará más allá de su muerte. Un movimiento que no tiene otro objetivo que el culto a la personalidad para perpetuarse en el poder a través de la concentración de poderes manteniendo como reo al pueblo. Nunca dejarán el poder si pierden unas elecciones. Ese pueblo, ya adoctrinado, tomará las calles para que no se lo roben. Chávez ya de por sí era un icono, y ahora ha llegado el momento de mitificarlo. Y siempre es más fácil cuando se es un mártir. De ahí que se difundiera el mensaje de su asesinato por el imperialismo para, más tarde, anunciar su muerte.

Por todo lo anterior, es tan lamentable leer, por ejemplo, a Ignacio Escolar:

Como si el formalismo del voto fuera lo que define a un país como democrático. Ya dijo Tocqueville que el totalitarismo más peligroso es aquel que se disfraza de democracia. Chávez, el tirano, lo hizo a la perfección.

A vueltas con el mal (I)


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La mayoría de las personas tienen una o varias aficiones como, por ejemplo, ir al cine, hacer deporte, aprender artes marciales o construir maquetas. Yo también tengo o he tenido unas cuantas aficiones, y algunas de ellas tienen que ver con la lectura. Son algo así como temas recurrentes que, de alguna manera, van moldeando mis gustos pero que también, aunque de forma muy poco sistemática, me sirven de guía a la hora de comprar un libro o desenterrarlo por fin de alguna estantería de mi biblioteca. Últimamente me dedico entre otras cosas a indagar acerca del mal.

Al mal, como a todas las demás cosas, puede uno aproximarse intelectualmente de muchas maneras. Existe, por ejemplo, una perspectiva filosófica del mal, incluida en lo que unas veces se llama ‘moral’ y otras ‘ética’. De esta perspectiva deriva otra, no menos importante, que es la ideológica. Todas las ideologías tienen como intención principal transformar y perfeccionar de una u otra manera el mundo mediante la acción política y, para ello, necesitan establecer desde un primer momento qué o quienes son los que les dificultan esta tarea; es decir, dónde está el mal y quienes son los malos (a los que ocasionalmente hay que suprimir, a veces de forma simbólica y otras al pie de la letra). Existe también, por supuesto, la perspectiva teológica, de alguna manera ligada a la filosófica (al menos en lo que concierne a tradición occidental). Pero también la perspectiva estética, que no está exenta de un pensamiento profundo, como se ve en la literatura de Sade o de Lautremont, o también en las pinturas negras y los grabados de Goya.
A mí la que me está atrayendo sobre todo es la perspectiva alegórica (y religiosa) que se le ofrece a uno cuando decide fisgonear la etimología de algunas palabras que se relacionan con el mal, fundamentalmente en la Biblia. Desde luego, no soy un experto en la materia, de hecho ni siquiera me considero un aficionado, aunque quizás sí un entusiasta ocasional. Toda la información que busco está al alcance de cualquiera; en esto, como en otras muchas cosas, Internet es una herramienta maravillosa.

Comenzaré con la palabra ‘mal’, que viene del latín ‘malum’ y cuyo significado es el mismo que el nuestro, lo malo. Éste viene a su vez del griego ‘melas’ (μέλας) que significa negro, oscuro, y del que, por ejemplo, derivan otras palabras como ‘melanina’, y es posible que también ‘melena’, aunque esto último sea mucho más discutible (según el diccionario de la RAE, viene del árabe mulay yinah,’ amortiguadora’).
Así pues, lo que nos ha llegado como la palabra ‘mal’ es lo oscuro, lo tenebroso y lúgubre. Para los griegos, sin embargo, el mal era llamado ‘to kakon’ (τό κακόν) y parece ser que tenía que ver con la imperfección y la fealdad. Si bien no parece haber derivado en ninguna palabra española que tenga que ver directamente con el mal, su esencia sí que ha perdurado, y la fealdad o la imperfección han sido muchas veces tomadas tanto en la literatura como en la tradición popular como sinónimo de maldad. De forma análoga, un alma fea o imperfecta es también un alma malvada.
En Grecia, al malvado se le llamaba ‘ kakós’ (κακός), y este fue el nombre que la mitología asignó al hijo de Hefesto, el cual destacó por su crueldad así como por la afición que tenía de robarle el ganado a sus paisanos. Kakós fue llamado Cacus en latín, y en español Caco, que desde entonces se relacionó con ‘ladrón’.
Otra palabra que tiene que ver con ‘kakon’ es cacofonía (κακοφωνία) la cual significa disonante, es decir, sonido imperfecto, un mal sonido. De esto mismo, de componer cacofonías, acusó Stalin a Sostakovich tras escuchar Lady Macbeth de Mensk… Parece ser que no le gustó demasiado la obra.

