Aquí ellos también Pueden


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Después de la experiencia de la II Guerra Mundial, después de las profecías orwelianas y de tantos otros relatos distópicos, el hombre moderno parece estar dispuesto a demostrarse a sí mismo, una vez más, que es capaz de tropezarse con la misma piedra, esta vez presente con el nombre de populismo. Vemos cómo en buena parte de Europa el populismo, bien de extrema izquierda, bien de extrema derecha, gana cada vez más terreno, alimentándose de las crisis económicas y de los no pocos errores de nuestros políticos. Ni siquiera Estados Unidos parece librarse de esta fiebre.
En España la creciente ideologización de la población, la politización de la vida en casi todas sus dimensiones y especialmente la radicalización del pensamiento de izquierdas desde mediados de los años noventa han abierto las puertas del populismo por ese mismo flanco.

Cuando ETA mató a Miguel Ángel Blanco todavía quedaba cierta fibra moral en el pueblo español; después de treinta años de asesinatos el ciudadano común aún tenía muy claro, a excepción de unos cuantos radicales, quiénes eran los terroristas y quiénes los demócratas. Tras los atentados del 11M parece como si nuestra constitución moral se hubiera debilitado hasta los huesos y, mientras tendemos a relativizarlo todo dependiendo de que exista una excusa ideológica o no para ello, lo único que parece poder indignarnos ‘en masa’ es que nos roben el dinero, y ni siquiera en todos los casos. Esto, en tiempos de crisis económica, es campo abonado para el populismo de izquierdas, que promete la igualdad de derechos mediante la igualdad de capitales, confundiendo con toda intención la riqueza con la libertad, y escondiendo muy a sabiendas, e incluso proponiendo en muchos casos abiertamente, que para conseguir esa igualdad lo que hay que hacer es precisamente estar por encima de derechos fundamentales como el de la propiedad o la libertad de expresión, indispensables en cualquier democracia (entre otras cosas porque las democracias se hicieron para poder respetarlos). Se entiende que estos atropellos, como los que se están ya viendo de forma incipiente en Barcelona, no son más que ‘discriminaciones positivas’, algo así como si se dijera ‘daños colaterales en la revolución institucional a favor del pueblo’, es decir, de ese Estado que viene para sustituirnos a todos nosotros, a los individuos.

Ya lo dijo Robespierre, no podemos hacer una tortilla sin romper los huevos… En Venezuela, en Bolivia e incluso en cierta manera en Argentina y Brasil, se han roto unos cuantos huevos y ni rastro de la tortilla. Ellos eran los buenos, el pueblo, y pudieron por lo tanto utilizar todas las armas que consideraron necesarias, cabalgar contradicciones, llegar al poder, reformar la constitución mediante referéndum, estatalizar los medios de comunicación, acabar con la división de poderes y, por fin, quedarse. No hace falta ser Casandra para hacer estas predicciones también en España, tras haber empezado a importar los tics ideológicos que allí imperan y a mostrar los mismos síntomas de su enfermedad. La manera que tiene de actuar el populismo es de libro, aunque éste se forre con las tapas del catálogo de IKEA y su mensaje se aderece con besos, abrazos y buenas intenciones; y aquí es tan aplicable como en cualquier otro lugar.

Esa sensación de seguridad que prevalece en nuestro pueblo, de pretender que en España la llegada al poder de un líder radical no puede minar nuestras instituciones, esconde en realidad un sentimiento de superioridad cultural y política frente a los países hispanoamericanos muy poco racional (vease el caso de Chile, de su florecimiento democrático y económico durante estos años, y de su poca corrupción institucional), y mucho menos edificante. Si algo nos ha enseñado nuestra historia, es que nadie está a salvo del totalitarismo. También los ciudadanos de Venezuela creyeron, cuando apareció Chávez, que ellos jamás llegarían a ser Cuba. Tan sólo vieron en él el rostro de una nueva política (quizás radical pero en su opinión necesaria, dadas las circunstancias del país). Un líder, en cualquier caso, cercano y defensor del pueblo, simpático, amable, crítico implacable de los corruptos en los programas de televisión.
No nos engañemos, aquí puede ocurrir exactamente lo mismo porque, de hecho, ya está ocurriendo. Aquí ellos también Pueden.

Sus titiriteros


Captura de pantalla 2016-02-10 a las 21.04.56.pngDice Savater que si el títere ahorcado hubiera sido un okupa en vez de un juez, Podemos y alrededores no se llenarían estos días de libertad de expresión. Tiene parte de razón. Colau no habría defendido a los titiriteros desde el principio, e Iglesias no habría llevado la contraria a Bescansa, uno desde los Goya, otra desde La Sexta. El Ayuntamiento de Madrid, después de presentar una denuncia contra los actores, no habría sentenciado que “la ficción no es delito”.

