Thatcher la punk


Johnny Rotten, vocalista de los Sex Pistols.
Johnny Rotten, vocalista de los Sex Pistols.

Cuando Pink Floyd estaba a dos cafés de cambiar las drogas por los láser, rondaba por la tienda de Malcom McLaren un flacucho John Rotten de pelo verde, con una camiseta de aquel grupo donde había escrito a mano las palabras “I hate”. El Punk nació como un movimiento de descontento social en el que todo valía. El Reino Unido era un país paralizado por las huelgas. Hasta los enterradores tuvieron la suya. Se necesitaba un brusco giro de timón porque nadie era capaz de ver un futuro.

Musicalmente se acababa, de una vez, con el virtuosismo de dos minutos de solo de guitarra, los ocho minutos de canción casi en trance. El punk permitía ir al grano: gritar en poco más de dos minutos lo que a cualquiera le saliera de la gutural, supiese o no cantar, fuera o no capaz de acertar tres acordes seguidos en una guitarra desafinada. El golpe y el empujón eran el recurso estético salvaje, un teatro que el público se tomó demasiado en serio. No había futuro y no creían en un futuro, hasta el rock les había traicionado. El punk presentaba una imagen de ruptura absoluta: ya no había modas, ni en ropa ni peinados y, sin quererlo, crearon su propia estética, algo que cabreó soberanamente a los pioneros pues, de pronto, se vieron engullidos por esa imagen que ellos mismos habían creado… y con la que, por supuesto, no podían estar de acuerdo. El punk había creado esa estética de apocalipsis nuclear tan recurrida en el cine.

Como hoy no hay nada más conservador que las vanguardias, el punk necesitaba ese póster en la pared adolescente donde apuntar sus dardos. Así que cuando llegó al poder una punk como Margaret Thatcher, que en su etapa como secretaria de Estado de Educación y Ciencia en el gobierno conservador de Heath había eliminado el vaso de leche gratuito a los niños de siete a once años -en una medida que le obligó el Tesoro a tomar- y que se ganó, además del odio, el apodo de ‘Margaret Thatcher, milk snatcher’ (la roba leches), encontraron en ella su rostro perfecto sin darse cuenta de que era uno más de ellos.

thatcher-punk-460-300x200Thatcher sabía que el Reino Unido estaba estancado, y compartía el lema punk del “no hay futuro”. Así que salió del antro para ponerse a trabajar. Sus mensajes eran claros y directos, unos ganchos punk que ahorraban calificativos. Dos minutos para decirlo todo eran suficiente para no enredarse en la clásica verborrea política. Provocó una recesión para controlar una inflación que campaba a sus anchas por las gráficas, lo que llevó a un considerable aumento del paro. Frenó los últimos coletazos de la dictadura argentina al responder al ataque sobre las Malvinas, una dictadura que habría durado más sin la intervención británica. La rápida victoria en la guerra y la desintegración de la izquierda entre moderados y radicales -que llegaron a las elecciones de 1983 con un manifiesto que fue calificado como ‘La nota de suicidio más larga de la historia’- le otorgaron una nueva victoria política. Mientras el laborismo se buscaba a sí mismo, en 1984 comenzaron las fuertes movilizaciones sindicales del carbón. Lo sindicatos se habían llevado por delante al gobierno de Heath y al posterior laborista de Callahan, y ella no estaba dispuesta a que algo así volviera a suceder. No porque no le pudiera suceder a ella, sino porque no estaba dispuesta a que su país cayera, de nuevo, en aquel agujero punk de queja y anarquía. Las minas, aquellos años, se llevaban mil millones de libras en subvenciones y era un sector deficitario en casi todas las cuencas. La voluntad de transformar la economía pasaba por cerrar las que daban pérdidas -casi todas- y privatizar las demás, y eso significaba una guerra abierta. Una guerra de desgaste que perdieron poco a poco los sindicatos hasta quedar solos y debilitados y su líder, Arthur Scargill, con su prestigio por los suelos.

