Del fracaso del periodismo: De Bruselas a Zagreb


Los descubrimientos extraordinarios necesitan pruebas extraordinarias. Con esta afirmación, los científicos suelen tomar con cautela lo que los periodistas abrazamos con entusiasmo: la noticia del siglo. Si más tarde se demuestra falsa esa nueva hazaña de la humanidad, ya no es un problema nuestro, que hemos vendido nuestros periódicos y hecho nuestro agosto, sino científico. Por eso, el periodismo no pone reparos en publicar que una señora, en vez de hacerse 60 kms, se ha metido para el cuerpo 1450, ha repostado dos veces, ha dormido en el coche, ha visto señales en varios idiomas y solamente cuando su GPS le ha dicho que ha llegado a su destino, ella se ha dado cuenta de que, en vez de en Bruselas, estaba en Zagreb. Su única explicación es que iba distraída. Señores, 1390 kms. de distracción.

Pongamos el tema en perspectiva. Es como si usted, que está en Madrid, va a Guadalajara, se despista, y acaba en París. O como si usted, que vive en Barcelona, tiene intención de ir a Manresa y aparece en Stuttgart. O como si vive en México DF, quiere ir a Toluca, y termina en una penitenciaría de San Antonio, Texas. Creo que pillamos la idea.

La noticia es tan extraordinaria que debería exigir, como en la ciencia, confirmaciones extraordinarias. Así que veamos:

Dice The Telegraph que nuestra protagonista sale de Solre-sur-Sambre, una localidad a 38 millas de Bruselas, es decir, a unos 60 kms. Gracias a Google Maps, sabemos que la distancia más corta hasta el centro de la capital es de 74 kms. pero, dependiendo del destino final de la anciana, puede reducirse a unos 60. Todo parece correcto.

Sin embargo, la distancia con Zagreb varía enormemente. Se habla de 901 millas, es decir, de 1450 kms. Pero, por la imagen de Google Maps, las distancias van de 1277 kms. a 1325, muy lejos de la información. Es cierto que un GPS puede equivocarse y dirigir al usuario por caminos de tierra o calles prohibidas, pero en las distancias tan largas y destinos tan importantes como ciudades grandes, donde el camino más rápido suele ser de autopista, no tiene sentido una variación de 125 kms. con la distancia más larga.

La venerable señora afirma, también, que veía carteles en alemán. Supongo que después de cruzar toda Alemania y Austria, que se dice pronto, no se dio cuenta de que había otro idioma, el esloveno, porque también tuvo que cruzar Eslovenia de norte a sur. Pero no, parece que no se percató. Quizás, una mujer acostumbrada a ver carteles en flamenco, vio de pronto uno en esloveno y pensó: ya debo de estar cerquita.

Llegamos a la frontera y la mujer se encontró con la estampa de la imagen:

Resulta que Croacia no pertenece a la Unión Europea. Como vemos, hay unas vallas, varias colas de coches, y unas típicas casetas de frontera donde suele haber un policía que te pide el pasaporte. El señor lo hace en un idioma inteligible y tú se lo entregas porque sabes que estás en una frontera, no porque lo entiendas. Porque en las fronteras, lo que hace todo el mundo, es entregar el pasaporte. Se ha convertido en una costumbre. Pero sólo es un pequeño y molesto contratiempo para nuestra aventurera pues, la superabuela, por supuesto, lleva el pasaporte encima. Tampoco le extrañaría que, lo que para ella sería un peaje colocado de la noche a la mañana en las inmediaciones de Bruselas, le solicitaran la documentación, ya que es de popular conocimiento que, con el jaleo político entre flamencos y valones, todo belga que se precie sale con el pasaporte entre los dientes, no vaya a ser que un sábado salga de una discoteca de Bruselas a las seis de la mañana y resulte estar en un país extranjero.