La verdad es que lo que les ha pillado por sorpresa no es la falta de gusto o de calidad de la representación, sino que la programaran para niños, por mucho que una hora antes del inicio de la función, desde el Facebook de los carnavales, se avisara de que era para adultos. No es la primera vez que el consistorio manda un aviso 2.0 y luego intenta lavarse las manos.

Ampliemos a otros delitos susceptibles de ser representados: violencia de género, abusos sexuales, palizas a inmigrantes. Los abogados de los titiriteros han utilizado Crimen y Castigo y ‘Rambo’ como defensa: son creaciones artísticas con escenas violentas. Monedero se ha quejado en vídeo: los mismos que trinan contra los actores, no lo hacen contra una representación de Luces de bohemia. Esta lógica absurda es la misma que, dada la vuelta, llevaría a señalar ‘La lista de Schindler’ como apología del Holocausto porque aparecen nazis.

Y es que han abierto un debate donde no lo hay: el problema de la obra no es de libertad de expresión. Y no lo es porque no pocas obras de ficción contienen una serie de valores, más o menos moralizantes. Dependen de esos valores que destilen. No es lo mismo una obra donde se observa la crudeza de la violencia doméstica y transmite valores para concienciar y prevenirla, que una obra donde se justifique la obediencia a golpes de la mujer. Los mismos que defienden a los titiriteros, bramarían contra una obra que hiciera apología del franquismo. Y tendrían razón. A Juan Diego Botto no se le ocurriría decir que “la ficción es un territorio de reflexión supuesto y sublimado en el que lo que acontece no es ‘la realidad’ sino una representación imaginada de la misma, por más realista que sea la pieza”.

Los titiriteros han justificado la pancarta de la obra, y ésta no tiene pinta de haber cometido más delito que el del mal gusto. Pero que no se equivoquen Iglesias y compañía, la libertad de expresión, incluida la creativa, tiene límites. La utilizan como coartada porque su arma favorita es blandir los derechos fundamentales frente al Estado represor. Por eso y para obviar un fondo mucho más simple: defienden a estos titiriteros no porque el ahorcado sea un juez, la apuñalada una monja y la víctima una anarquista, sino porque los autores son de los suyos.

El vitalismo


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La estética del arte contemporáneo es un estética de enterradores. No hace más que dejar cadáveres a sus espaldas. El arte moderno ha dado grandes obras como en cualquier otra época, pero a día de hoy, la falta cada vez mayor de verdaderas personalidades provoca un vacío que se rellena con teorías, con retórica banal y pretenciosa, con mera palabrería; la cosa era inevitable, se venía intuyendo desde hacía décadas: no existe un ambiente más falso y apolillado, más superficial y tontorrón que el de la creación artística contemporánea, con el añadido de que viene aderezado con la solemnidad del entierro. Al estallido juvenil y revolucionario de las vanguardias se han impuesto sus inevitables consecuencias, los cadáveres que va dejando detrás de sí, o que al menos pretende dejar. En cuanto a la pintura, primero fue el entierro de la tercera dimensión, luego la realidad como referente, finalmente la representación misma, el tema; hasta que, inevitablemente, durante los años setenta se anunció su defunción por anemia. Ojalá hubiera muerto realmente, así hubiéramos podido pintar con total libertad, en vez de seguir viéndola pulular moribunda, de aquí para allá, excusándose con sutilezas estéticas, intentando respirar de una manera lo suficientemente moderna. Más les hubiera valido a los críticos decir con cierta pompa y circunstancia “¡La pintura ha muerto, viva la pintura!” Pues, de la misma manera que el padre muere, sus hijos, los que lo suceden, siempre serán de la misma estirpe.
Haced el favor de abrir una revista de arte cualquiera. Todo el mundo parece ir vestido de luto. Mirad los cadáveres diseccionados de Damien Hirst: son la perfecta imagen del arte de nuestro tiempo, un arte delicadamente forense. ¿Dónde está aquel paraíso que se nos había prometido, aquella libertad creadora? El siglo XX comenzó preñado de un aliento vital, el XXI es un cementerio artístico. Paseaos por las mejores ferias de todo el mundo; veréis infinitas obras hechas de otras tantas maneras, pero prácticamente todas ellas huelen a lo mismo, todas ellas no son más que proyectos, ideas: todas están muertas. El artista contemporáneo pasa innumerables horas ‘informándose’ de los derroteros que tomará el arte, de cuál es el debate artístico del momento para poder formar parte del sepelio. Hoy la mejor manera de halagar una obra de arte es calificándola de ‘interesante’. Me imagino que si a Miguel Ángel le hubieran dicho que los frescos de la Capilla Sixtina eran ‘interesantes’ los hubiera vuelto a encalar de blanco.
La pintura, el dibujo, deben ser un arte vital y verdadero. Un arte fecundo, que surja de manera natural a partir de la vida, por pura necesidad, y no bajo los dictados de las revistas. Necesitamos igualmente algún tipo de estética que aparezca con la misma espontaneidad que se le aparece la vocación al artista. Una estética que sepa dar al menos dos o tres ideas importantes, en vez de presentarse como el producto de innumerables clichés. ¿Cuál es la vocación artística de nuestro tiempo? Seguramente, muchos de los verdaderos artistas del momento son absolutamente desconocidos. Sean cuales sean los rumbos que decida tomar el arte, deberán imponerse por sí mismos como ocurre con cualquier otra circunstancia vital. Cuando las esquelas de las revistas anuncien por fin que el arte ha muerto, para entonces habrá ya resucitado.