En la foto: ‘Hércules y Caco’, de Hendrick Goltzius.

Nasciturus, nascituri (y IV): Religión y convicción


Civil Rights Marchers with "I Am A Man" Signs

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En las anteriores entradas he intentado aclarar que no existe ningún criterio científico ni jurídico para definir al ser humano. Es más, no hace falta darle muchas vueltas al asunto para darse cuenta de que en realidad no existe ningún criterio, sea el que sea, para poder hacerlo. Podemos decir que la condición humana es un valor que Dios le concede al hombre o que el hombre se concede a sí mismo, estableciendo así su propio criterio moral. Que cada uno elija a su gusto pues, para lo que nos interesa en este caso, se trata del mismo valor: aquel sin el cual los derechos humanos dejan de tener sentido. Así pues, no tenemos más remedio que apañarnos e intentar estar a la altura de las circunstancias, decidiendo por nuestra cuenta lo que es humano y lo que no, pero sobre todo procurando acertar, pues en ello nos va nada menos que nuestra humanidad.

Sobre este asunto Arcadi Espada asegura que cuando la ciencia no llega a ninguna conclusión todo se reduce a una cuestión de creencias. Desde luego, desde cierto punto de vista, todo es una cuestión de creencias, pero siempre y cuando estemos dispuestos a aceptar que eso de tomar la ciencia como la medida de todas las cosas es también otra creencia. Sin embargo, aún decidiendo aceptar esto -que vale tanto o tan poco como decir que ‘todo argumento es una opinión’-, lo que no se puede hacer es suponer que todas las creencias son iguales. En el caso de Arcadi Espada, por ejemplo, parece ser que la creencia en la ciencia destaca sobre todas las demás. Pero lo mismo podríamos decir de cualquier otra postura, siempre y cuando se tengan razones para defenderla.

Eso de que las creencias, por el simple hecho de serlo, tengan que ser irracionales es la más irracional de todas las creencias. Pues, de hecho, ellas fundamentan nuestros razonamientos, los cuales deben partir siempre de alguna premisa indemostrable. Por otro lado, no se puede decir que creer en Dios sea lo mismo que creer en los derechos humanos pues, entre otras cosas, la gente no suele arrodillarse a rezarle a los derechos humanos, por mucho que algunos estén dispuestos a defenderlos incluso con su vida. Es decir, que una cosa es la religión y otra las convicciones, religiosas o no. Pero ni siquiera la religión es un asunto irracional, pues un mandamiento como ‘no matarás’ o ‘no robarás’ no es ni irracional ni arbitrario, mientras que otro como matarás al judío o despreciarás al pijo de Serrano (por poner un ejemplo menos trágico) sí que lo es, además de inmoral, y sólo puede ser el origen de pensamientos absurdos.

Así pues, no todas las convicciones son iguales. Por eso, cuando a Arcadi Espada le parecen (¿o denuncia?) equivalentes la ‘creencias’ de Rouco Varela y Bibiana Aído -porque en el fondo, según parece, no son más que eso, creencias-, está haciendo un juicio muy poco acertado. Pues, si bien es cierto que ambos parten de posiciones diferentes, de lo que aquí se trata en realidad es de la necesidad de tomar una decisión respecto a qué significa eso de ser humano. Y esta decisión debe argumentarse a partir de una convicción que sí se supone común a ambas partes: la de que es mejor tener derechos humanos a no tenerlos, incluido el derecho a la vida. Efectivamente, los derechos humanos no son más que otra convicción fundamental, otra ‘creencia’ de la que, que yo sepa, la ciencia no ha podido dar un sólo argumento a favor o en contra. Ni falta que hace.

