Escapar de Corea del Norte (y III)


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Fuente: Ministerio de Unificación de Corea del Sur.

Segunda parte

El grupo de norcoreanos está preparado para salir. El pequeño Min Chao se despide con lágrimas. De acuerdo con el plan, llegan a la estación en el último minuto, justo antes de que salga el tren hacia el sur. Les espera un viaje de dos días hasta Kunming, una ciudad de unos cuatro millones de habitantes al sur de China, cerca de la frontera con Laos. Con el tren ya en marcha, se dan cuenta de que se ha subido una patrulla de la policía. Se ven obligados a esconderse. Afortunadamente, no los ven.

En Seúl, el pastor Chun se dispone a viajar en avión a Tailandia para prestarles ayuda en caso de que logren alcanzar Bangkok. “Las posibilidades de éxito son de un 50%”, afirma el pastor. “Nunca les decimos lo difícil que será, no vendrían si lo hiciéramos”. El peligro no se limita a China. Si la policía de Laos los detiene, también los deportarán a Corea del Norte. Sólo estarán a salvo cuando crucen la frontera con Tailandia. “Si estos países cooperaran podríamos ayudar a mucha más gente, pero estos países están en contra de lo que hacemos. Los arrestarán allá donde vayan, hay peligro por todas partes”.

Una vez en Kunming, se suben a un minibus en dirección a la frontera de China con Laos. Pero está muy vigilada, piden identificación a todo el que entra y sale. “Estoy muy nerviosa”, dice Mei, “tanto que siento que nos van a detener. Si me cogen, me suicidaré”. Los guías deciden que cruzar la frontera por donde tenían pensado es demasiado arriesgado, por lo que tienen que buscar una ruta alternativa a través de la jungla. Se desvían por una carretera secundaria y, ya de noche, llegan a un refugio donde pasarán la noche. Por si la cogen, Mei graba un mensaje para su madre y su hermano en una cámara de vídeo.

Al día siguiente, con las primeras luces, antes incluso de que se divise el sol, el grupo se pone en marcha. Cruzan la frontera con Laos a través de la selva, alejados de patrullas. “Adiós China, gracias por la hospitalidad”, ironiza una integrante del grupo. “No pienso volver”, se alegra otra. El terreno aquí es más duro. La selva es cerrada, no se ve el sol. Hay riachuelos que cruzar constantemente, lo que obliga a caminar con los pies mojados durante horas hasta que alcanzan una carretera donde les espera el minibus en el que iban. El conductor, con los papeles en regla, ha cruzado solo la frontera sin problemas.

El viaje comienza a pasar factura: el pequeño Min se ha puesto enfermo. Le dan pastillas y más tarde se detienen en un puesto para comer. Se curan picaduras de mosquitos con ungüentos, pues no pueden arriesgarse a pedir ayuda médica y que los delaten. Intentan dar a Min de comer con una cucharilla, pero él aprieta los ojos y se agarra fuerte la garganta por el dolor mientras exclama que no puede tragar. Mei vomita. También se ha puesto enferma. Pero es fuerte: “Merece la pena”, se dice, “merece la pena para ser libre”. Tienen que aguantar. Ya sólo quedan 70 kilómetros para enfrentarse a su último obstáculo, el río Mekong. Si lo cruzo, mi vida cambiará por completo”, dice Mei. “Estoy tan orgullosa de lo que he logrado hasta ahora que no sé si seré capaz de enfrentarme a todo de la misma manera de ahora en adelante”.

El autobús se detiene y el grupo baja. Es noche cerrada, sólo se escuchan los ruidos de la selva. Están al borde del río y, al otro lado, pueden ver las luces de Tailandia. Uno a uno, suben a un bote de madera. El guía insiste en que deben hacerlo por el centro, con cuidado para que no vuelque. Entre las maderas se puede ver el agua. “Si volcamos, morimos todos”, susurra el guía. Hay cocodrilos merodeando por debajo de la barca. También hay patrullas recorriendo el río. Por fin, la barca toca tierra en Tailandia. Y ponen, por primera vez en su vida, un pie en la libertad.

Por la mañana, Mei llama a su madre. “Has rezado por mí y he llegado a salvo”, solloza. Por fin, ya en Bangkok, pueden entrar en la embajada de Corea del Norte y declararse desertores.

Meses después, su madre y hermano se reunieron con ella en Seúl. Min Chao encontró a su madre. Su viaje en busca de la libertad comenzó cruzando un río. Y en un río acabó.

