Silencio sobre el terror


He leído muchas críticas sobre la entrevista de Jordi Évole al etarra arrepentido Rekarte: ha dado pábulo a un terrorista. No estoy de acuerdo. Ha abierto a ETA desde dentro, como sólo desde dentro puede hacerlo un asesino… o un infiltrado de la policía. Lo malo es entrevistar a Otegi. Rekarte, en otra entrevista otorgada a Crónica de El Mundo, asegura que “Otegi no es ni mucho menos un hombre de paz, es un cobarde”. Lo inmoral es plantear una pregunta, como en el reportaje ‘¿Asesinos o mártires? No hay paz para el País Vasco’ de Walter Tauber y el español Pedro Barbadillo, donde se desliza la pregunta como una duda. Se puede, incluso, entrevistar a un etarra, siempre y cuando se desnude su miseria y se retrate lo que es.

En los peores años de ETA, las familias no hablaban de política. Era una forma de defensa. No para defenderse de los etarras, sino para no señalarse. El único éxito de ETA fue colarse en las casas para que nadie hablara de ella. Un silencio que penetró en los comedores no tras el estruendo seco de una Parabellum ni debido al estallido brutal de una bomba lapa, sino por el miedo a la exclusión social que provocaba cualquier gesto alejado de la causa, por mínimo que fuera. El exetarra Rekarte cuenta cómo él ha conocido a una mujer a la que asesinaron al marido… y los vecinos dejaron de hablar con ella. Así de esquizofrénica era la sociedad vasca. No fue, ni mucho menos, un caso aislado.

Rekarte afirma que en su casa nunca se habló de política. Es una respuesta que contextualiza al personaje: en su entorno familiar no había un ambiente radical que, casi inevitablemente, le llevara a meterse en una organización criminal como ETA. Se descarta, así, que el problema sea de cuna cuando, en realidad, es justo eso: no se ha hablado nunca de política. De ahí que, y en contra de lo que ocurre en cualquier país democrático, los asesinos en nombre de la patria vasca eran héroes: pocos padres se atrevieron a decir a sus chavales que los etarras no eran más que asesinos.