Si Rouco dijera que el estado no debe tolerar el aborto porque la religión lo prohibe y Bibiana asegurara que sí debe tolerarlo porque la ciencia lo permite, estaríamos efectivamente ante dos creencias dogmáticas. Sin embargo, tanto el uno como la otra deben ser conscientes de que ni están hablando sólo para los católicos ni tampoco para los ‘creyentes de la ciencia’, así que no les queda más remedio que argumentar su postura. Y, según cómo sean sus argumentos, así serán de creíbles sus convicciones.

En cuanto a mí respecta, he llegado a la convicción de que eso de considerar que un feto de catorce semanas no sea humano, además de ser un juicio totalmente arbitrario, en vez de ayudar daña. Y, por extensión, estoy convencido de que utilizar semejante premisa para justificar la ley del aborto significa, en definitiva, escudarse en argumentos ideológicos que sólo podrán compartir aquellos que ‘crean’ con fe ciega en la liberación sexual de la mujer o en el progreso por encima de todas las cosas.

Primero porque, si se hace por prudencia (dado que la ciencia no ha dado ‘todavía’ con una respuesta definitiva), ¿qué mayor prudencia que la de aceptar la condición humana desde el mismo momento de la concepción? Así seguro que siempre se acierta y se hace un bien mayor.

Segundo porque, al decidir que un ser no puede ser humano hasta que se haya desarrollado ‘lo suficiente’, el mismo concepto de humanidad deja de ser un hecho absoluto, abriéndose la posibilidad de poder medir el grado de humanidad en las personas. ¿Cuál es entonces el criterio de humanidad? ¿La viabilidad del feto? Si es así, todo aquel que dependa de una medicina para seguir viviendo pierde cierta humanidad. ¿Será entonces un criterio efectivo el que el feto haya desarrollado por fin su cerebro o un sistema nervioso en un momento determinado de la gestación? Concedamos esto y todo aquél que tenga alguna lesión cerebral o sea parapléjico se volverá menos humano. Y así podríamos seguir con un largo etcétera de ‘razones’ que, por lo general, nos llevarían a la siguiente conclusión: si la humanidad sólo se adquiere por el simple hecho de desarrollarse, forzosamente la tendremos que perder al envejecer y deteriorarnos.

Todo esto es absurdo. O la humanidad es un concepto absoluto o deja de tener sentido. Pero si es absoluto, lo lógico es que también lo sea en el tiempo, a lo largo de toda la biografía del hombre, es decir, desde el momento mismo de su concepción. Al llamarnos humanos no estamos haciendo cualquier cosa, pues nombrar significa dotar a lo nombrado de un valor determinado. Así, al hacerlo nos estamos concediendo el valor más grande de todos pero, si no lo hacemos de manera adecuada, también nos lo estaremos negando. Por lo tanto, si no admitimos que un feto sea humano en sus primeras semanas de gestación, no sólo deshumanizamos al feto sino que también nos deshumanizamos a nosotros mismos. Tal es el peligro de relativizar la humanidad.

Sufijos de la edad


Llevo varios meses pensando en por qué eso de las crisis de los cuarenta. Me toca muy de cerca, y he llegado a la conclusión de que es culpa de los sufijos. Cuando uno es menor de edad, por no tener, no tiene ni derecho a sufijo. Es un asunto coherente, pues tampoco tiene obligaciones. A uno lo llaman, como mucho y no siempre, adolescente. A algunos, esta fase vital les dura más allá de la treintena, pero no lo voy a tratar aquí, más que nada, ante el justificable pánico de descubrir, en la conclusión, que pueda seguir anclado en el acné.

La vida de verdad, esa con la que se supone que debemos hacer algo, útil si es posible, comienza cuando se es veinteañero. El sufijo -ero viene del latín -arius y significa ‘pertenencia a’. Esa pertenencia que buscamos ya en esa ridícula edad que es la adolescencia y que cristalizamos, más mal que bien, en esta época dorada de la inmortalidad. Es la edad en la que decidimos estudiar algo a lo que no nos vamos a dedicar. La edad en la que uno se siente importante, cree que sabe mucho, que se va a comer el mundo, ¡qué coño, que puede cambiarlo!