Llevó a cabo una oleada de privatizaciones, lo que permitió no subir demasiado los impuestos cuando fue necesario -incluso algunos los bajó- y creó sectores en los que ahora son competencia puntera, como BP, British Airways o British Telecom. La desregularización permitió a Londres convertirse en el centro financiero de Europa. Su alianza con Reagan y Juan Pablo II ayudaron, por fin, a liberar a Europa del Este del totalitarismo comunista. Hay que ser muy valiente para hundir un país en una recesión a corto plazo cuando, ese mismo corto plazo es el que manda sobre los votos. Y hay que tener muy claras las cosas cuando se decide que con terroristas no se negocia aunque mueran diez en la cárcel fruto de una huelga de hambre.

Margaret Thatcher era una admiradora de la escuela austriaca de economía y de Hayek, otro punk de su época. Por eso, Thatcher era capaz lanzar discursos como éstos, tan impropios de políticos:

Uno de los grandes debates de nuestra época es cuánto de su dinero debería gastar el Estado y cuánto debería quedarse usted para gastarlo en su familia. Si el Estado desea gastar más, sólo puede hacerlo pidiéndole más de sus ahorros o aumentando los impuestos. Y no es una buena idea pensar que otro pagará, porque ese otro, es usted.

El legado de Thatcher no está en los detalles. Está en la transformación definitiva de la industria del país y su liberalización de la economía. Sus políticas no hicieron ningún milagro. Se llevaron a cabo con mucho sudor y mucho trabajo. Gracias a ese esfuerzo colectivo, el país resulta hoy competitivo. Su legado no es lo que hizo, sino lo que llegó después, con un laborismo renovado personificado en Blair. Ella bromeaba al respecto, en parte, cuando afirmaba que ese era el mayor de sus logros. Y eso no se lo perdonaron nunca esos punks, aglutinados en los ochenta con el pop y el rock de Morrisey y Elvis Costello, todos con el mismo póster, con sus mismos dardos, y en la misma habitación con su misma pared setentera y adolescente desde donde le deseaban la muerte. Y es que Thatcher fue mucho más punk que ellos.

Tres años sin Rohmer


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Fotograma de El rayo verde (1986), dirigida por Éric Rohmer.

En el documental La direction d’acteur par Jean Renoir, Renoir imparte una clase magistral de interpretación a la actriz Gisèle Braunberger, y acaba siendo una cosa muy diferente de lo que ella esperaba, pues lo que le pide Renoir es, precisamente, que no interprete. “Lea usted como si estuviese recitando la guía de teléfonos”, le dice, y la actriz lo intenta una y otra vez, con mucha profesionalidad pero sin conseguirlo. “No interprete”, insiste Renoir, y ella lo mira desconcertada, porque eso es lo que se supone que tiene que hacer un actor, interpretar su papel. Finalmente, después de varios intentos, Gisèle Braunberger acaba cediendo, quizás por cansancio, sin importarle tener miedo o no saber qué pensar, y deja de creer que lo que le pide Renoir sea poco digno de una actriz profesional como ella, consiguiendo por fin leer el texto de manera anodina, totalmente impersonal, como si lo que tuviera enfrente fuera, efectivamente, una guía de teléfonos.

Entonces surge el milagro. Después de repetirlo varias veces, el texto se impone, comienza a fluir con toda naturalidad y el espectador, repentinamente, deja de ver a una actriz que interpreta su personaje -que incluso puede llegar a interpretarlo magníficamente- para encontrarse con el personaje mismo. Ahí está, al completo, y ha surgido además a través de ella, de la verdadera Gisèle Braunberger y no de la actriz Braunberger, dejando su impronta de manera espontánea. Creo recordar, aunque hace ya más de quince años que lo vi por la televisión, que ella se emocionó. Pero a lo mejor no, a lo mejor fui yo quien me emocioné, vaya usted a saber.

Se necesita mucho valor para apostar por lo que apostó Renoir, mucha fortaleza, tanta como para querer ser feliz. Apostar por lo más seguro es una de las cobardías más grandes que puede hacer cualquier persona, igual en la vida como en el arte. Renoir lo jugó todo al número más alto y apostó por el milagro. Esta misma fe fue la que tuvo Éric Rohmer, y no sólo en los actores sino también en la propia vida. Rohmer rodó de la misma manera que aquella mujer ‘recitó la guía de teléfonos’, es decir, sin imponerse sobre la obra, desapareciendo. Y el milagro se cumplió igualmente en sus películas. Quizás él no fuera consciente de aquello (¿qué más daba que la apuesta se ganara o no, si lo único que importaba era realizarla?), aunque seguramente sí, sí que lo era, pues se trataba de una persona demasiado honesta e inteligente como para acabar engañándose a sí mismo de una manera tan ingenua, creyendo que aquel acontecimiento era obra suya.

