Hugo Mártir


campaa_en_caracas_fb__3318Hugo Chávez no ha muerto. Ha sido asesinado. En esto ha consistido el burdo montaje del gobierno para convertir el cáncer de Chávez en veneno imperialista: los revolucionarios mueren asesinados por el capitalismo, nunca se los lleva por delante una enfermedad. Eso es de burgueses.

Chávez se sirvió de la democracia en 1999 para llegar al poder después de intentarlo en 1992 con un golpe de Estado. La Constitución Venezolana no le habría permitido seguir en el cargo más de 10 años, así que la cambió para perpetuarse. Para lograrlo, se sirvió de un mensaje de odio y del culto a la personalidad que rodea a todo populista: el poder es del pueblo y él canaliza sus voluntades. Y lo hace de tal forma que el personaje se percibe imprescindible. Así, el poder se funde con el líder y el pueblo se confunde con él hasta el punto de gritar «Yo soy Chávez» en una noche como la de ayer en las calles de Caracas. Una simbiosis perfecta con un mensaje perverso, ya que que para él, el pueblo eran aquellos que le votaban, aquellos que le seguían. El resto, son capitalistas de un sistema que hay que derrocar y, por tanto, son elementos a los que se puede eliminar. Esta delegación ciudadana de responsabilidades es lo que ha convertido a Venezuela en el país que es hoy: una tiranía que despeña al país hacia una guerra civil.

Ojalá estuviera exagerando. En una democracia, la violencia es monopolio del Estado. Chávez revocó ese monopolio y entregó fusiles al pueblo. «El pueblo en armas», como él lo llamaba. Distintos grupos violentos que ya existían abrazaron la revolución bolivariana y el expresidente les entregó las armas. Controlan barrios enteros donde la policía no se atreve ni a entrar. Todos, sin excepción, dan por hecho que, si gana la oposición algún día, irán a por ellos. Y están dispuestos a defenderse con esas armas que ya tienen. Y a actuar antes de que eso ocurra. De esos grupos paramilitares, algunos muy radicales, han llegado incluso críticas al propio chavismo, que tiene también sus propias tensiones internas. Los venezolanos que se han ido de su país lo han hecho por la inseguridad ciudadana. Caracas es una ciudad donde la gente va de casa al trabajo y del trabajo a casa y, como mucho, a casa de unos amigos. Una ciudad donde pararse en un semáforo es jugarse la vida, y salir a determinadas horas, un auténtico suicidio. Barrios fortificados con alambres de espino y seguridad privada armada.

La abolición de la democracia

Sin embargo, el verdadero problema de Venezuela es de mucho mayor calado político. En 2004, Chávez agregó 12 cargos a los 20 del Tribunal Supremo, todos adeptos al régimen. A partir de entonces, el Ejecutivo actuó a sus anchas. Tribunales inferiores comenzaron a recibir presiones para no emitir pronunciamientos que disgustasen al gobierno, según Humans Right Watch (HRW). De hecho, una juez, María Lourdes Afiuni, fue arrestada en 2009 y pasó un año en prisión preventiva por conceder libertad condicional a un crítico del gobierno que llevaba tres años en prisión sin haber sido juzgado. Hoy, la juez está bajo arresto domiciliario. Chávez, públicamente, había exigido para ella una condena de 30 años.

Suspendió canales y medios de comunicación críticos. En el artículo 27.4 de la Ley de Responsabilidad Social en Radio, Televisión y Medios Electrónicos, se prohíbe la difusión de mensajes que:

Fomenten zozobra en la ciudadanía o alteren el orden público.

Aquella ley se ha convertido en una auténtica mordaza, como se la llamó en su momento. Aumentaron de uno a seis los canales favorables al Movimiento, donde la propaganda televisiva en torno a Chávez es absolutamente totalitaria. El culto a la personalidad y a las ideas de la revolución es nauseabunda. No se necesitan más de un par de minutos delante de ella para darse cuenta de la gravedad social que se ha construido en los últimos 15 años. Se cepilló el canal más antiguo del país, RCTV, por sus críticas a su gobierno. Así, tan sólo quedó Globovisión como medio importante. También fue a por ellos.

