No es una película


“El último trabajo del director iraní Jafar Panahi se escabulló debajo de las narices del régimen que lo amenazaba y llegó de contrabando a las salas de cine en una memoria USB, escondida dentro de un pastel. Panahi fue sentenciado por su gobierno a seis años de prisión, lo cual sería tolerable si no fuese por la verdadera condena: 20 años sin poder filmar una película (…)”.

(por Aura Antonia García).

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El virus españolista


Nadie sabe bien dónde sufrió el contagio, si en una playa cántabra o en la Sierra de Gredos. Quizás  fue un trancazo de otoño soriano. Quizás dos besos de Aznar. El caso es que Alicia se infectó del virus españolista que, como todo el mundo sabe, es una enfermedad incurable. Lo más llamativo del trastorno es que solo los que rodean al paciente se percatan de los síntomas. El infectado, sin embargo, parece vivir en una Arcadia feliz. Pobre desgraciado.

Es por eso que una señora, preocupada por la salud de Alicia Sánchez-Camacho, cabeza de lista popular en las próximas elecciones de Cataluña, envió ayer una carta al Diari de Girona titulada “Carta a la meva exalumna Alicia S.C.”. La mujer tuvo el sano cuidado de no identificar a la afectada y utilizar sus iniciales para su apellido, como mandan las buenas praxis de la cosa de la salud.

Así, la mujer identifica en Alicia los típicos síntomas del virus: defender al Estado central frente a Cataluña, aprobar el latrocinio contra los catalanes, denunciar la discriminación del castellano en las escuelas públicas, perseguir la lengua catalana (por las calles si es preciso) y construir carreteras donde no son necesarias. La mujer vive angustiada porque sabe que es el virus y no Alicia hablando cuando dice

verdaderas barbaridades contra Cataluña.

Por eso, la profesora se siente dolida cuando gente cercana, buena gente, critica y echa pestes de ella. Pero la maestra, que sabe bien que el germen actúa sobre el ego, borra identidades inculcadas desde la escuela, arrasa principios y alimenta el lucimiento personal por encima del sacrificio colectivo, apela a la buena conciencia que le pueda quedar y le tutea:

desearía abrir un pequeño agujero en tu conciencia que actúe con el corazón defendiendo la verdad y las necesidades de un pueblo que tú sabes que es noble, trabajador, fuente de riqueza y que no se merece el trato que desde Madrid se le está dando.

Menos mal que “respeta totalmente” que sea del PP.

Lo que nunca pudimos pagar


Equipo de investigación de Antena 3

Durante los siglos en que España fue musulmana nacieron los reinos de taifas. No tardaron en competir entre ellos militarmente y en prestigio. Todos intentaron atraer a los mejores poetas y artesanos y se convirtieron en luchas de poder entre clanes y familias. Un milenio después, no pocos insisten, o insistimos, en que España se ha convertido de nuevo en un reino de taifas donde cada uno hace la guerra por su cuenta, no presenta cuentas ante nadie y solo se fijan en la provincia vecina para medir los zancos a calzar para seguir mirándola por encima del hombro. España se ha convertido en un país donde casi cada provincia tiene un aeropuerto y grandes infraestructuras insostenibles alimentadas por las ínfulas de grandeza de presidentes de comunidades autónomas y alcaldes visionarios más interesados en medrar en aplausos que en gestionar con responsabilidad el gasto público. En definitiva, lo que ha ocurrido es un atraco con la ley en la mano.

La actual división del Estado ha permitido crear esas taifas que parecen competir entre ellas en grandeza para terminar compitiendo en miseria. Las cesiones de competencias han terminado conformando un Estado ineficiente, corrupto y totalmente insostenible. Aunque vivimos una gravísima crisis financiera, no es menos cierto que, si no se reestructura el Estado, es decir, si no se atacan los gastos del las administraciones públicas con la misma agresividad con la que se han subido los impuestos, estaremos abocados a una intervención aún mayor.

No soy muy amigo de los reportajes en periodísticos en televisión. Suelen ser tramposos. Pero el programa Equipo de Investigación de Antena 3 hizo un gran trabajo con “El dinero que no debimos gastar” y el despilfarro de las administraciones públicas: coches oficiales, aeropuertos deficitarios con un solo vuelo al día y billetes subvencionados, autovías desérticas y macroinfraestructuras que, en nombre de los ciudadanos y siempre con su dinero, sirvieron para engordar el ego palurdo de los políticos de estas taifas derruidas.

¿#Primaveravalenciana?