De esa misma fe, la fe en la vida, hablan inevitablemente muchas de sus películas, si no todas, y especialmente El rayo verde, Cuento de invierno o La marquesa de O. No llegar a verlas es como no haber escuchado a Mozart. Aunque tampoco pasa nada por ello, desde luego.

Echo de menos a Éric Rohmer, ya no hay casi nadie como él entre nosotros, nadie con una mirada tan limpia, nadie que sepa ver el mundo y las personas con tanta claridad como él lo hizo. No hay Woody Allen que lo sustituya, por muy genial que sea, ni Clint Eastwood que me lo recuerde, por mucha admiración que le tenga (y, creedme, es casi demasiada). Todos ellos son grandes, desde luego, y seguramente se merecen un lugar importante en la historia del cine. Pero a Rohmer… A Rohmer le corresponde un sitio allí donde esté la vida.

Hiperrealismo


R.ESTES. View of Manhattan from Staten Island Ferry. 2008

De un tiempo a esta parte la pintura figurativa parece ir tomando cada vez más claramente una misma dirección, que es la del hiperrealismo. En estos momentos, sin ir más lejos, el Museo Thyssen tiene una importante exposición que muestra la trayectoria de este estilo desde su nacimiento a principios de los setenta hasta nuestros días.

La pintura hiperrealista tiene algunos pintores realmente buenos, como Richard Estes, pero también una ingente masa de virtuosos bastante pesados, dotados con una prodigiosa capacidad técnica para dejarnos pasmados una y otra vez. Sin embargo, el tema de la pintura hiperrealista no es la realidad en sí misma, sino el hecho de poder parecerse a ella absolutamente, y esta es una distinción muy importante porque significa que en el hiperrealismo, sorprendentemente, no se habla de la realidad sino del cuadro, de lo bien hecho que está.

En el arte occidental, al menos desde el Barroco hasta ahora, la realidad (entendida como ‘naturaleza’) no parece haber sido nunca suficiente. Lo ha sido, por supuesto, de una u otra forma para la mayoría de los grandes pintores, pero a la hora de la verdad y salvo raras excepciones, las diversas estéticas que se han ido sucediendo siempre han buscado alguna excusa para poder desacreditarla. El arte, según Juan de Butrón, era un “remedo de las obras de Dios” que “infinitas veces enmienda a la misma naturaleza”; y para Gracián, “suple de ordinario los descuidos de la naturaleza, perfeccionándola en todo, que sin este socorro del artificio quedara inculta y grosera”. Es decir, que la naturaleza es una realidad que debe domesticarse también con la mirada, arreglándola, volviéndola hermosa, idealmente hermosa. Y así fue hasta la llegada del Romanticismo, cuando los pintores se cansaron de vivir en la Arcadia, pero no de idealizar la realidad, y la convirtieron ahora en paisajes brumosos, rincones misteriosos y, en definitiva, la estilizaron; pero también -y mediante un inevitable fenómeno de idealización inversa que culminaría en el siglo XX- la vieron como una cosa terrible y desagradablemente fea, es decir, inhabitable pero al menos ‘interesante’.

Hoy en día, la realidad se ha convertido finalmente en algo fastidioso, cotidiano, anodino… Nos aburre, no interesa en absoluto. Digamos que necesitamos aderezar nuestras vidas constantemente con un buen chute de adrenalina, porque eso de vivir, en sí mismo, no creemos que tenga nada de extraordinario. En ese proceso de trivialización de la realidad las imágenes que nos rodean, fotografías, televisión, Internet, parecen adquirir una importancia tan relevante como las reales, hilándose unas con otras, urdiendo todas ellas la trama de nuestra experiencia. Esto inevitablemente hace que las imágenes terminen confundiéndose con la realidad y la realidad con la imagen, pero sobre todo que ambas adquieran la misma relevancia, es decir, ninguna. Y es que la vida de hoy ya no es sueño, señoras y señores, sino fotografía.