Escapar de Corea del Norte (II)


(Primera parte)

Mei se recoge el pelo en una coleta y se coloca una gorra oscura. Ha preparado una mochila hasta arriba. “Es importante que esté llena”, asegura. “Si hay que correr, las cosas no pueden ir dando botes”. Se despide de su madre y de su hermano con abrazos y con un saludo militar con cierta dejadez, sonriendo, como si fuera a regresar en un rato. Se echa a la noche. Para ella es más segura. Llueve y saca el paraguas. A los pocos minutos, no puede reprimir las lágrimas y llama a su madre desde el móvil. “Siento no haberme despedido como es debido, y siento haberme portado mal”, solloza. “No te preocupes, estaré bien”, balbucea entre lágrimas. Se detiene, no puede llorar y caminar a la vez.  “Cuídate mamá, no llores”, gime quebrada.

Se dirige a un piso franco donde otros norcoreanos también han preparado su huida. Los únicos amigos que tienen es una red tejida por el pastor Chun Ki Won a través de la Misión Durihana, a miles de kilómetros de allí, en Seúl. En 1995 viajó por negocios a China y pudo ver el cuerpo helado de un norcoreano que había intentado escapar a través del río Tumen. Fue testigo de cómo la policía china golpeaba a un grupo de niños norcoreanos de unos cinco años, y cómo un grupo de hombres arrastraba a una mujer norcoreana entre gritos desesperados. “El primero que se haga con ella, puede quedársela”, le dijo su guía. Horrorizado, y ya de regreso en Seúl, se metió en un seminario, se convirtió en pastor en 1999 y fundó de inmediato su Misión, que comenzó a operar en octubre del mismo año.

El 29 diciembre de 2001 fue detenido junto a doce norcoreanos en la frontera con Mongolia. “Me preguntaron por qué hacía este trabajo, no lo entendían”, cuenta Chun Ki Won. “¿Dónde dice La Biblia que debe ayudar a escapar a norcoreanos?”, preguntaba la policía. “No hay tales palabras, pero en el Éxodo se nos dice que tenemos que ayudar a los huérfanos, viudas y extraños. ¿Qué son ellos? Son las hijas que son vendidas delante de sus madres, las mujeres que son vendidas frente a sus maridos en China”. Pasó ocho meses en la cárcel antes de ser repatriado. Se le vetó la entrada durante diez años. Los doce norcoreanos que lo acompañaban fueron enviados a su país y diez de ellos, ejecutados.

El rescate es caro, cuesta entre 700 y 1100 euros por persona. La Misión no recibe dinero del Estado, por lo que sólo se financia con fondos de la iglesia y ayudas de terceros. Pocos misioneros hacen ya el viaje desde Yamji hasta Bangkok pues, una vez detenidos, se les prohibe la entrada en China. Ahora, los guías suelen ser norcoreanos que lo hicieron en su momento y que han aprendido el camino. Algunos piden mucho dinero por hacer el viaje, lo que puede disparar el precio hasta los 3000 euros. Así, muchos de los refugiados que alcanzan la libertad en Seúl, se ven atrapados por la deuda.

Mei llega al piso franco. Sentados en el suelo, están un grupo de mujeres y un niño. Sus compañeros de huída. Falta un día para partir. Está todo preparado, incluidos los teléfonos, las baterías y las tarjetas. Escuchan a una mujer que colabora con la Misión Durihana dar las últimas instrucciones. “Si os detienen, no delatéis a vuestros compañeros. Decid siempre que viajáis solos”. “Si nos encuentran, si nombramos a los otros, nos detienen a todos”, repite Min Chao, de ocho años. Ha aprendido el mensaje. Perdió a su padre al escapar de Corea del Norte, y su madre lo espera en Seúl. Habla con ella por teléfono. “Llegaré y te encontraré, mamá”.

Escapar de Corea del Norte (I)


Fotograma del documental de la BBC Escaping North Korea.

(Extraído del documental de la BBC Escaping North Corea).

El río Tumen se congela en invierno y se convierte en la única vía para escapar del hambre de Corea del Norte. El único puesto fronterizo con China en kilómetros a la redonda está cerrado, pero cuenta con un par de guardas que hacen la vista gorda a los contrabandistas que introducen arroz, y a los niños que cruzan la frontera para robar y pedir dinero. Todos pagan una aduana del botín. Aunque en el Norte apenas hay comida, hay mucha droga. Las patrullas que pasean por el río permiten a los contrabandistas meter heroína en China a cambio de 500 yuanes por viaje, unos 60 euros. Los mismos que trafican con droga, trafican con mujeres. Da mucho más dinero. La política de hijo único del gobierno chino ha dado como resultado que haya pocas mujeres, por lo que la población recurre al mercado negro para solucionar su demanda. Para Corea del Norte, China es un almacén de comida. Para los que escapan, una cárcel al aire libre.