Luego nos convertimos en treintañeros. El nombre impone como la ola de Lo imposible, pero es en realidad un paso absurdo y menor. No es más que la continuidad del ridículo que hemos hecho en la década anterior. Ese ridículo cristaliza en el altar. Es la edad de los matrimonios en cascada. Llegan los hijos como camadas. Hacia el final de la década, te encuentras padre de tres, tu pelo en declive, con un trabajo de mierda, pero con una mujer que te quiere. Porque los matrimonios de los treintañeros, se quieren.

La ruptura psicológica llega a los cuarenta. Por algo lo llaman crisis. El motivo es el sufijo. El puto sufijo. No pasas a cuarentañero, eso no existe, joder. Ahora eres cuarentón. Ese -on aumentativo y peyorativo. Ese sufijo que suena a despojo. El mismo cuarentón que siempre has odiado a tus 22 porque pensabas que nunca te llegaría la hora. ¿Pues sabes qué? Te jodes, porque está aquí, y ha venido para quedarse. Comienza la cuesta abajo, y de esto no te salva ni Chuck Norris. Y en el intento de evasión, en ese intento por seguir perteneciendo a algo que no sea tu mujer, comienza el desastre.

Sin darte cuenta, comenzaste a traicionarte a los 35 y ya no eres ni la sombra de tus peores días. Te has convertido en un achaque de ti mismo. Hace tiempo que dejaste de escuchar Nirvana para cargar el CD del coche con canciones de El Rey León. No has dejado de ir al cine, pero has cambiado a Spielberg por Disney, el jamón por los potitos, los goles por Bob Esponja. Tu deportivo por un monovolumen. Tus barbacoas por parques de bolas. Tus cañas por biberones. Sigues de padre de tres y, si eres muy desgraciado, incluso de cuatro. Tu pelo, como un nazi en Stalingrado. Con un trabajo no tan mierda pero con una mujer que ya no te quiere. Es la década de los divorcios, porque eso es lo que hacen los cuarentones: acodarse en el último bar que encuentran abierto. Intentar robar años a la vida a la desesperada, como un balón colgado al área. Y se encuentran en las barras, de nuevo, renegando del hombre del espejo. Vuelven a la noche para ‘pertenecer’, pero su rostro delata el sufijo, y acaban marginados en esos bares de carcas con motos en la puerta. El cuarentón es la crisis con su moto como símbolo de su imaginaria libertad. El daño que ha hecho Easy Driver en el cerebro masculino es del todo irreparable.

Uno, que cumple 40 en un día como hoy, se ha inmunizado contra el divorcio más por torpeza que por habilidad. Pero sigo escribiendo la vida entre cuatro paredes. Y por no tener, no tengo ni crisis. Me quedo con lo poco que me queda, que no es más que lo mucho que he tenido. Así que me voy de copas. Apúntate. Es mi cumpleaños y voy a celebrarlo. Pero no te traigas tus penas, que soy un cuarentón y suficiente tengo con lo mío.

Debate sobre el estado de la emoción


Santillana«¿Once goles a mí? Ni de broma». El oráculo que pronunció esas palabras en 1983 se llama Bonello y era el portero de la selección de Malta. Y acertó, porque fueron doce. «Nunca lo pensé», murmuró cabizbajo antes de coger el avión de vuelta.

España necesitaba ganar por once goles de diferencia para clasificarse para la Eurocopa del año siguiente después de que Holanda, pocos días antes y líder del grupo, hubiera colocado una manita en el fondo de las mallas maltesas. Poco recuerdo del ambiente entre los amigos del colegio. Pero sí recuerdo que pensaba que era algo posible, pues Malta era un equipo de amateurs. El portero, sin ir más lejos, trabajaba en una empresa textil. Aún así, Alfredo Relaño, en su artículo de El País del mismo día del partido, cerraba con cierta desesperanza su semblanza sobre el guardameta: «Demasiado bueno para encajar 11 goles». Algunos jugadores holandeses se reunieron para ver el partido en lo que presumían que sería una gran fiesta para ellos. Ignorantes ellos, no sabían que la Historia se repite, y ahí estaban, los tercios españoles, para librar una penúltima batalla. La última, la de 2010, ha servido para confirmar, por si a alguien le cabía alguna duda, que Holanda es al fútbol lo que Poulidor al Tour de Francia.

marca_portada_malta_ESEl partido comenzó mal. Señor falló un penalti antes de que Santillana hiciera su hat-trick -que entonces se llamaba marcar tres goles- en la primera parte. Pero por el camino, se coló impredecible un balón que rebotó en Maceda y nada pudo hacer el debutante Buyo para detenerlo. Fue la única vez que vi a Paco en todo el partido. Se llegó al descanso con un raquítico 3-1 que, en realidad, era como un 2-0, como si hubiéramos marcado un gol cada 22 minutos. A partir de ese momento, había que anotar uno cada cinco.