La izquierda es una gran generadora de iconos, una espectacular difusora de contenidos, una gestora multinacional de lugares comunes. Por suerte o por desgracia, si algo caracteriza a las redes sociales es el altísimo grado de confianza que generan en sus usuarios, mucho más que la publicidad y mucho más que cualquier monserga política. Por eso, que un político tenga la gran idea de esconderse tras un hashtag puede producir un efecto viral tremendamente eficaz en una consigna. Y eso es lo que ha ocurrido con #primaveravalenciana.
El 18 de febrero, un miembro de Compromís registró el dominio primareveravalenciana.com, como se puede comprobar aquí. Los disturbios comenzaron unos días antes. Las reivindicaciones de unos chavales que daban clase sin calefacción pronto pasaron a ser una manifestación política, aunque algunos la llamen social, para denunciar el recorte de salarios y un presunto recorte de derechos. El 20 de febrero se convocó la marcha que terminó con la ya famosa carga policial contra los congregados. Suficiente se ha escrito sobre ella. Casi siempre con un periodismo poco riguroso, por cierto. Pero de eso ya se ha ocupado con brillantez Marcel Gascón en su nuevo blog La música ligera.
Todo el mundo ha visto los vídeos y y también que había manifestantes que no tenían ni edad de instituto, ni carnet de padre del más imberbe. Cuando el periodismo ha preguntado, ha dado por buena su respuesta: “Estoy aquí por solidaridad”. El periodismo de alcachofa suele dar por válida, como las redes sociales, cualquier estupidez. Esa solidaridad puede embaucar a gente muy cabal. Aloma Rodríguez, por ejemplo, es de esas personas que no suelen pisar manifestaciones. Pero la consigna de llevar un libro a la del día 21 le pareció creativa y ocurrente, así que decidió escoger uno al azar y presentarse en Sol. Terminó su asistencia como finaliza su artículo:

Cuando la manifestación cortaba Gran Vía, yo ya me había ido. Me fui a merendar un helado. Y a leer libros. No solo a lucirlos.

A eso me refiero. La luz del eslogan y la oscuridad del contenido. El espectador enciende un día la televisión, ve algaradas y palos y se convierte en ciudadano cabreado, solidarizado y se manifiesta. Pero todo tiene un contexto, y ahí falla con frecuencia el periodista. Pero también el ciudadano. A priori, no parece que hubiera motivo para que la policía cargara contra los manifestantes. Sobre todo cuando, buscando solo un poquito, nos topamos con que en 2005 ya hubo cortes. No solo eso. A día de hoy, hay más institutos en la misma situación. Ya digo, tres minutos de Google:
Algún ingrediente exógeno ha debido aderezar el cocktail explosivo de Valencia. Por eso no sorprende que, de los 26 detenidos el día 20, ninguno fuera alumno del Instituto Lluis Vives. Hemos visto el diluvio de ira por la carga policial, hemos visto las manifestaciones de solidaridad. A partir de aquí, la identificación con el débil es tan fácil, que se llega a admitir como legítima cualquier forma de reivindicación. Y se deja de pensar. Pero es que, incluso para el derecho al pataleo, hay unas mínimas reglas que cumplir.
Todavía rebotan las exigencias de dimisión a la delegada del Gobierno, pero nadie ha puesto el grito en el cielo por las palabras de Alberto Ordóñez, presidente de la Federación Valenciana de Estudiantes, en las que asegura que

vamos a seguir quemando las calles de Valencia.

Es decir, que si el comisario de la policía abre su bocaza para no desvelar sus fuerzas al enemigo, las pancartas se llenan de susodichos, pero nadie obliga al señor Ordoñez a dejar el mechero en casa. Tampoco hemos visto la condena a la izquierda más rancia, la del lenguaje de nuestros bisabuelos, por la instrumentalización política miserable de la situación de unos jóvenes sin calefacción en clase (que ahora, según parece, resulta sí tenían). No hemos visto la crítica a cómo un grupo de manifestantes se ha sumado a la protesta no por solidaridad, sino para reventarla por su causa, siempre de fin más noble y de más altos vuelos. Se ha criticado a la policía porque ha golpeado a menores con una fuerza brutal y desproporcionada, pero no se ha criticado a esos “trolls de manifa” que utilizan chavales para sus fines. Y no se les criticará porque actúan desde el púlpito de la superioridad moral que se otorgan al nombrarse defensores de los derechos ajenos pisoteados, estén o no pisoteados, sean o no derechos. Y es que, cada vez está más claro que no necesitan un motivo para manifestarse, sino una excusa.

La derrota filosófica de ETA


Hay muchas formas de alcanzar la paz. Una de ellas es renunciando a la libertad. No queda lejos el franquismo como ejemplo. También se pudo alcanzar hace 30 años, por poner un número, procurando a los terroristas sus exigencias.  Por eso, primero, el terrorismo nacionalista vasco no es una cuestión de paz; y segundo, la mal llamada paz no puede tener un precio. Nadie se sentiría más cómodo en su casa si un asesino en serie lanzara un comunicado y declarara su aburrimiento criminal. ¿Por qué? Porque seguiría en libertad. Y la obligación de la policía sería encontrarlo y llevarlo a la sombra de un juez. Nadie permitiría que la policía mirara para otro lado.

En un Estado de Derecho uno no se puede saltar la ley y esperar que no haya consecuencias punitivas. Y esa es la historia de ETA. Hoy, el temor extendido es que el comunicado de ayer solo sea un paso más en una degenerada negociación encabezada por el Gobierno que permita precisamente eso: que el asesino no pague su precio.

La verdadera derrota de ETA solo puede ser la filosófica, y esa, la conducen las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad el Estado. Esa derrota, la más humillante, la que extirpa el pasamontañas, es la verdadera y única victoria de la democracia. La victoria que obliga a unos asesinos a dejar de matar. La negociación de Zapatero con ETA ha sido y es vergonzosa y humillante para la democracia. No digo ya para las víctimas, la única referencia moral de esta sociedad contagiada de un relativismo repugnante que justifica los medios.