Escapar de Corea del Norte (II)


(Primera parte)

Mei se recoge el pelo en una coleta y se coloca una gorra oscura. Ha preparado una mochila hasta arriba. “Es importante que esté llena”, asegura. “Si hay que correr, las cosas no pueden ir dando botes”. Se despide de su madre y de su hermano con abrazos y con un saludo militar con cierta dejadez, sonriendo, como si fuera a regresar en un rato. Se echa a la noche. Para ella es más segura. Llueve y saca el paraguas. A los pocos minutos, no puede reprimir las lágrimas y llama a su madre desde el móvil. “Siento no haberme despedido como es debido, y siento haberme portado mal”, solloza. “No te preocupes, estaré bien”, balbucea entre lágrimas. Se detiene, no puede llorar y caminar a la vez.  “Cuídate mamá, no llores”, gime quebrada.

Se dirige a un piso franco donde otros norcoreanos también han preparado su huida. Los únicos amigos que tienen es una red tejida por el pastor Chun Ki Won a través de la Misión Durihana, a miles de kilómetros de allí, en Seúl. En 1995 viajó por negocios a China y pudo ver el cuerpo helado de un norcoreano que había intentado escapar a través del río Tumen. Fue testigo de cómo la policía china golpeaba a un grupo de niños norcoreanos de unos cinco años, y cómo un grupo de hombres arrastraba a una mujer norcoreana entre gritos desesperados. “El primero que se haga con ella, puede quedársela”, le dijo su guía. Horrorizado, y ya de regreso en Seúl, se metió en un seminario, se convirtió en pastor en 1999 y fundó de inmediato su Misión, que comenzó a operar en octubre del mismo año.

El 29 diciembre de 2001 fue detenido junto a doce norcoreanos en la frontera con Mongolia. “Me preguntaron por qué hacía este trabajo, no lo entendían”, cuenta Chun Ki Won. “¿Dónde dice La Biblia que debe ayudar a escapar a norcoreanos?”, preguntaba la policía. “No hay tales palabras, pero en el Éxodo se nos dice que tenemos que ayudar a los huérfanos, viudas y extraños. ¿Qué son ellos? Son las hijas que son vendidas delante de sus madres, las mujeres que son vendidas frente a sus maridos en China”. Pasó ocho meses en la cárcel antes de ser repatriado. Se le vetó la entrada durante diez años. Los doce norcoreanos que lo acompañaban fueron enviados a su país y diez de ellos, ejecutados.

El rescate es caro, cuesta entre 700 y 1100 euros por persona. La Misión no recibe dinero del Estado, por lo que sólo se financia con fondos de la iglesia y ayudas de terceros. Pocos misioneros hacen ya el viaje desde Yamji hasta Bangkok pues, una vez detenidos, se les prohibe la entrada en China. Ahora, los guías suelen ser norcoreanos que lo hicieron en su momento y que han aprendido el camino. Algunos piden mucho dinero por hacer el viaje, lo que puede disparar el precio hasta los 3000 euros. Así, muchos de los refugiados que alcanzan la libertad en Seúl, se ven atrapados por la deuda.

Mei llega al piso franco. Sentados en el suelo, están un grupo de mujeres y un niño. Sus compañeros de huída. Falta un día para partir. Está todo preparado, incluidos los teléfonos, las baterías y las tarjetas. Escuchan a una mujer que colabora con la Misión Durihana dar las últimas instrucciones. “Si os detienen, no delatéis a vuestros compañeros. Decid siempre que viajáis solos”. “Si nos encuentran, si nombramos a los otros, nos detienen a todos”, repite Min Chao, de ocho años. Ha aprendido el mensaje. Perdió a su padre al escapar de Corea del Norte, y su madre lo espera en Seúl. Habla con ella por teléfono. “Llegaré y te encontraré, mamá”.

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