En este sentido se puede decir que la pintura hiperrealista es estrictamente contemporánea, otra vanguardia más (¡otra más!), pues lo que copia son fotografías, y de qué modo. El espectador, consecuentemente, lo que sale a buscar es la última de las piruetas contemporáneas: el trampantojo perfecto, la ‘copia extrema’ que, si bien no despierta la adrenalina, al menos sí resulta espectacular… ¡Dios mío, los cuadros son tan reales que parecen fotografías!

Lo cual, démonos cuenta, equivaldría a decir algo así como que Los girasoles de Van Gogh están vivos porque se parecen a unas cuantas flores de plástico. Claro que Van Gogh sí que sabía lo que era la realidad, vaya que si lo sabía. Por eso le resultó insoportable -todo antes que aburrida- y la pintó directamente, como pudo, a duras penas… Y precisamente porque la conocía de veras la pintó como le dio la gana, pero nunca de plástico. Para eso ya estaban los demás.

Livin’ la vida en catalán


Sandro RosellGamper vino de fuera de Cataluña, era suizo, fundó el club y, cuando vino, se llamaba Hans Gamper. Cualquiera de vosotros, si sois nacidos en Cataluña perfecto, y si no lo sois también, queremos que seáis como Gamper, que llegó, se integró en el país, habló catalán e hizo que fuera la lengua oficial del club. […] Que vosotros lo habléis, lo entendáis y que seáis del Barça en Cataluña en catalán es exactamente lo que se debe hacer. […] Porque será la gran demostración de que sentís el club, de que sois del Barça, estáis en Barcelona, vivís en Cataluña y compartís los valores que todos los catalanes queremos tener, que es vivir juntos con toda la gente que viene del norte y del sur. […] Vengáis de donde vengáis, del norte o del sur, integrémonos todos y hagamos una gran familia, la familia culé y la barcelonista. […] Quiero reiteraros que penséis que nuestra lengua oficial es el catalán y, por lo tanto, es muy importante que compartáis la lengua del club con todos los niños que convivís en este país.

Las anteriores declaraciones no son de un político culé, sino de un seguidor, parece que aficionado a político, del Barça. Concretamente, de su seguidor y presidente Sandro Rosell. Las pronunció ante un grupo de niños durante un acto de la Fundación del Club en el barrio de El Carmelo, con alto porcentaje de inmigración. Lo único decente que un presidente de fútbol puede decir ante un grupo de niños, es algo parecido a esto:

Nos gustaría que jugaseis al fútbol, muy bien al fútbol, que os esforzaseis tanto en los estudios como con el balón. Y que yo pueda presumir, orgulloso, de que un día di una charla inspiradora al nuevo Messi.

Poco más. La diferencia entre la cita original y la que nunca pronunció son evidentes. Por eso las palabras de Rosell son graves. No tanto porque reparta carnets de buen catalán dependiendo del club del que uno sea seguidor, sino porque son palabras políticas dirigidas a niños que todavía hoy no se han enterado de que estaban en un mitin. Pero que han pillado el mensaje de la doctrina social nacionalista. El gran éxito del nacionalismo es haber logrado implicar a toda la sociedad, independientemente de la ideología, en la defensa de un idioma como icono de una cultura en permanente peligro de extinción.

Sin duda es bueno, y muy probablemente necesario, que aprendan catalán. Pero su discurso debería ser un insulto a la inteligencia, por eso no le concedo el determinismo de sus palabras. Su generalización excluye a los que también son catalanes y no piensan como él. Estos últimos, en contra de lo que dice la propaganda nacionalista, no promueven el castellano por encima del catalán, sino que fomentan el bilingüismo, que es el estado natural de la calle.

Su discurso está incluido en el continente integrador habitual, que consiste en aceptar a todos los que llegan. Pero hay condiciones. El problema real es que esos niños del sur no son necesariamente marroquíes, y esos del norte no tienen que ser franceses. Basta con que uno sea manchego y otro aragonés: se les aceptará si hablan catalán. En su propio país, que es España, no Cataluña, al menos mientras escribo esto.