Miguel Muñoz, conservador en la primera parte con tres defensas y cuatro delanteros, ordenó a Maceda, central de toda la vida, que se sumara como quinto arriba. Rincón comenzó fulgurante la segunda parte e hizo el cuarto. La selección tardó diez minutos más en doblegar física y psicológicamente a los malteses, con el quinto, en el minuto 57. La mano cayó como un bofetón. Y comenzó el recital. Faltaba media hora y había que marcar siete goles. Fueron cayendo uno tras otro, con cada llegada, con cada córner, con cada balón al área. Mi histeria aumentaba y, con cada tanto, corría por el salón, saltaba y me dejaba caer de rodillas, junto a mi hermano, abrazados, como si lo hubiéramos marcado alguno de nosotros. Los goles se sucedían con tal rapidez que a veces, antes de volver a la televisión, ya habían marcado el siguiente. Las celebraciones alcanzaron rango de liturgia. En el minuto 80, Manu Sarabia hizo el 11-1. La furia española, que es como se llamaba a la selección antes de ser roja, era ya imparable.

Cuatro minutos más tarde, un mal despeje al borde del área deja un balón muerto a los pies de Señor que, según le llega, patea y coloca en la esquina inferior derecha del desriñonado Bonello el pasaporte a París. Y el grito de júbilo, quebrado, de José Ángel de la Casa, que está en los anales de la historia de las narraciones deportivas, tan solo igualado por el posterior «Iniesta de mi vida» de Camacho quien, por cierto, fue el capitán de aquella memorable noche de diciembre.

Hubo tiempo para un gol más, del correcaminos Gordillo, pero el árbitro lo anuló por un fuera de juego inexistente. Al final del partido, la exaltación de la histeria, las lágrimas sobre el campo. La desolación holandesa. No digamos el pobre Bonello, culo en césped. Después de haber gritado doce veces gol como un niño maldito y poseído, yo ya no sabía qué más sacar de mi boca, así que me asomé a la terraza, y después de exclamar hacia dentro varias veces con los dientes apretados, solté todo mi aire con un «¡Viva España!» o algo parecido, que era muy franquista, pero yo no lo sabía. De haber sido más mayor y socialista, habría gritado «¡Viva este país!», que era lo que se estilaba en aquella época atroz, porque solamente atroz puede ser una época en la que las hombreras estaban de moda.

La calle era una jauría de cláxones. Débiles, claro, del tipo Seat 127 o Simca 1000. A ver quién me metía a mí en la cama con ese subidón de adrenalina. Mi madre, que por algo es madre, se dio cuenta de que lo que yo necesitaba era una tila. Suficiente tenían mis padres con aguantarme de día como para tener que aguantarme también esa noche.

Me la bebí poco a poco. Quemaba. Las madres siempre lo sirven todo muy caliente, es una verdad universal y lo sabe todo el que ha tenido madre alguna vez. Pero es que era recordar el glorioso zapatazo de Señor, y se me pasaban los efectos. Entonces mi padre tuvo una idea genial para que conciliara el sueño. Hacía poco que había comprado un VHS, de esos grandotes, de los de me pones aquí y ni me muevas, de los de peso un quintal. Sacó la cinta en la que habíamos grabado el partido -porque sí, yo tenía fe en la gloría de aquella noche- y que durante muchos años tuvimos guardada pensando que llegaría el día en el que esa cinta valdría algo. Y así habría sido si algún imbécil no hubiera inventado Internet. Como decía, sacó la cinta. Dos meses antes, había probado por primera vez el LP del vídeo, que doblaba la duración de la cinta a costa de la calidad. «Total, para lo que hay que ver», dijo ya por entonces. «Ven hijo, ven», prosiguió entre cariñoso y perverso, «siéntate en el sofá». Obedecí confuso. No lo vi venir. Si tan solo hubiera tenido a Gollum como referencia. Dio al play.

