Sufijos de la edad


Llevo varios meses pensando en por qué eso de las crisis de los cuarenta. Me toca muy de cerca, y he llegado a la conclusión de que es culpa de los sufijos. Cuando uno es menor de edad, por no tener, no tiene ni derecho a sufijo. Es un asunto coherente, pues tampoco tiene obligaciones. A uno lo llaman, como mucho y no siempre, adolescente. A algunos, esta fase vital les dura más allá de la treintena, pero no lo voy a tratar aquí, más que nada, ante el justificable pánico de descubrir, en la conclusión, que pueda seguir anclado en el acné.

La vida de verdad, esa con la que se supone que debemos hacer algo, útil si es posible, comienza cuando se es veinteañero. El sufijo -ero viene del latín -arius y significa ‘pertenencia a’. Esa pertenencia que buscamos ya en esa ridícula edad que es la adolescencia y que cristalizamos, más mal que bien, en esta época dorada de la inmortalidad. Es la edad en la que decidimos estudiar algo a lo que no nos vamos a dedicar. La edad en la que uno se siente importante, cree que sabe mucho, que se va a comer el mundo, ¡qué coño, que puede cambiarlo!

Luego nos convertimos en treintañeros. El nombre impone como la ola de Lo imposible, pero es en realidad un paso absurdo y menor. No es más que la continuidad del ridículo que hemos hecho en la década anterior. Ese ridículo cristaliza en el altar. Es la edad de los matrimonios en cascada. Llegan los hijos como camadas. Hacia el final de la década, te encuentras padre de tres, tu pelo en declive, con un trabajo de mierda, pero con una mujer que te quiere. Porque los matrimonios de los treintañeros, se quieren.

La ruptura psicológica llega a los cuarenta. Por algo lo llaman crisis. El motivo es el sufijo. El puto sufijo. No pasas a cuarentañero, eso no existe, joder. Ahora eres cuarentón. Ese -on aumentativo y peyorativo. Ese sufijo que suena a despojo. El mismo cuarentón que siempre has odiado a tus 22 porque pensabas que nunca te llegaría la hora. ¿Pues sabes qué? Te jodes, porque está aquí, y ha venido para quedarse. Comienza la cuesta abajo, y de esto no te salva ni Chuck Norris. Y en el intento de evasión, en ese intento por seguir perteneciendo a algo que no sea tu mujer, comienza el desastre.

Sin darte cuenta, comenzaste a traicionarte a los 35 y ya no eres ni la sombra de tus peores días. Te has convertido en un achaque de ti mismo. Hace tiempo que dejaste de escuchar Nirvana para cargar el CD del coche con canciones de El Rey León. No has dejado de ir al cine, pero has cambiado a Spielberg por Disney, el jamón por los potitos, los goles por Bob Esponja. Tu deportivo por un monovolumen. Tus barbacoas por parques de bolas. Tus cañas por biberones. Sigues de padre de tres y, si eres muy desgraciado, incluso de cuatro. Tu pelo, como un nazi en Stalingrado. Con un trabajo no tan mierda pero con una mujer que ya no te quiere. Es la década de los divorcios, porque eso es lo que hacen los cuarentones: acodarse en el último bar que encuentran abierto. Intentar robar años a la vida a la desesperada, como un balón colgado al área. Y se encuentran en las barras, de nuevo, renegando del hombre del espejo. Vuelven a la noche para ‘pertenecer’, pero su rostro delata el sufijo, y acaban marginados en esos bares de carcas con motos en la puerta. El cuarentón es la crisis con su moto como símbolo de su imaginaria libertad. El daño que ha hecho Easy Driver en el cerebro masculino es del todo irreparable.

Uno, que cumple 40 en un día como hoy, se ha inmunizado contra el divorcio más por torpeza que por habilidad. Pero sigo escribiendo la vida entre cuatro paredes. Y por no tener, no tengo ni crisis. Me quedo con lo poco que me queda, que no es más que lo mucho que he tenido. Así que me voy de copas. Apúntate. Es mi cumpleaños y voy a celebrarlo. Pero no te traigas tus penas, que soy un cuarentón y suficiente tengo con lo mío.

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