Thatcher la punk


Johnny Rotten, vocalista de los Sex Pistols.
Johnny Rotten, vocalista de los Sex Pistols.

Cuando Pink Floyd estaba a dos cafés de cambiar las drogas por los láser, rondaba por la tienda de Malcom McLaren un flacucho John Rotten de pelo verde, con una camiseta de aquel grupo donde había escrito a mano las palabras “I hate”. El Punk nació como un movimiento de descontento social en el que todo valía. El Reino Unido era un país paralizado por las huelgas. Hasta los enterradores tuvieron la suya. Se necesitaba un brusco giro de timón porque nadie era capaz de ver un futuro.

Musicalmente se acababa, de una vez, con el virtuosismo de dos minutos de solo de guitarra, los ocho minutos de canción casi en trance. El punk permitía ir al grano: gritar en poco más de dos minutos lo que a cualquiera le saliera de la gutural, supiese o no cantar, fuera o no capaz de acertar tres acordes seguidos en una guitarra desafinada. El golpe y el empujón eran el recurso estético salvaje, un teatro que el público se tomó demasiado en serio. No había futuro y no creían en un futuro, hasta el rock les había traicionado. El punk presentaba una imagen de ruptura absoluta: ya no había modas, ni en ropa ni peinados y, sin quererlo, crearon su propia estética, algo que cabreó soberanamente a los pioneros pues, de pronto, se vieron engullidos por esa imagen que ellos mismos habían creado… y con la que, por supuesto, no podían estar de acuerdo. El punk había creado esa estética de apocalipsis nuclear tan recurrida en el cine.

Como hoy no hay nada más conservador que las vanguardias, el punk necesitaba ese póster en la pared adolescente donde apuntar sus dardos. Así que cuando llegó al poder una punk como Margaret Thatcher, que en su etapa como secretaria de Estado de Educación y Ciencia en el gobierno conservador de Heath había eliminado el vaso de leche gratuito a los niños de siete a once años -en una medida que le obligó el Tesoro a tomar- y que se ganó, además del odio, el apodo de ‘Margaret Thatcher, milk snatcher’ (la roba leches), encontraron en ella su rostro perfecto sin darse cuenta de que era uno más de ellos.

thatcher-punk-460-300x200Thatcher sabía que el Reino Unido estaba estancado, y compartía el lema punk del “no hay futuro”. Así que salió del antro para ponerse a trabajar. Sus mensajes eran claros y directos, unos ganchos punk que ahorraban calificativos. Dos minutos para decirlo todo eran suficiente para no enredarse en la clásica verborrea política. Provocó una recesión para controlar una inflación que campaba a sus anchas por las gráficas, lo que llevó a un considerable aumento del paro. Frenó los últimos coletazos de la dictadura argentina al responder al ataque sobre las Malvinas, una dictadura que habría durado más sin la intervención británica. La rápida victoria en la guerra y la desintegración de la izquierda entre moderados y radicales -que llegaron a las elecciones de 1983 con un manifiesto que fue calificado como ‘La nota de suicidio más larga de la historia’- le otorgaron una nueva victoria política. Mientras el laborismo se buscaba a sí mismo, en 1984 comenzaron las fuertes movilizaciones sindicales del carbón. Lo sindicatos se habían llevado por delante al gobierno de Heath y al posterior laborista de Callahan, y ella no estaba dispuesta a que algo así volviera a suceder. No porque no le pudiera suceder a ella, sino porque no estaba dispuesta a que su país cayera, de nuevo, en aquel agujero punk de queja y anarquía. Las minas, aquellos años, se llevaban mil millones de libras en subvenciones y era un sector deficitario en casi todas las cuencas. La voluntad de transformar la economía pasaba por cerrar las que daban pérdidas -casi todas- y privatizar las demás, y eso significaba una guerra abierta. Una guerra de desgaste que perdieron poco a poco los sindicatos hasta quedar solos y debilitados y su líder, Arthur Scargill, con su prestigio por los suelos.

Llevó a cabo una oleada de privatizaciones, lo que permitió no subir demasiado los impuestos cuando fue necesario -incluso algunos los bajó- y creó sectores en los que ahora son competencia puntera, como BP, British Airways o British Telecom. La desregularización permitió a Londres convertirse en el centro financiero de Europa. Su alianza con Reagan y Juan Pablo II ayudaron, por fin, a liberar a Europa del Este del totalitarismo comunista. Hay que ser muy valiente para hundir un país en una recesión a corto plazo cuando, ese mismo corto plazo es el que manda sobre los votos. Y hay que tener muy claras las cosas cuando se decide que con terroristas no se negocia aunque mueran diez en la cárcel fruto de una huelga de hambre.

Margaret Thatcher era una admiradora de la escuela austriaca de economía y de Hayek, otro punk de su época. Por eso, Thatcher era capaz lanzar discursos como éstos, tan impropios de políticos:

Uno de los grandes debates de nuestra época es cuánto de su dinero debería gastar el Estado y cuánto debería quedarse usted para gastarlo en su familia. Si el Estado desea gastar más, sólo puede hacerlo pidiéndole más de sus ahorros o aumentando los impuestos. Y no es una buena idea pensar que otro pagará, porque ese otro, es usted.

El legado de Thatcher no está en los detalles. Está en la transformación definitiva de la industria del país y su liberalización de la economía. Sus políticas no hicieron ningún milagro. Se llevaron a cabo con mucho sudor y mucho trabajo. Gracias a ese esfuerzo colectivo, el país resulta hoy competitivo. Su legado no es lo que hizo, sino lo que llegó después, con un laborismo renovado personificado en Blair. Ella bromeaba al respecto, en parte, cuando afirmaba que ese era el mayor de sus logros. Y eso no se lo perdonaron nunca esos punks, aglutinados en los ochenta con el pop y el rock de Morrisey y Elvis Costello, todos con el mismo póster, con sus mismos dardos, y en la misma habitación con su misma pared setentera y adolescente desde donde le deseaban la muerte. Y es que Thatcher fue mucho más punk que ellos.