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Escapar de Corea del Norte (y III)


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Fuente: Ministerio de Unificación de Corea del Sur.

Segunda parte

El grupo de norcoreanos está preparado para salir. El pequeño Min Chao se despide con lágrimas. De acuerdo con el plan, llegan a la estación en el último minuto, justo antes de que salga el tren hacia el sur. Les espera un viaje de dos días hasta Kunming, una ciudad de unos cuatro millones de habitantes al sur de China, cerca de la frontera con Laos. Con el tren ya en marcha, se dan cuenta de que se ha subido una patrulla de la policía. Se ven obligados a esconderse. Afortunadamente, no los ven.

En Seúl, el pastor Chun se dispone a viajar en avión a Tailandia para prestarles ayuda en caso de que logren alcanzar Bangkok. “Las posibilidades de éxito son de un 50%”, afirma el pastor. “Nunca les decimos lo difícil que será, no vendrían si lo hiciéramos”. El peligro no se limita a China. Si la policía de Laos los detiene, también los deportarán a Corea del Norte. Sólo estarán a salvo cuando crucen la frontera con Tailandia. “Si estos países cooperaran podríamos ayudar a mucha más gente, pero estos países están en contra de lo que hacemos. Los arrestarán allá donde vayan, hay peligro por todas partes”.

Una vez en Kunming, se suben a un minibus en dirección a la frontera de China con Laos. Pero está muy vigilada, piden identificación a todo el que entra y sale. “Estoy muy nerviosa”, dice Mei, “tanto que siento que nos van a detener. Si me cogen, me suicidaré”. Los guías deciden que cruzar la frontera por donde tenían pensado es demasiado arriesgado, por lo que tienen que buscar una ruta alternativa a través de la jungla. Se desvían por una carretera secundaria y, ya de noche, llegan a un refugio donde pasarán la noche. Por si la cogen, Mei graba un mensaje para su madre y su hermano en una cámara de vídeo.

Al día siguiente, con las primeras luces, antes incluso de que se divise el sol, el grupo se pone en marcha. Cruzan la frontera con Laos a través de la selva, alejados de patrullas. “Adiós China, gracias por la hospitalidad”, ironiza una integrante del grupo. “No pienso volver”, se alegra otra. El terreno aquí es más duro. La selva es cerrada, no se ve el sol. Hay riachuelos que cruzar constantemente, lo que obliga a caminar con los pies mojados durante horas hasta que alcanzan una carretera donde les espera el minibus en el que iban. El conductor, con los papeles en regla, ha cruzado solo la frontera sin problemas.

El viaje comienza a pasar factura: el pequeño Min se ha puesto enfermo. Le dan pastillas y más tarde se detienen en un puesto para comer. Se curan picaduras de mosquitos con ungüentos, pues no pueden arriesgarse a pedir ayuda médica y que los delaten. Intentan dar a Min de comer con una cucharilla, pero él aprieta los ojos y se agarra fuerte la garganta por el dolor mientras exclama que no puede tragar. Mei vomita. También se ha puesto enferma. Pero es fuerte: “Merece la pena”, se dice, “merece la pena para ser libre”. Tienen que aguantar. Ya sólo quedan 70 kilómetros para enfrentarse a su último obstáculo, el río Mekong. Si lo cruzo, mi vida cambiará por completo”, dice Mei. “Estoy tan orgullosa de lo que he logrado hasta ahora que no sé si seré capaz de enfrentarme a todo de la misma manera de ahora en adelante”.

El autobús se detiene y el grupo baja. Es noche cerrada, sólo se escuchan los ruidos de la selva. Están al borde del río y, al otro lado, pueden ver las luces de Tailandia. Uno a uno, suben a un bote de madera. El guía insiste en que deben hacerlo por el centro, con cuidado para que no vuelque. Entre las maderas se puede ver el agua. “Si volcamos, morimos todos”, susurra el guía. Hay cocodrilos merodeando por debajo de la barca. También hay patrullas recorriendo el río. Por fin, la barca toca tierra en Tailandia. Y ponen, por primera vez en su vida, un pie en la libertad.

Por la mañana, Mei llama a su madre. “Has rezado por mí y he llegado a salvo”, solloza. Por fin, ya en Bangkok, pueden entrar en la embajada de Corea del Norte y declararse desertores.