En su desesperación por huir, muchas mujeres se juegan la vida en el río congelado. Hay que cruzar de noche. Desnudas, con la ropa en una bolsa por si se parte el hielo, cruzan despacio y agazapadas. Las patrullas disparan a matar y no pocos cadáveres quedan allí, sobre el río gélido. Al otro lado, en China, les espera un contacto local. Llegan tiritando, sin acertar apenas a ponerse la ropa, ateridas. No pueden perder tiempo. Si les sorprende una patrulla serán deportadas de inmediato a su país. Se meten en un coche sin saber que un intermediario ya las ha adjudicado a distintos granjeros que nunca han visto su caras. Todas cruzan para buscar una vida mejor, para escapar del hambre. Muchas de ellas, para ayudar y mandar dinero a sus familias. Casi todas acaban siendo vendidas a granjeros de la zona.

Esa es la historia de Lin. “Alguien nos recogió en un coche con otras tres chicas. Me di cuenta de que nos iban dejado una a una. Un intermediario pagó 2500 yuanes, casi 300 euros. No tenía ni idea de que me estaban vendiendo”. Lin llegó a China para trabajar y mandar dinero a su familia, que sobrevivía en Corea del Norte. Nada más llegar, fue vendida a un granjero chino por 12000 yuanes, algo más de 1400 euros.

“Tuve que dejar a mis hijos con mis padres enfermos. Mi marido se había ido de casa para salir adelante, y yo tuve que cruzar para mandar dinero a mi familia. Todos dependían de mí. Cuando me di cuenta de que me habían vendido, me escapé. Me alejé bastante en treinta minutos, pero el pueblo salió a buscarme con antorchas y en coches”. Habían pagado mucho dinero por ella, demasiado como para dejarla escapar. Pasó la noche agazapada en el arrozal congelado y evitó las carreteras.

Su huida puso a Lin en mayor peligro: las mujeres procedentes del tráfico son inmigrantes ilegales, no tienen derechos, ningún estatus legal y muy pocos amigos. Mujeres como ella en China son presas fáciles. Hay recompensas para quien las delate y las entregue a las autoridades. Fuera de los pueblos, no tienen sitio donde esconderse, por lo que acaban refugiándose en el anonimato de las ciudades.

“No tenía ni dinero ni papeles y, sin dominio del idioma, no podía hacer ni el trabajo más básico. No podía trabajar en un bar, pero necesitaba dinero. Vi un anuncio de una agencia de citas donde decía que se podían ganar hasta 3000 yuanes al mes”. Trescientos cincuenta euros para lo que resultó ser sexo a través de Internet, strip-tease online. “Cuanto más enseñas tu cuerpo, más pagan”. Así acaban la mayoría de las mujeres norcorenas: ilegales, sin dinero y con miedo a ser capturadas y repatriadas a Corea del Norte. Para la mayoría, el sexo es su única salida para ganar dinero.

Con el tiempo, Lin ha logrado que se unan a ella su hija Mei y su hijo. Viven en un pequeño piso en Yanji, una ciudad cercana a la frontera con Corea del Norte. Un piso que apenas dejan porque son fugitivas. “Si mi madre no me hubiera sacado de allí, seguiría mendigando por las calles en Corea del Norte”, dice la joven. Se la ve brava y decidida. “Odio que mi madre tenga que trabajar en esto, hemos llorado mucho. Hemos intentado otras cosas, pero nada ha funcionado”.

“Un día tuve que llevar a mi hija al trabajo y le ofrecieron trabajar allí. Es tan solo una pobre niña inocente”, cuenta Lin. Quiere algo mejor para sus hijos y no quiere ver cómo su propia hija se ve obligada a desnudarse para ganarse la vida. Por eso han tomado una decisión: Mei va a intentar escapar a Corea del Sur. Sólo hay dinero para uno de ellos. Un viaje de más de 6400 kilómetros a través de China, Laos y Tailandia. Una distancia parecida a la que hay entre Madrid y Punta Cana. Una distancia que tiene que recorrer oculta en la selva, anónima. Fuera de las carreteras y los caminos principales. Si la detienen, será repatriada a Corea del Norte. Y ya sabe cómo se las gasta la policía allí. Una vez, antes de reunirse con su madre en Yanji, la detuvieron. “Me patearon y me clavaron un destornillador por la espalda. Me dieron tal paliza, que parecía que me iban a despedazar. Después, quizás, te curan las heridas”.

(Continuación)