Que el fin del mundo te pille bailando


Que el fin del mundo te pille bailandoNo sé tú. Pero yo he quedado hoy prontito para unas cañitas tempraneras, un aperitivo posterior, una comida por los viejos tiempos y, luego ya, si se tercia, a bailar. No voy a quedarme en casa, rostro en ventanal, preguntándome qué es esa enorme bola de fuego que se acerca hacia mí. Si esto se tiene que acabar, si hasta aquí hemos llegado, no me va a pillar de plegarias. Y si en vez de eso, resulta ser un cambio de conciencia colectiva, que me pille bailando.

Tengo pareja de baile y todo. Se llama Rubia. No es que no tenga nombre cristiano, que lo tiene. Ni que yo quiera preservar su anonimato, que me da igual. Es que es anónima para mí, porque me dio su teléfono, pero he olvidado su nombre.

Me ocurre con bastante frecuencia. Nunca pierdo un número porque siempre lo apunto en el teléfono, va directo a la nube, se guarda en el ordenador y, por si acaso, se hace una copia de seguridad. Vamos, que ni en Langley. Pero se me olvida el nombre de quien me lo da. Y así no hay manera de hacer carrera decente de mí.

Pero bueno, que os contaba lo de Rubia. La conocí en una noche de gintonics, lagunas y recuerdos resbaladizos. Yo había quedado con Susana, que llevó a unas amigas; y yo, a un par de machos alfa, que es de lo poco indecente que queda en mi vida. Estas cosas siempre acaban mal: empezaron a volar números de teléfono que aquello parecía una centralita de Telefónica. Los números de los demás, digo, porque el mío, como si no existiera; a mí, ni caso, como si hubiera sacado en algún momento un Alcatel verde apestoso modelo analógico Siglo XX y hubiera gritado “¡voy a mandar un SMS!”.

En fin, que me pierdo. Fuimos al Berlín Cabaret, y allí estaban Rubia y su amiga Morena. Un colega quería ligar con esta última, así que yo le dije, evidentemente crecido por la embriaguez, como si el reciente episodio de los teléfonos no hubiera lesionado mi ego, “esto, te lo soluciono yo”. Y procedí a por Rubia. Después de un muy breve intercambio de estupideces, me preguntó “¿Te gusta mi amiga?”. Me quedé tan pillado que, muy serio, respondí: “No. Me gustas tú”. Así, en el careto. Plas. Sin anestesia. Tenía un baile, la chica. Mi colega aprovechó la entradilla y tonteó diez segundos con Morena, suficiente para perderle el rastro y no volver a verlo en toda la noche.

Así que ahí me quedé, Rubia en mano. La tanteé tan perdido como un broker comprando acciones, totalmente incapaz de llegar a conclusiones válidas sobre su interés en mí, como un analista de mercados. Pero algo atrevido debí hacer porque miró hacia el suelo, luego hacia mí y guardó un momento de silencio. Se acercó a mi oído y me dijo: “Verás, es que a mí me gusta lo mismo que a ti”, y alzó la vista por encima de mi hombro, arqueando las cejas.

Me giré y allí estaba, espléndida, en el piso de arriba, la minifalda de la go-gó. Miré a Rubia, que asintió como diciendo “sí, hijo, sí”. Así que, sin amigos, solo y derrotado, pregunté: “¿Bailamos?”.

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