Meses después, su madre y hermano se reunieron con ella en Seúl. Min Chao encontró a su madre. Su viaje en busca de la libertad comenzó cruzando un río. Y en un río acabó.

De Poder a Poder


Baltasar Garzón, exjuez estrella que ilumina el camino.

La carta enviada por Baltasar Garzón y unos amigos suyos a la Conferencia Política del PSOE podría tener fecha de 1977 y no habrían cambiado ni una coma. Es perfecta para los tiempos que corren, los que corrieron y, si nadie lo remedia, para los que correrán. El anquilosamiento de la izquierda comienza a ser tan preocupante como su ceguera, la misma que les permite ver su evolución hacia la casilla de salida como progresos de la humanidad.

La carta vale su peso en Garzón, es decir, en Chavalín™, como magistralmente lo ha rebautizado José Antonio Montano. Es decir, vale poco. O mucho, según se mire, pues permite comprobar, negro sobre blanco, que el despropósito de las ideas, o de la carencia de ellas, sigue tan vigente como antaño. Y que la izquierda escarmentada sigue casi huérfana. Es una carta redactada a la contra, como siempre, a la contra de la derecha, claro. Ya se sabe que en este país la izquierda nunca ha gobernado pues, en cuanto gana las elecciones, lo hace todo mal, es decir, hace cosas de derechas. La izquierda, por tanto, sólo sabe hacer oposición. En eso eran expertos, pero con Rubalcaba al frente es complicado enfrentarse no ya a la derecha, sino a dos periodos de gobiernos socialistas, que se dice pronto.

En uno de ellos participó el Chavalín™. Guardó en un cajón los expedientes de corrupción y del GAL para ir de número dos en las listas del PSOE en las elecciones de 1993. Pasó del Judicial al Legislativo y al Ejecutivo con el cargo de delegado del Gobierno en el Plan Nacional sobre Drogas. No le gustó el trato dispensado y, en un ataque de señorona digna, lo dejó todo un año después para desempolvar los expedientes y acabar con los huesos de la cúpula de Interior en la cárcel. Años más tarde, en una entrevista con María Antonia Iglesias en El País, reconoció que se equivocó al pensar que “una persona sola consiguiera la solución de problemas que estaban en pleno apogeo, como la corrupción”. Leída hoy, la entrevista es como la carta de antes de ayer: resiste el tiempo como las momias. Lean, si no, su primera respuesta:

Yo nunca me he considerado un juez estrella, pero acepto esa denominación porque me gusta darle a las cosas un enfoque positivo, y cuando se habla de estrella prefiero pensar en algo que da luz, que ilumina…

Sí, y da esplendor, Chavalín™. La carta es un lobby de sí mismo. Se ha proclamado representante de causas políticas que sólo la izquierda más desnortada quiere remover. Una carta de mal gusto donde se afirma que “el ejecutivo ha dejado en las cunetas del olvido a las víctimas de la dictadura y evita la recuperación de nuestra memoria, elemento clave para el reencuentro con nuestra dignidad como pueblo”. Cunetas del olvido, los abajofirmantes. Cunetas. Casualmente, ayer, ¡qué oportuna coincidencia!, al Chavalín™ le tocó denunciar ante la ONU el abandono español a las víctimas del franquismo.

En 2012 fue condenado por prevaricación y sentenciado a “once años de inhabilitación especial para el cargo de juez o magistrado” en lo que la izquierda en bloque -y el propio juez- vieron un contubernio de la derecha contra él. Ahora manda cartas como quien envía currículums. Morriña de poder, quizás. Sería chocante, y extremadamente indecente, que el PSOE viera en él algo de luz. Algo falla si un condenado de un Poder del Estado por el ejercicio de sus funciones puede ejercer un cargo en otro de sus Poderes. Algo falla cuando un juez condenado puede acabar de ministro de Justicia.