La coartada cultural del nacionalismo está en el idioma, un idioma en peligro -según ellos- por el peso del castellano en la sociedad catalana. Por eso, Rosell y los políticos nacionalistas utilizan eso de “vivir en catalán”. Esto quiere decir que, según parece, un ciudadano catalán tiene el misterioso derecho a que todo lo que le rodee esté en catalán: letreros, publicidad, menús de restaurantes, libros, prensa… Tiene derecho a una arcadia feliz catalana donde el castellano sea solamente accesorio, nunca obligatorio. Por eso, también, tiene derecho a que se le atienda en catalán en las administraciones y en los comercios privados. Y por eso, finalmente, los niños tienen derecho a que se les instruya en catalán. Aunque el Tribunal Supremo -que no sabe de qué va la vida- dicte lo contrario. Así, defendiendo este derecho alucinógeno, no dan opción a los padres para elegir el idioma vehicular de la educación de sus hijos. Por eso, Artur Mas tuvo la desfachatez de afirmar, en una entrevista concedida a El Mundo en 2006, que los que quieran

que monten un colegio privado en castellano para el que lo quiera pagar, igual que se montó uno en japonés en su momento.

Todo lo anterior viene a cuento porque el Barcelona acaba de firmar un acuerdo con la Plataforma per la Llengua para fomentar el uso exclusivo del catalán en el equipo y, para ello, han editado una guía. La guía, muy completa, orienta sobre cómo lograr que los niños se expresen en catalán exclusivamente. En ella, tenemos ejemplos para apiadarse de las criaturas y se insta a no cambiar al castellano aunque el chaval hable su perfecto andaluz y el entrenador, su gracioso acento gallego. Y es que cambiar de lengua

supone discriminarlos, porque les restamos posibilidades de aumentar el conocimiento de una lengua -la catalana- que les será útil y necesaria para desarrollarse en total libertad en nuestra sociedad. Por lo tanto, el objetivo de esta guía es ayudar en cambiar estos hábitos lingüísticos, mudarlos por otros que nos permitirán llevar a cabo una gestión lingüística mucho más responsable y solidaria.

Hay muchos más ejemplos. Por supuesto, aprovechan para incluir a las familias ya que, aunque son actores indirectos,

son una parte fundamental para que se consigan los resultados que nos hemos propuesto, para que nuestras propuestas de transformación no se acaben en nuestro ámbito de trabajo.

El cierre magistral a la guía lo aporta María Purificación Pinto Fernández, miembro de la ejecutiva de la Plataforma per la Llengua, donde asegura, en un párrafo, que

adoptar una lengua es siempre un acto voluntario y enriquecedor

para añadir casi al final que

lo que nos permitirá formar parte del mismo equipo será una identidad común, compartida y expresada en la lengua histórica del país, que es la lengua catalana.

Yo les diría lo que Carles Puyol, sí, ese que es capitán del Barça, manifestó públicamente cuando Joan Laporta intentó incluir en los contratos de los jugadores la obligación de hablar catalán: “un futbolista, lo que tiene que hacer, es jugar al fútbol”.

Tres reivindicaciones para tres Goyas


Untitled-2Candela Peña ha sido valiente en otras ocasiones, pero ayer fue especialmente patosa y frívola. Patosa porque, en un intento de denunciar la privatización de la sanidad pública, la justificó al denunciar la muerte de su padre en un hospital público donde no había ni mantas ni agua. Hoy, el director de dicho hospital, ha revelado que es mentira. Dicho esto, si la sanidad pública no tiene ni para mantas, flaco favor ha hecho la actriz, pues lo primero que se me ocurre a mí no es privatizar la gestión, sino el sistema. Es intolerable que un enfermo carezca de lo más básico. Que cada uno se quede con la versión que más le convenga.

Nos contó también que ha tenido un niño y que le preocupa no saber qué tipo de educación pública le espera. No hace falta señalar con el dedo quiénes son los máximos responsables de tamaño desastre. Además, aprovechó para pedir trabajo. Supongo que también utilizará Infojobs. Esos dramas personales suyos los mezcló con los de la gente que “se está matando porque no tiene casa”. No voy a entrar en el matiz de las palabras. A continuación llegó la frivolidad: “así que este premio no me lo va a amargar nadie”, añadió. Es como estar en un entierro, un entierro innecesario que ella misma diseñó, y exclamar: “¡el muerto al hoyo y el vivo al bollo! ¿Una copita?”.