Y comenzó el Debate sobre el Estado de la Nación.

Tres reivindicaciones para tres Goyas


Untitled-2Candela Peña ha sido valiente en otras ocasiones, pero ayer fue especialmente patosa y frívola. Patosa porque, en un intento de denunciar la privatización de la sanidad pública, la justificó al denunciar la muerte de su padre en un hospital público donde no había ni mantas ni agua. Hoy, el director de dicho hospital, ha revelado que es mentira. Dicho esto, si la sanidad pública no tiene ni para mantas, flaco favor ha hecho la actriz, pues lo primero que se me ocurre a mí no es privatizar la gestión, sino el sistema. Es intolerable que un enfermo carezca de lo más básico. Que cada uno se quede con la versión que más le convenga.

Nos contó también que ha tenido un niño y que le preocupa no saber qué tipo de educación pública le espera. No hace falta señalar con el dedo quiénes son los máximos responsables de tamaño desastre. Además, aprovechó para pedir trabajo. Supongo que también utilizará Infojobs. Esos dramas personales suyos los mezcló con los de la gente que «se está matando porque no tiene casa». No voy a entrar en el matiz de las palabras. A continuación llegó la frivolidad: «así que este premio no me lo va a amargar nadie», añadió. Es como estar en un entierro, un entierro innecesario que ella misma diseñó, y exclamar: «¡el muerto al hoyo y el vivo al bollo! ¿Una copita?».

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pic.aspxMaribel Verdú es como una señorona de pieles del Barrio de Salamanca. Pero les diferencia la estética de su discurso. ¿Se imagina alguien a esa señorona pudiente y de apellidos compuestos, de Chanel y abrigo de pieles, en una manifestación convocada por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca? Esa es la imagen de la actriz que, engalanada de Dior, se permitió dedicar su Goya a todos los que lo pasan mal por culpa de un «sistema corrupto que permite robar a pobres y dárselo a los ricos». Maribel Hood de oferta. Ese sistema que le permite a ella vestir tan espléndida. El mismo que hace que ella sea imagen de las rebajas de una de las empresas más potentes de España. Su éxito profesional le ha llevado, paradójicamente, a protagonizar el vídeo corporativo de otra empresa (también privada, oiga) para vender hipotecas.

Que alguien de izquierdas gane mucho dinero es tan legítimo como que lo haga uno de derechas. Y que se lo gaste como quiera y donde quiera. Pero rechina la legitimidad que se otorgan los que se consideran cultura cuando, en el debate político, reflejan su más profunda indocumentación. Lo que Verdú no debería olvidar nunca, más que nada para no volver al pasado es que, de Dior, sólo se viste en Nueva York.

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Como suele suceder, los héroes son anónimos. Fue uno de los premiados a la mejor película iberoamericana, la cubana Juan de los muertos. Con un parecido notable a Prince, y la forjada histeria de una colegiala ante Justin Bieber, acertó a denunciar lo siguiente:

¡en Cuba no hay de nada, pero hacemos de todo!

Willy, repite conmigo: «en Cuba no hay de nada».

Nasciturus, nascituri (III): La trampa del nasciturus


The Pushkin State Museum of Fine Arts, Moscow Winter Landscape With A Bird Trap 1620sDetails  Pieter Brueghel the Younger (detail1)

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Ya señalé en el primer artículo de esta serie lo curioso que resulta que en una ley del aborto se defina al feto como ‘nasciturus’, pues el significado de esta palabra, ‘el que nacerá’, contradice su intención, que es la de que algunas personas nazcan y otras no. Para ser exactos, ‘nasciturus’ aparece tan sólo una vez en el texto de esta ley y ni siquiera de manera directa, sino en una cita que se hace de una sentencia del Tribunal Constitucional:

En el desarrollo de la gestación, «tiene –como ha afirmado la STC 53/1985– una especial trascendencia el momento a partir del cual el nasciturus es ya susceptible de vida independiente de la madre».

