Hiperrealismo


R.ESTES. View of Manhattan from Staten Island Ferry. 2008

De un tiempo a esta parte la pintura figurativa parece ir tomando cada vez más claramente una misma dirección, que es la del hiperrealismo. En estos momentos, sin ir más lejos, el Museo Thyssen tiene una importante exposición que muestra la trayectoria de este estilo desde su nacimiento a principios de los setenta hasta nuestros días.

La pintura hiperrealista tiene algunos pintores realmente buenos, como Richard Estes, pero también una ingente masa de virtuosos bastante pesados, dotados con una prodigiosa capacidad técnica para dejarnos pasmados una y otra vez. Sin embargo, el tema de la pintura hiperrealista no es la realidad en sí misma, sino el hecho de poder parecerse a ella absolutamente, y esta es una distinción muy importante porque significa que en el hiperrealismo, sorprendentemente, no se habla de la realidad sino del cuadro, de lo bien hecho que está.

En el arte occidental, al menos desde el Barroco hasta ahora, la realidad (entendida como ‘naturaleza’) no parece haber sido nunca suficiente. Lo ha sido, por supuesto, de una u otra forma para la mayoría de los grandes pintores, pero a la hora de la verdad y salvo raras excepciones, las diversas estéticas que se han ido sucediendo siempre han buscado alguna excusa para poder desacreditarla. El arte, según Juan de Butrón, era un “remedo de las obras de Dios” que “infinitas veces enmienda a la misma naturaleza”; y para Gracián, “suple de ordinario los descuidos de la naturaleza, perfeccionándola en todo, que sin este socorro del artificio quedara inculta y grosera”. Es decir, que la naturaleza es una realidad que debe domesticarse también con la mirada, arreglándola, volviéndola hermosa, idealmente hermosa. Y así fue hasta la llegada del Romanticismo, cuando los pintores se cansaron de vivir en la Arcadia, pero no de idealizar la realidad, y la convirtieron ahora en paisajes brumosos, rincones misteriosos y, en definitiva, la estilizaron; pero también -y mediante un inevitable fenómeno de idealización inversa que culminaría en el siglo XX- la vieron como una cosa terrible y desagradablemente fea, es decir, inhabitable pero al menos ‘interesante’.

Hoy en día, la realidad se ha convertido finalmente en algo fastidioso, cotidiano, anodino… Nos aburre, no interesa en absoluto. Digamos que necesitamos aderezar nuestras vidas constantemente con un buen chute de adrenalina, porque eso de vivir, en sí mismo, no creemos que tenga nada de extraordinario. En ese proceso de trivialización de la realidad las imágenes que nos rodean, fotografías, televisión, Internet, parecen adquirir una importancia tan relevante como las reales, hilándose unas con otras, urdiendo todas ellas la trama de nuestra experiencia. Esto inevitablemente hace que las imágenes terminen confundiéndose con la realidad y la realidad con la imagen, pero sobre todo que ambas adquieran la misma relevancia, es decir, ninguna. Y es que la vida de hoy ya no es sueño, señoras y señores, sino fotografía.

En este sentido se puede decir que la pintura hiperrealista es estrictamente contemporánea, otra vanguardia más (¡otra más!), pues lo que copia son fotografías, y de qué modo. El espectador, consecuentemente, lo que sale a buscar es la última de las piruetas contemporáneas: el trampantojo perfecto, la ‘copia extrema’ que, si bien no despierta la adrenalina, al menos sí resulta espectacular… ¡Dios mío, los cuadros son tan reales que parecen fotografías!

Lo cual, démonos cuenta, equivaldría a decir algo así como que Los girasoles de Van Gogh están vivos porque se parecen a unas cuantas flores de plástico. Claro que Van Gogh sí que sabía lo que era la realidad, vaya que si lo sabía. Por eso le resultó insoportable -todo antes que aburrida- y la pintó directamente, como pudo, a duras penas… Y precisamente porque la conocía de veras la pintó como le dio la gana, pero nunca de plástico. Para eso ya estaban los demás.

Publicado por

Nacho Escobar

Pintor y profesor de dibujo

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