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pic.aspxMaribel Verdú es como una señorona de pieles del Barrio de Salamanca. Pero les diferencia la estética de su discurso. ¿Se imagina alguien a esa señorona pudiente y de apellidos compuestos, de Chanel y abrigo de pieles, en una manifestación convocada por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca? Esa es la imagen de la actriz que, engalanada de Dior, se permitió dedicar su Goya a todos los que lo pasan mal por culpa de un “sistema corrupto que permite robar a pobres y dárselo a los ricos”. Maribel Hood de oferta. Ese sistema que le permite a ella vestir tan espléndida. El mismo que hace que ella sea imagen de las rebajas de una de las empresas más potentes de España. Su éxito profesional le ha llevado, paradójicamente, a protagonizar el vídeo corporativo de otra empresa (también privada, oiga) para vender hipotecas.

Que alguien de izquierdas gane mucho dinero es tan legítimo como que lo haga uno de derechas. Y que se lo gaste como quiera y donde quiera. Pero rechina la legitimidad que se otorgan los que se consideran cultura cuando, en el debate político, reflejan su más profunda indocumentación. Lo que Verdú no debería olvidar nunca, más que nada para no volver al pasado es que, de Dior, sólo se viste en Nueva York.

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Como suele suceder, los héroes son anónimos. Fue uno de los premiados a la mejor película iberoamericana, la cubana Juan de los muertos. Con un parecido notable a Prince, y la forjada histeria de una colegiala ante Justin Bieber, acertó a denunciar lo siguiente:

¡en Cuba no hay de nada, pero hacemos de todo!

Willy, repite conmigo: “en Cuba no hay de nada”.

Descordados


toro-intelectual

Julio llega de la dehesa, bravo, enfurecido. También equivocado, pero todavía no lo sabe.

Ana entra suave; Miguelito, más decano, no necesita tantear.

Julio desafía y bufa, tardea. Miguelito bambolea. En la embestida, Miguelito barre.

Miguelito cita y Sara, azabache, entra boyante.

Miguelito da la alternativa a Vito.

Entra Prado, maulón. Matizando, como una salsa de la nouvelle cuisine.

Prado se muestra incierto y da con la testa en la arena.

Pedro, el Niño de la Puta Banda, no ha intervenido hasta ahora. Sin muleta, salta al ruedo. Se ajusta la chaquetilla con paso firme. Alza su brazo derecho. Muestra una imagen, de las que valen más que mil palabras.

Descordados.

Ley de Godwin


Mike Godwin enunció la llamada Ley de Godwin, aunque más que una ley, es un principio. Observó en los grupos de Usenet de la época, que

a medida que una discusión online se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis, tiende a uno.

Con ello, quería señalar la necesidad de pensar dos veces la retórica inflamada o las comparaciones exageradas. Era 1990. Entonces, llamar fascista a alguien era un verdadero insulto, la última ofensa, incluso más allá del hijo de puta. Sin embargo, el mal uso de las palabras y su utilización exagerada pervierte su significado hasta tal punto que dejan de tener sentido. Por eso, no es raro ahora que una persona que no tiene sus ideas alineadas con la socialdemocracia imperante se califique a sí misma de fascista mientras se ríe, pues ya sabe que quien le insulta, hoy, lo hace como último recurso argumentativo, lo que dice mucho de la pobreza de los utilizados con anterioridad. El límite ha llegado hasta el punto en el que el principio de Goldwin se cumple desde el inicio.

Actos de Dios


Los americanos son unos ignorantes. Lo sabemos porque lo demuestran las televisiones de medio mundo de vez en cuando emitiendo preguntas absurdas a sus ciudadanos que, por no quedar callados, responden barbaridades. No hablemos ya de los rankings de las mejores universidades del mundo: todos sabemos que las nuestras copan los primeros puestos y las americanas se pegan por entrar entre las 200 primeras. La semana pasada escuché en la televisión a una joven española de unos 20 años responder a voleo, después de mucho dudar, que la Segunda Guerra Mundial comenzó en el año 1600. Habrá que analizar detenidamente sus lazos sanguíneos, pues seguro que algo hay del otro lado.