Nicolás Maduro, el sucesor de Chávez para las próximas elecciones que se celebrarán en un mes, dijo en 2008 que

cualquier extranjero que venga a opinar en contra de nuestra patria será expulsado de manera inmediata.

Lo dijo a propósito de la reciente expulsión de un equipo de HRW que había realizado un informe denunciando la situación de los Derechos Humanos allí.

Chávez creó un movimiento que perdurará más allá de su muerte. Un movimiento que no tiene otro objetivo que el culto a la personalidad para perpetuarse en el poder a través de la concentración de poderes manteniendo como reo al pueblo. Nunca dejarán el poder si pierden unas elecciones. Ese pueblo, ya adoctrinado, tomará las calles para que no se lo roben. Chávez ya de por sí era un icono, y ahora ha llegado el momento de mitificarlo. Y siempre es más fácil cuando se es un mártir. De ahí que se difundiera el mensaje de su asesinato por el imperialismo para, más tarde, anunciar su muerte.

Por todo lo anterior, es tan lamentable leer, por ejemplo, a Ignacio Escolar:

Como si el formalismo del voto fuera lo que define a un país como democrático. Ya dijo Tocqueville que el totalitarismo más peligroso es aquel que se disfraza de democracia. Chávez, el tirano, lo hizo a la perfección.

A vueltas con el mal (I)


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La mayoría de las personas tienen una o varias aficiones como, por ejemplo, ir al cine, hacer deporte, aprender artes marciales o construir maquetas. Yo también tengo o he tenido unas cuantas aficiones, y algunas de ellas tienen que ver con la lectura. Son algo así como temas recurrentes que, de alguna manera, van moldeando mis gustos pero que también, aunque de forma muy poco sistemática, me sirven de guía a la hora de comprar un libro o desenterrarlo por fin de alguna estantería de mi biblioteca. Últimamente me dedico entre otras cosas a indagar acerca del mal.

Al mal, como a todas las demás cosas, puede uno aproximarse intelectualmente de muchas maneras. Existe, por ejemplo, una perspectiva filosófica del mal, incluida en lo que unas veces se llama ‘moral’ y otras ‘ética’. De esta perspectiva deriva otra, no menos importante, que es la ideológica. Todas las ideologías tienen como intención principal transformar y perfeccionar de una u otra manera el mundo mediante la acción política y, para ello, necesitan establecer desde un primer momento qué o quienes son los que les dificultan esta tarea; es decir, dónde está el mal y quienes son los malos (a los que ocasionalmente hay que suprimir, a veces de forma simbólica y otras al pie de la letra). Existe también, por supuesto, la perspectiva teológica, de alguna manera ligada a la filosófica (al menos en lo que concierne a tradición occidental). Pero también la perspectiva estética, que no está exenta de un pensamiento profundo, como se ve en la literatura de Sade o de Lautremont, o también en las pinturas negras y los grabados de Goya.
A mí la que me está atrayendo sobre todo es la perspectiva alegórica (y religiosa) que se le ofrece a uno cuando decide fisgonear la etimología de algunas palabras que se relacionan con el mal, fundamentalmente en la Biblia. Desde luego, no soy un experto en la materia, de hecho ni siquiera me considero un aficionado, aunque quizás sí un entusiasta ocasional. Toda la información que busco está al alcance de cualquiera; en esto, como en otras muchas cosas, Internet es una herramienta maravillosa.