Uno de los mejores medidores para detectar una noticia falsa o, al menos, dudar seriamente de ella, es acudir al periodismo anglosajón. Según Europa Press, y también según Flanders News, la noticia parte de Nieuwsblad, periódico flamenco que ya debería hacer sospechar a mas de uno ya que, al fin y al cabo, nuestra intrépida protagonista es francófona. En France Press no aparece la noticia. Tampoco la he encontrado en ningún medio francés serio. Ni en Reuters. En el periodismo anglosajón, tan solo en el sensacionalista Daily Mail, y en el ya más serio The Telegraph. No está ni en The Sun, tabloide sensacionalista por excelencia. En Estados Unidos, no saben ni quién es esta señora.

Ahora vayamos a la prensa española: El Periódico de Catalunya, La Vanguardia, El Mundo, Público, la mencionada Europa Press, El Confidencial, El Diario.es, El Diario Vasco, ABC, La Razón y EFE. Añadan todas las televisiones. Y seguro que hay muchos más. Solamente se ha salvado El País.

La noticia, además de inverosímil, carece del mínimo rigor periodístico. Por tanto, y mientras no se demuestre lo contrario, debe ser tomada como falsa. No hay, ni en lo más remoto, una sola comprobación de fuentes. Todos dan por bueno lo que ha escrito el de al lado. El Nieuwsblad tampoco cita fuentes. Sólo da un nombre común de una anciana que podría ser cualquiera y una foto que, por lo que a mí respecta, podría ser la madre del redactor. Las preguntas que yo me he hecho, que se hará cualquier hijo de vecino, no están contestadas en ninguna de las noticias. Todos dan por buenas las supuestas explicaciones de la anciana: estaba distraída.

Verán, el periodismo trata de filtrar noticias. El periodismo tiene que decidir qué es y qué no es relevante. Es imposible publicar todo lo que llega a una redacción de un periódico a diario. Por tanto, si filtra, es porque se supone que tiene un criterio formado para ello. Ejemplos como los de esta noticia, donde preguntas tan básicas y elementales no son contestadas y aún así se publican, demuestran el desmadrado fracaso de la profesión, el hambre por llegar el primero y justifican completamente el descrédito ante la sociedad. El periodismo se ha perdido el respeto a sí mismo, y no esperemos que nadie se lo tenga. No acusemos de intrusismo a cualquiera que escribe sobre lo que le da la gana, con mayor o menor acierto, cuando hemos decidido delegar nuestro trabajo en la desidia.

Arcadi Espada suele decir que la pregunta “por qué” es un atajo fácil para cerrar una historia. Que para llegar a la verdad, hay que hacer el resto de preguntas. Algunas, muchas veces.

El laberinto del why. Esa perversión. Todo lo que podemos saber de why, está en el qué, en el cómo, en el cuándo y en el dónde. Es una pregunta inevitable. Pero la respuesta solo puede darla un consorcio. El why no es una región diferenciada.

Esta noticia es un buen ejemplo. La infantil respuesta de la anciana, “me despisté”, solo puede ir precedida de un perezoso por qué.

Actualización (17/1/12 a las 16:03): Gracias a un comentario en este post, me llega que Manuel Ángel Méndez ha publicado hace apenas una hora, en Gizmodo, la verdadera historia después de hacer las preguntas correctas, a las personas adecuadas. Resumo, pero invito a que la lean:

Sabine Moreau, la protagonista de esta historia, padece demencia senil. Se equivocó al meter la dirección. No hubo, por tanto, ni un despiste colosal ni un fallo del GPS. La policía no sabe con seguridad siquiera si llegó a entrar en Croacia.

La historia, tal y como se nos contó era del todo increíble. Pero resulta ser una mujer enferma que, en vez de salir andando de casa, salió en coche y se pierde. Lo que nos cuenta Manuel entra dentro de lo sorprendente, pero es verosímil y, además, aporta datos suficientes, como el enlace a la comisaría belga que llevó el caso.

Que el nombre coincida, como dijo mik en un comentario, con el de una protagonista de Misión Imposible 4: Protocolo Fantasma, parece que no deja de ser una de esas ironías incalificables del destino.

Gracias, Manuel.