Orgullo nacional


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Captura de pantalla 2015-06-30 a la(s) 18.05.25Son llamativas las notables diferencias entre dos búsquedas de imágenes en Google que son lo mismo, que significan lo mismo. La búsqueda “national pride” nos trae niños sonriendo, grandes banderas en espectáculos,
Captura de pantalla 2015-06-30 a la(s) 18.11.48celebraciones, dibujos animados, felicidad, fiesta, sonrisas. La búsqueda en castellano, “orgullo nacional“, ofrece resultados entre argentinos y españoles, relacionados con el fútbol, la violencia, los ultras y una iconografía oscura y fascista.

No sé si esto es el resultado de tantos años lanzándonos odios a la cabeza, pero sí parece que el concepto de orgullo nacional que tienen los americanos, por ejemplo, dista mucho de la imagen que se tiene de lo patrio en España. Felipe González solía referirse a su país como “este país”, y fue Aznar el que, sin complejos, gobernó y llamó a España por su nombre. Zapatero lo hizo después, a pesar de que la fobia a la bandera continuó en la rama catalana de su partido hasta el punto de que la desilusión, la ausencia de oxígeno y la falta de representación, condujeron a algunos intelectuales a promover la fundación de un partido que se llamaría Ciudadanos. Como símbolos, para destacar lo que nos unía, y en contraposición al nacionalismo, encontraron la bandera de España y la Ley.

La izquierda ha acusado con frecuencia a los populares de pretender adueñarse de la bandera cuando, en realidad, fueron ellos quienes la regalaron doblada. Entre los éxitos deportivos y el paso del tiempo se curaron ciertos complejos y eso de la bandera volvió a unir. Y así ha sucedido, poco a poco, hasta llegar a Pedro Sánchez, que se expone con una bandera gigante, algo impensable para los socialistas de los ochenta. De él se ríe Pablo Iglesias, que tiene por bandera la de la Segunda República y por ley un proyecto constituyente.

En nuestro concepto de orgullo nacional hay cierta carga de odio desde la barrera, una superioridad moral de quien se siente por encima. De quien identifica ese orgullo con las imágenes de Google españolas. Hasta que esa bandera enarbola lo que le gusta, una lectura posmoderna.

Hay una linea difusa que transforma un inocuo orgullo nacional en peligroso, y se cruza siempre que ese orgullo es invocado. Nubla la razón. También la de quien interpreta el orgullo los demás.

Hecatombe electoral


La fuerte presencia de Bildu en el Parlamento Vasco no sorprende a nadie. En la imagen de arriba se ve la ridícula minoría en la que ha quedado el Partido Popular, convertido ahora en un partido irrelevante para hacer política en el País Vasco. Ha logrado convertirse en lo mismo que es en Cataluña desde hace años: la nada.

La fuerza del nacionalismo, en número de votos, está más o menos en su media, que, a lo largo de estos 32 años, es de 640.663. Sin embargo, los partidos constitucionalistas han obtenido su segundo peor resultado de la historia, solo superado por los de 1994. Así, han sumado alrededor de 80.000 votos por debajo de su media. El fracaso, por tanto, hay que extenderlo a UPyD, que ha sido incapaz de mejorar sus resultados, pues mantiene el escaño y cerca de 22.000 votos logrados en 2009. En Galicia, ni siquiera forman grupo.

La siguiente gráfica muestra algo que no había ocurrido antes en el País Vasco. La linea azul es la suma de votos constitucionalistas y la verde, la suma nacionalista. Las barras muestran la participación (eje derecho) que, lógicamente, hace que los votos de las formaciones políticas aumenten. Sin embargo, esta vez es la primera vez que sube la participación y la suma constitucionalista se desploma.

Así, los partidos nacionales deberán preguntarse qué es lo que han hecho mal. Aunque quizás muchos analicen los resultados desde un punto de vista regionalista, el descenso que se da de votantes allí donde se han celebrado elecciones tiene que llevar a una conclusión nacional. La crisis económica está pasando factura a ambos partidos, en especial al PSOE, que se ha instalado en la hecatombe labrada con Zapatero. La tendencia socialista indica a Rajoy el camino que no debe seguir. O sea, el que probablemente seguirá.

La derrota filosófica de ETA


Hay muchas formas de alcanzar la paz. Una de ellas es renunciando a la libertad. No queda lejos el franquismo como ejemplo. También se pudo alcanzar hace 30 años, por poner un número, procurando a los terroristas sus exigencias.  Por eso, primero, el terrorismo nacionalista vasco no es una cuestión de paz; y segundo, la mal llamada paz no puede tener un precio. Nadie se sentiría más cómodo en su casa si un asesino en serie lanzara un comunicado y declarara su aburrimiento criminal. ¿Por qué? Porque seguiría en libertad. Y la obligación de la policía sería encontrarlo y llevarlo a la sombra de un juez. Nadie permitiría que la policía mirara para otro lado.

En un Estado de Derecho uno no se puede saltar la ley y esperar que no haya consecuencias punitivas. Y esa es la historia de ETA. Hoy, el temor extendido es que el comunicado de ayer solo sea un paso más en una degenerada negociación encabezada por el Gobierno que permita precisamente eso: que el asesino no pague su precio.

La verdadera derrota de ETA solo puede ser la filosófica, y esa, la conducen las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad el Estado. Esa derrota, la más humillante, la que extirpa el pasamontañas, es la verdadera y única victoria de la democracia. La victoria que obliga a unos asesinos a dejar de matar. La negociación de Zapatero con ETA ha sido y es vergonzosa y humillante para la democracia. No digo ya para las víctimas, la única referencia moral de esta sociedad contagiada de un relativismo repugnante que justifica los medios.