Comenzaré con la palabra ‘mal’, que viene del latín ‘malum’ y cuyo significado es el mismo que el nuestro, lo malo. Éste viene a su vez del griego ‘melas’ (μέλας) que significa negro, oscuro, y del que, por ejemplo, derivan otras palabras como ‘melanina’, y es posible que también ‘melena’, aunque esto último sea mucho más discutible (según el diccionario de la RAE, viene del árabe mulay yinah,’ amortiguadora’).
Así pues, lo que nos ha llegado como la palabra ‘mal’ es lo oscuro, lo tenebroso y lúgubre. Para los griegos, sin embargo, el mal era llamado ‘to kakon’ (τό κακόν) y parece ser que tenía que ver con la imperfección y la fealdad. Si bien no parece haber derivado en ninguna palabra española que tenga que ver directamente con el mal, su esencia sí que ha perdurado, y la fealdad o la imperfección han sido muchas veces tomadas tanto en la literatura como en la tradición popular como sinónimo de maldad. De forma análoga, un alma fea o imperfecta es también un alma malvada.
En Grecia, al malvado se le llamaba ‘ kakós’ (κακός), y este fue el nombre que la mitología asignó al hijo de Hefesto, el cual destacó por su crueldad así como por la afición que tenía de robarle el ganado a sus paisanos. Kakós fue llamado Cacus en latín, y en español Caco, que desde entonces se relacionó con ‘ladrón’.
Otra palabra que tiene que ver con ‘kakon’ es cacofonía (κακοφωνία) la cual significa disonante, es decir, sonido imperfecto, un mal sonido. De esto mismo, de componer cacofonías, acusó Stalin a Sostakovich tras escuchar Lady Macbeth de Mensk… Parece ser que no le gustó demasiado la obra.

En la foto: ‘Hércules y Caco’, de Hendrick Goltzius.

Nasciturus, nascituri (y IV): Religión y convicción


Civil Rights Marchers with "I Am A Man" Signs

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En las anteriores entradas he intentado aclarar que no existe ningún criterio científico ni jurídico para definir al ser humano. Es más, no hace falta darle muchas vueltas al asunto para darse cuenta de que en realidad no existe ningún criterio, sea el que sea, para poder hacerlo. Podemos decir que la condición humana es un valor que Dios le concede al hombre o que el hombre se concede a sí mismo, estableciendo así su propio criterio moral. Que cada uno elija a su gusto pues, para lo que nos interesa en este caso, se trata del mismo valor: aquel sin el cual los derechos humanos dejan de tener sentido. Así pues, no tenemos más remedio que apañarnos e intentar estar a la altura de las circunstancias, decidiendo por nuestra cuenta lo que es humano y lo que no, pero sobre todo procurando acertar, pues en ello nos va nada menos que nuestra humanidad.

Sobre este asunto Arcadi Espada asegura que cuando la ciencia no llega a ninguna conclusión todo se reduce a una cuestión de creencias. Desde luego, desde cierto punto de vista, todo es una cuestión de creencias, pero siempre y cuando estemos dispuestos a aceptar que eso de tomar la ciencia como la medida de todas las cosas es también otra creencia. Sin embargo, aún decidiendo aceptar esto -que vale tanto o tan poco como decir que ‘todo argumento es una opinión’-, lo que no se puede hacer es suponer que todas las creencias son iguales. En el caso de Arcadi Espada, por ejemplo, parece ser que la creencia en la ciencia destaca sobre todas las demás. Pero lo mismo podríamos decir de cualquier otra postura, siempre y cuando se tengan razones para defenderla.

Eso de que las creencias, por el simple hecho de serlo, tengan que ser irracionales es la más irracional de todas las creencias. Pues, de hecho, ellas fundamentan nuestros razonamientos, los cuales deben partir siempre de alguna premisa indemostrable. Por otro lado, no se puede decir que creer en Dios sea lo mismo que creer en los derechos humanos pues, entre otras cosas, la gente no suele arrodillarse a rezarle a los derechos humanos, por mucho que algunos estén dispuestos a defenderlos incluso con su vida. Es decir, que una cosa es la religión y otra las convicciones, religiosas o no. Pero ni siquiera la religión es un asunto irracional, pues un mandamiento como ‘no matarás’ o ‘no robarás’ no es ni irracional ni arbitrario, mientras que otro como matarás al judío o despreciarás al pijo de Serrano (por poner un ejemplo menos trágico) sí que lo es, además de inmoral, y sólo puede ser el origen de pensamientos absurdos.

