El día que el papa me robó dos chicas


papa-francisco-i-1-640x640x80Francisco ha llegado como llegan todos los argentinos: robando las chicas. Esto es así. Una verdad global, científica e inmutable a pesar del paso del tiempo. Si el argentino esquía, porque esquía; si hace surf, porque hace surf; si dice ‘che’, porque dice ‘che’; si baila tango, porque baila tango; y si es papa, porque es papa. Siempre ganan. Los saben en Buenos Aires y en Roma, y como lo saben en Roma, lo han nombrado papa. Repito: esto es así. Para colmo, ese apellido que deja en desuso, Bergoglio, que delata su ascendencia italiana. Qué sangre tan peligrosa debe de correr por sus venas. No me extraña que hasta los cardenales hayan querido hacerle papa. Con tal de besar su mano, lo que haga falta. ¿Y esa verbigracia, eh?

Sabéis que el deber de un cónclave es dar un obispo a Roma y parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo al fin del mundo, pero ya estamos aquí.

“Boludos”, seguro que pensó en añadir al final de su frase. En plan guasa. Se contendría. Pero vayamos al enorme disgusto que me ha causado el nombramiento de este nuevo papa.

Ayer por la noche había quedado yo, por fin, después de mucha piedra picada, con dos mujeres. Dos. No una, que está como muy visto; ni tres, que me han contado que es inabarcable. Dos. Y no dos cualquiera, pues de ‘cualquieras’ están llenos los bares. Dos bellezas al cubo, de las que deberían tener un seguro a todo riesgo para pisar las aceras. Iba a ir yo, pintón, con esas dos cinceladas perfecciones a cada lado, presumiendo por la noche de Madrid, abriéndonos paso entre la muchedumbre. Vamos, me río yo de Moisés y el Mar Rojo. Ya fantaseaba con la estampa de nuestros pasos quebrando cuellos por la gélida Gran Vía, dislocando mandíbulas y ejecutando envidias. Vamos, que una mirada hacia atrás después de caminar 200 metros, la firmaría Picasso.

Había dedicado yo veintisiete segundos a elegir mi mejor camisa. Había dado lustre, esplendor y hasta prestigio a esos zapatos que sólo me he puesto en el bautizo de ese hijo que no tengo y que, si algún día llega, espero que no me dé el susto de aparecer con la mili hecha. La ropa interior, impecable, con el elástico bien prieto. Los calcetines, seminuevos, entre 5.000 y 10.000 kms. máximo, sin tomates vergonzantes. Me metí en la ducha y me froté bien los sobacos. Incluso me lavé el pelo. ¡Me peiné! Arranqué las garras de los pies, y recorte esos salientes de los dedos de las manos que siempre he usado para tocar el flamenco que nunca aprendí. Retoqué esos pelillos de la nariz que, de pequeño, siempre me parecieron enormes percebes en la prominencia de José Luis, un viejo amigo de mi padre. Tuve, incluso, el detalle minimalista de los bastoncillos para las orejas. Quedé yo tan aseado, que si me colocan en una estantería del Carrefour, paso por toallitas higiénicas.

¿Y qué falló? Pues que ‘Habemus papam’. Fumata blanca. Que hay Franciscus. Vamos, que hay noticia de última hora y mis amigas son periodistas. ¿Y qué? Os preguntaréis. Pues que además de periodistas, tienen trabajo. ¿Y qué? Insistiréis. ¡Pues que resulta que trabajan en lo suyo! ¿Se puede tener tanta mala suerte en tan poco tiempo? ¿Alguien puede hacerme el favor de calcular la probabilidad que hay de que un papa renuncie a su cargo por primera vez en 598 años y el sucesor sea elegido en la misma tarde que quedo con dos mujeres que son periodistas, tienen trabajo y encima de lo suyo? ¡Si es que sólo podía ser argentino!