Me gustaría ahondar un poco en este asunto:

La sentencia constitucional STC 53/1985 a la que se hace alusión daba el visto bueno a la despenalización del aborto en tres casos particulares: grave peligro de vida o salud física y psíquica de la embarazada, violación y, finalmente, graves taras físicas o psíquicas del feto. En todo momento se procuraba dejar bien claro que el estado debía proteger la vida del feto y que sólo en esos casos se abstendría de actuar. En este sentido la sentencia utilizaba el término ‘nasciturus’ con toda propiedad e intencionadamente (hasta 71 veces, si mi ordenador no falla), pues dada la excepcionalidad de esta medida, lo más importante seguía siendo que el nasciturus pudiera efectivamente nacer.

Con todo, se caía de nuevo en la tentación de intentar definir la vida humana aunque sin poder llegar a nada en concreto, como es natural. Pues, si no existe un criterio científico para definir el concepto de humanidad, mucho menos otro legal, así que cualquier definición legal de ‘vida humana’ que no sea en sí misma una declaración de principios -es decir, de creencias fundamentales- se quedará tan sólo en la mera descripción de obviedades. En este caso lo que se decía era que la vida es «un concepto indeterminado», y la vida humana en particular un «devenir, un proceso que comienza con la gestación, en el curso de la cual una realidad biológica va tomando corpórea y sensitivamente configuración humana». Se indicaba además que en ese proceso adquieren especial importancia dos momentos: el nacimiento y el momento en el que el feto es viable, (aunque sin explicar por qué). Finalmente, se admitía que la gestación genera un «tertium existencialmente distinto de la madre».

El sentido general se entiende enseguida: el feto tiene vida humana desde el principio de su gestación y, de acuerdo con el resto de la sentencia, ésta debe ser protegida. Pero el caso es que, cuando uno intenta leer con más atención qué tiene de especial esta vida, las cosas se vuelven confusas. Así, la condición humana del feto, su individualidad e incluso su propia vida no quedan claramente definidos al utilizar términos tan poco precisos como ‘indeterminado’, ‘devenir’, ‘proceso’, ‘realidad biológica’, ‘configuración humana’ y ‘tertium’ (en lugar de sujeto o persona) que, lejos de establecer las cosas de una vez por todas lo que hacen es lanzarlas de nuevo al aire para que cada cual las recoja a su manera. Esto, y no otra cosa, es lo que ha hecho la ley del aborto de 2010 acabando de una vez por todas con esa ambigüedad: en ella la vida del nasciturus sólo resulta relevante a partir del momento en que es viable. Y con esta intención se cita fuera de contexto la frase que acabamos de ver, porque es la que más interesa, traicionando así el verdadero sentido de toda la sentencia.

No se puede obviar, sin embargo, que esos tres casos contemplados por la sentencia significaban ya un pequeño agujero, una trampa por la que se podían colar otras muchas ‘excepciones’. Pues, si no se entiende que la vida del feto es un derecho fundamental, vida humana plena y absoluta, sino que tan sólo se la ve como el comienzo de un ‘proceso de configuración humana’ ¿cómo se puede entonces ponderar su importancia frente a los derechos fundamentales de quienes ya han nacido? Más aún, ¿qué es eso de la configuración humana? ¿El hecho de que le salen piernas y brazos al nasciturus, o de que por fin tenga un cerebro? ¿Y cuándo empieza un cerebro a ser humano? ¿Acaso no tienen los animales cerebro? Como vimos en la anterior entrada, lo mismo podría decirse de la vida de un niño de ocho años, la de un adulto de cuarenta o la de cualquier otra persona, dado que en todos ellos la vida se puede entender también como un ‘proceso de configuracíon humana’.

Lo cierto es que, en términos humanos, la única diferencia que existe entre un feto y una persona que ha nacido es el hecho de que a una se le conceden derechos mientras que al otro no. Tan sólo, y no en todos los casos, se lo protege a las catorce semanas de gestación. De esta manera el feto es en sí mismo todo él una enorme excepción para las leyes, y lo mismo se puede decir de su vida. Mientras se está gestando, el nasciturus es una especie de entidad extraña, un extranjero al que se puede aceptar en nuestra sociedad moderna o, finalmente, deportar al limbo.

Hecha la ley, hecha la trampa… La trampa del nasciturus.

Continuación