Disparar a matar


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Hace algo más de seis años conocí a dos de israelíes en Estambul. Ellos, también, se habían conocido allí. Al menos para uno de ellos era la primera vez que viajaba al extranjero. No es raro teniendo en cuenta que Israel es la única democracia en Oriente Medio y, además, está rodeada de países donde no son bien recibidos o que, directamente, no les permiten la entrada. El mismo que viajaba por primera vez me contó que durante tres semanas se sentía raro y que no sabía bien por qué hasta que cayó que era porque se movía tranquilamente por Estambul, entraba en los centros comerciales y no había detectores de metales.

Nos convertimos en buenos amigos desde el principio. Les enseñé a jugar al Texas Hold’em y me desplumaron. Tuvimos muchas conversaciones sobre Palestina, Israel, etc. Era un tema recurrente debido a mi interés por él. Me contaron de sus años en la mili, del conflicto. De su historia, de sus familias. El abuelo de uno de ellos había comprado terrenos a los árabes en su momento. Saben que siempre los ven como los malos, como unos asesinos despiadados. Por eso, también piensan que, independientemente de los estados europeos, Israel debe hacer la política que crea conveniente porque nadie se pondrá de su parte. Es un discurso aprendido a fuerza de desengaños. Aún así, siempre incidían en lo mismo: los auténticos perjudicados son el pueblo palestino, porque no tienen nada y están en una encrucijada política de la que sacan rédito político los demás. El pueblo palestino es un instrumento, son los pobres, y a los pobres nadie los quiere, y menos que ninguno, los árabes.

De todas las conversaciones que tuvimos, hubo una especialmente impactante. En Israel, cualquier secuestro se convierte en una cuestión de Estado. Un tema muy delicado donde, por un lado, hay un sector que pide la negociación para la liberación del prisionero. Por otro, un sector que piensa que no se debe negociar con terroristas, pues la negociación llevará a que haya más. Y, en medio, cientos de grises. Se convierte en un problema social a gran escala. Inimaginable en cualquier otra democracia. Pues bien, en el servicio militar tenían orden de disparar a matar en tan solo una circunstancia: si se encontraban, de pronto, en una situación en la que veían que un compañero iba a ser secuestrado, cuando ya estaba siendo llevado en volandas, a punto de doblar la esquina, cuando ya no había nada que hacer sin víctimas, sólo entonces, podían disparar a matar. A la cabeza. A la de su compañero.

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