Así pues, no todas las convicciones son iguales. Por eso, cuando a Arcadi Espada le parecen (¿o denuncia?) equivalentes la ‘creencias’ de Rouco Varela y Bibiana Aído -porque en el fondo, según parece, no son más que eso, creencias-, está haciendo un juicio muy poco acertado. Pues, si bien es cierto que ambos parten de posiciones diferentes, de lo que aquí se trata en realidad es de la necesidad de tomar una decisión respecto a qué significa eso de ser humano. Y esta decisión debe argumentarse a partir de una convicción que sí se supone común a ambas partes: la de que es mejor tener derechos humanos a no tenerlos, incluido el derecho a la vida. Efectivamente, los derechos humanos no son más que otra convicción fundamental, otra ‘creencia’ de la que, que yo sepa, la ciencia no ha podido dar un sólo argumento a favor o en contra. Ni falta que hace.

Si Rouco dijera que el estado no debe tolerar el aborto porque la religión lo prohibe y Bibiana asegurara que sí debe tolerarlo porque la ciencia lo permite, estaríamos efectivamente ante dos creencias dogmáticas. Sin embargo, tanto el uno como la otra deben ser conscientes de que ni están hablando sólo para los católicos ni tampoco para los ‘creyentes de la ciencia’, así que no les queda más remedio que argumentar su postura. Y, según cómo sean sus argumentos, así serán de creíbles sus convicciones.

En cuanto a mí respecta, he llegado a la convicción de que eso de considerar que un feto de catorce semanas no sea humano, además de ser un juicio totalmente arbitrario, en vez de ayudar daña. Y, por extensión, estoy convencido de que utilizar semejante premisa para justificar la ley del aborto significa, en definitiva, escudarse en argumentos ideológicos que sólo podrán compartir aquellos que ‘crean’ con fe ciega en la liberación sexual de la mujer o en el progreso por encima de todas las cosas.

Primero porque, si se hace por prudencia (dado que la ciencia no ha dado ‘todavía’ con una respuesta definitiva), ¿qué mayor prudencia que la de aceptar la condición humana desde el mismo momento de la concepción? Así seguro que siempre se acierta y se hace un bien mayor.

Segundo porque, al decidir que un ser no puede ser humano hasta que se haya desarrollado ‘lo suficiente’, el mismo concepto de humanidad deja de ser un hecho absoluto, abriéndose la posibilidad de poder medir el grado de humanidad en las personas. ¿Cuál es entonces el criterio de humanidad? ¿La viabilidad del feto? Si es así, todo aquel que dependa de una medicina para seguir viviendo pierde cierta humanidad. ¿Será entonces un criterio efectivo el que el feto haya desarrollado por fin su cerebro o un sistema nervioso en un momento determinado de la gestación? Concedamos esto y todo aquél que tenga alguna lesión cerebral o sea parapléjico se volverá menos humano. Y así podríamos seguir con un largo etcétera de ‘razones’ que, por lo general, nos llevarían a la siguiente conclusión: si la humanidad sólo se adquiere por el simple hecho de desarrollarse, forzosamente la tendremos que perder al envejecer y deteriorarnos.

Todo esto es absurdo. O la humanidad es un concepto absoluto o deja de tener sentido. Pero si es absoluto, lo lógico es que también lo sea en el tiempo, a lo largo de toda la biografía del hombre, es decir, desde el momento mismo de su concepción. Al llamarnos humanos no estamos haciendo cualquier cosa, pues nombrar significa dotar a lo nombrado de un valor determinado. Así, al hacerlo nos estamos concediendo el valor más grande de todos pero, si no lo hacemos de manera adecuada, también nos lo estaremos negando. Por lo tanto, si no admitimos que un feto sea humano en sus primeras semanas de gestación, no sólo deshumanizamos al feto sino que también nos deshumanizamos a nosotros mismos. Tal es el peligro de relativizar la humanidad.