Hoy ha ocurrido algo llamativo en Onda Cero. Lo ha señalado Tsevan Rabtan en Twitter. En “Julia en la Onda”, programa de Julia Otero, hablaban la presentadora, Núria Torreblanca, Santi Segurola, Julián Casanova y Agustín Alcalá, corresponsal de la casa en Estados Unidos. En un momento determinado, el último comenta que la compañía eléctrica que tiene contratada no se ha hecho cargo del importe de la comida que tenía en la nevera debido al apagón que provocó el huracán Sandy. En una carta recibida por el periodista, la empresa argumenta que el apagón ha sido un “acto de Dios” y que, por tanto, está amparada por la ley. Aquí, el corte.

Jodidos yankis ignorantes.acto de dios

Pensamientos teledirigidos


Salvados FinlandiaDesde hace ya mucho tiempo no veo ni un solo programa de televisión, ni siquiera los telediarios (éstos últimos intento evitarlos como la peste) y me limito a disfrutar de vez en cuando de alguna buena película en DVD. Creo que jamás he tomado una decisión más saludable en mi vida. Ni fumo, ni bebo ni veo la televisión y, de estas tres cosas, la última es sin duda la mejor.

No obstante, y gracias al consejo de un buen amigo mío, el domingo pasado decidí echar una canita al aire viendo el primer programa de la nueva temporada de ‘Salvados’.

Dios mío.

No digo yo que ‘Salvados’ no sea lo que hoy se entiende como un buen programa; como he perdido la práctica de ver la televisión no me siento con la suficiente confianza como para establecer un criterio. El caso es que dio la casualidad de que se ocupaba de la educación pública española y, dado que soy profesor de la Comunidad de Madrid, le tomé cierto interés.

Básicamente, el programa consistía en realizar una investigación mediante varias entrevistas. Primero se entrevistaba a un catedrático de la Universidad de La Coruña y a algunos profesores de un colegio público en Barcelona y luego, tras un rápido viaje a Finlandia, a dos profesoras nativas y a algunos españoles que se encontraban por allí trabajando.

He de decir que, efectivamente, la educación finesa debe de ser extremadamente buena, tal y como asegura el informe PISA, puesto que una de las entrevistadas, una profesora de español joven y guapa, hablaba nuestra lengua impecablemente bien; vamos, de hecho la hablaba mucho mejor que los profesores españoles. Por lo demás, y bajo mi punto de vista, las preguntas estuvieron bastante bien escogidas, y desde el primer momento quedó meridianamente clara la tesis fundamental de la investigación: si el gobierno español invirtiera más dinero en la enseñanza pública, otro gallo nos cantaría. Todo el mundo en el programa pareció estar de acuerdo.

Ha llegado sin embargo a mis oídos un caso sorprendente de rebeldía ideológica. Raúl, el dueño de la cafetería del instituto de San Martín de Valdeiglesias, se ha atrevido a pensar de forma diferente a la de los profesores del programa. Y yo quisiera dejar aquí constancia de semejante suceso, sin otra intención que la de… en fin, pues eso, dejar constancia (desde aquí he de advertir que Raúl es del Atletico de Madrid):

Se planteaba el difícil problema de un chaval que está todo el día de peyas o, como se dice ahora, de un alumno que tiene un alto nivel de absentismo. El padre, que recibe puntualmente los avisos de las faltas a través de SMS, se presentó indignadísimo en el instituto: “Mi hijo no falta nunca a clase”. Ante lo cual hubo que montar enseguida una reunión o comisión o delegación o vaya usted a saber qué demonios para solucionar o mediar o llevar a buen término semejante conflicto. Raúl, sin embargo, planteó una solución mucho más directa. “A este chico lo que habría que hacer es correrle a hostias hasta llegar a su casa preguntándole: ¿por qué has faltado, eh? ¿Por qué?”.

El método, según Raúl, es ciertamente tan eficaz como el finés, pero además tiene la ventaja de ser mucho más barato.

Baja Ridley, que sube Kaleb


Kaleb Lechowski es un joven de 22 años que ha escrito, dirigido y animado este espectacular corto. Estudia Digital Film Design en Berlín. Lo publicó el pasado nueve de enero después de siete meses de intenso trabajo en solitario durante su primer año de estudios.