Nimiedades


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Tira cómica de Quino.

Nimio,mia: (Del lat. nimĭus, excesivo, abundante, sentido que se mantiene en español; pero fue también mal interpretada la palabra, y recibió acepciones de significado contrario).
1. adj. Dicho generalmente de algo no material: Insignificante, sin importancia.
2. adj. Dicho generalmente de algo no material: Excesivo, exagerado.

Hace dos años me encontré en una carretera con la siguiente pintada, producto de la educación intelectual que todos sufrimos:

Pienso, luego estorbo

La cosa me resultó muy graciosa, más que nada porque me pareció que era verdad. Un grito tan angustiado se le había debido de ocurrir seguramente a una persona, y esta persona quizás había intentado apartarse del rebaño (concedamos que así fue). Sin embargo, eso de que uno anuncie a los cuatro vientos que es el único ser humano capaz de pensar por sí mismo, eso y no otra cosa es precisamente el mayor de todos los clichés de nuestra época. Lo cual le da un giro muy entretenido al asunto pues, como en el cuento del lobo, ya ni siquiera podemos saber si el muchacho realmente estaba pensando de verdad, y tan sólo nos queda claro que estorbaba.

Hoy en día resulta que eso de pensar se ha convertido en una especie de aporía, y decir ‘yo pienso’ se parece cada vez más a un vulgar ‘yo nunca miento’. No debería resultar extraño, pues (aunque sí un pelín sospechoso), que ya casi todo nos resulte impensable, entre otras cosas porque no cabe pensar nada interesante que no deba ser tremendamente original, como siempre. Si toda época tiene sus espejismos, sus ídolos, ésta en la que vivimos no se queda corta, y el primero de todos es el de la originalidad, la cual comenzó por ser algo muy interesante y entretenido, desde luego, pero ahora no es más que un coñazo insoportable. Menuda tabarra esa de que todos tengamos que ser igual de diferentes. Sin embargo, nada resultaría más original, nada más inaudito que no pretenderlo. Esto sí que sería algo impensable, casi tan increíble como no quererse ir de vacaciones en verano. Hasta el funcionario más vulgar aspira a llegar a ser un revolucionario cualquiera, y con tener esa aspiración piensa que queda redimido, cuando en realidad lo que hace es rematar la faena.

Sí, el asunto de la originalidad se ha convertido en un coñazo insoportable. Eso y no otra cosa es lo que muy astutamente ha querido anunciar al resto del mundo la artista Deborah de Robertis mostrándonos lo original que es el suyo mientras recitaba un poema bajo los aplausos de un público que, un pelín desorientado, se olvidó de escandalizarse como es debido (recordemos que a estas alturas del juego, el verdadero happening ya no es lo que hace el artista, que al fin y al cabo padece de serlo, sino el público). Fuentes fidedignas nos aseguran sin embargo que un señor mojigato, y sin duda un poquito machista, se dio la vuelta con cara de asco mientras murmuraba: ‘¡será posible, otra vez Baudelaire!’, pero se retractó al momento cuando le aseguraron que el poema también era original. La obra ha quedado registrada en este video, en el que la artista ha decidido acompañar el evento con el hermosísimo ‘Ave María’ de Schubert.

Yo por ahora me limitaré a señalar este otro interesante artículo que no hace mucho escribió el pintor Íñigo Navarro y a sugerir que no nos quedemos con la simple anécdota por lo demás completamente ‘naive’ que supone la panorámica de un sexo al descubierto, sino que tengamos el valor de atisbar el verdadero significado de la obra, el cual, por emplear una metáfora feliz, podemos decir que ya surge, que está naciendo de las mismas entrañas de su autora (la criatura al nacer se despereza, abre sus fauces y es entonces el pasmo y el escándalo del mundo cuando pronuncia las siguientes palabras):

Pienso, luego estorbo (aplausos entusiastas).

Quintero entrevista a Escohotado


Jesús Quintero: Sabemos, señor Escohotado, que la historia es pendular. ¿Quiere eso decir que puede volver el comunismo?

Antonio Escohotado: El comunismo está desde que empezó una sociedad próspera. Antes de que hubiera sociedades prósperas no podía existir el comunismo, por eso surgió en la época de Augusto, el único momento próspero del mundo romano, porque hasta entonces la República había sido una historia muy extraña de saqueos. Con Augusto se pudieron hacer los últimos grandes saqueos, el saqueo de Egipto, que era donde de verdad estaba la pasta. El Fort Knox de la antigüedad era el tesoro egipcio de Cleopatra. Al mismo tiempo Augusto era un hombre correcto. Aquella sociedad cambió y comenzó a haber hombres de negocios, no sólo guerreros y clérigos. Entonces surge el comunismo. Siempre que haya sociedades prósperas, habrá comunismo. Es consustancial. En el alma humana hay un deseo de libertad y también lo hay de seguridad. Cada vez que se progresa en libertad, viene el deseo de seguridad y dice “¡qué peligro, qué peligro! ¡Vamos a hacer un control de esta libertad!” y entonces viene un brote comunista. Ya puede ser la revolución francesa, las guerras campesinas del Renacimiento, la predicación del evangelio, o lo que pasa en Pionyang o en La Habana.

[…]

AE: El comunismo, por volver a la pregunta original, a mi juicio, es consustancial a la sociedad moderna y muy particularmente a la sociedad próspera. Sólo cuando se produce un aumento de prosperidad vuelve el ideal comunista a plantear sus exigencias. Parece paradójico y a mí mismo me ha sorprendido. Yo no lo sabía, he tardado diez o doce años de estudio sobre las fuentes para darme cuenta de esta aparente incongruencia. Siempre me habían contado que estallaría el comunismo cuando la gente estaba pasándolo muy mal. No es cierto.

JQ: Cataluña independencia, Euskadi independencia, Amaiur…

AE: Odio y más odio, complejo de inferioridad consentido, odio y más odio. Es una forma de encontrar una causa para los que no han estudiado ni pensado nunca, para empezar, en el concepto de causa […].

JQ: ¿Ha encontrado alguna verdad fundamental?

AE: Sí, la tolerancia y la ciencia. La curiosidad, el asombro. Tengo que llamar la atención hacia la verdadera dictadura que ahora padecemos, en nombre de una academia de la lengua, que pretende ser la propietaria de un asunto que no tiene propietario, y que hasta 1994 definía curiosidad como interés por saber lo que las cosas son, y que desde entonces lo define como interés por saber indiscretamente lo que las cosas son. Antes definía asombro como origen del conocimiento filosófico, y desde esa misma edición del 94 lo hace como susto, espanto. Ahí es donde está la mano del mediocre que intenta recortar a los demás la vida y decirle por dónde tiene que ir, negarse a que la realidad es proceso e insistir en que la realidad es definición y dogma. Y entonces coge ‘curiosidad’ y dice: “curiosidad es mirar donde no debes”. ¡Pero subnormal! Si la ciencia no es curiosidad y asombro, la ciencia no es nada, no será más que repetir un catecismo. Eso es lo que pretende una academia que se arroga la propiedad de aquello que sí que es obra del pueblo, sí que es obra impersonal, cotidiana. ¿Qué pueblo, que no sea una cultura funeraria, tiene academia de la lengua? Ninguno. Sólo las culturas funerarias tienen academias de la lengua. Las lenguas vivas no necesitan esos adefesios.

Anábasis


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Cuenta Jenofonte, el primer madridista de cuya remontada se tienen noticias, la historia de ésta en su Anábasis. Hoy su análogo sería la libretilla azul donde Mourinho apunta sus inescrutables jeroglíficos, sus líneas y geometrías misteriosas, disposiciones tácticas y la lista de la compra que le encargó su mujer. En la Anábasis se relata la excursión de unos cuantos hoplitas griegos al interior del imperio Persa en busca del botín que el príncipe Ciro les había prometido a cambio de que con sus espadas y lanzas le aupasen al trono de su hermano Artajerjes. Los griegos, aparte de ser los fundadores de la civilización occidental y de construir maravillas intemporales como la Acrópolis, también eran unas putas que, naturalmente, se vendían al vil metal, como todo hijo de vecino. El picnic de los muchachos de Jenofonte llegó hasta Cunaxa, que es como decir donde Cristo pegó las tres voces y…

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