Cartas paralelas


Arcadi Espada se hace eco en su nuevo blog de la respuesta de Richard Buty, jefe de estudios del Liceo Francés, a una madre de un alumno sobre los motivos por los que no se utiliza el catalán en las comunicaciones del colegio. Una respuesta de una “claridad tan cartesiana que me pone al borde de las lágrimas, como solo lo hace el apogeo de la razón”, escribe el periodista. La noticia publicada en Vilaweb señala que el Liceo Francés discrimina al catalán (entiéndase el idioma, que los hay aficionados al lío). Dicha discriminación se produce porque las comunicaciones con los padres se envían en francés y castellano, pero nunca en catalán. Un hecho notablemente sorprendente para la mujer, de nacionalidad francesa pero bien acostumbrada a las estrechas tráqueas del nacionalismo. Vilaweb ha tenido acceso a los correos y los ha transcrito, al menos en parte. Éste es el párrafo dedicado al segundo correo de la mujer:

La madre escribió un segundo correo para insistir en la misma petición y argüía que el catalán era la lengua propia del país y que sería normal que fuera utilizada ‘no en todos los casos, pero sí en las comunicaciones a los padres, además del español, como gesto de cortesía y respeto’. También apuntaba que, teniendo en cuenta el momento político que vive el país, una política de equilibrio entre el uso del español y del catalán sería más prudente, justa y respetuosa hacia las diversas sensibilidades’. Finalmente, después de solicitar un encuentro para tratar la cuestión, añadía: ‘Probablemente no soy la única que piensa eso y mi carta debería ser suficiente para que considerara su respuesta y se pudiera abordar el marco jurídico al que se refiere desde otro punto de vista, la sensibilidad a la diferencia, que puede resumirse en términos de tolerancia y respeto a la diversidad’.

Es un párrafo magnífico. Una concentración de lemas vanguardistas del pensamiento nacionalista: el discurso aprehendido de una francesa. La utilización de la lengua como un elemento cultural al servicio de la política que extingue el fenómeno primario del lenguaje, comunicarse para entenderse. Se aprecian los consejos condescendientes, con el mismo tono que el nacionalismo, esos con los que no se puede estar en desacuerdo porque tratan del respeto, la cortesía, la tolerancia y la diversidad. Todo son bondades con smiley. ¡Cómo negarse! Pero ante las bondades hay que reaccionar con los significados. Es decir, con la verdad. Como dice Nacho Escobar, quien de vez en cuando escribe aquí,

estoy absolutamente seguro de lo que opino y sin embargo acepto sin ningún problema que haya gente que no esté de acuerdo conmigo. En esto, y no en otra cosa, consiste la tolerancia. Es evidente que si todos fuésemos capaces de convencer y de ser convencidos no haría falta ser tolerantes en absoluto: simplemente, estaríamos todos de acuerdo.

Es una pena la poca empatía de las voces del nacionalismo, una pena que no envíen cartas como la de la mujer exactamente iguales a la Generalitat, la responsable de la educación pública. Una pena que no haya párrafos idénticos al de la preocupada madre francesa acompañados con sentencias de los distintos tribunales de justicia que obligan a la Administración a cumplir una ley que se salta. Una pena, digo, la falta de empatía. De lo contrario esas cartas también recogerían párrafos como éste:

La madre escribió un segundo correo para insistir en la misma petición y argüía que el castellano era la lengua común en todo el país y que sería normal que fuera utilizada ‘no en todos los casos, pero sí en las comunicaciones a los padres, además del catalán, como gesto de cortesía y respeto’. También apuntaba que, teniendo en cuenta el momento político que vive el país, una política de equilibrio entre el uso del español y del catalán sería más prudente, justa y respetuosa hacia las diversas sensibilidades’. Finalmente, después de solicitar un encuentro para tratar la cuestión, añadía: ‘Probablemente no soy la única que piensa eso y mi carta debería ser suficiente para que considerara su respuesta y se pudiera abordar el marco jurídico al que se refiere desde otro punto de vista, la sensibilidad a la diferencia, que puede resumirse en términos de tolerancia y respeto a la diversidad’.

Quizás un día escriban algo así en nombre del respeto, la cortesía, la tolerancia y la diversidad.

Desenterrando a Franco


Vuelve el PSOE a la carga con la recurrente idea de llevar los huesos de Franco a un lugar más humilde, si fuera por ellos, a una cuneta, que es donde debió morir, y no en una plácida cama 35 años después de una dictadura en la que ellos jugaron la carta silente. Cualquier día se encontrarán con que la derecha les hará caso como el padre desesperado que calla al niño con un helado, y esa brecha infantil que encuentran para deslegitimar al Partido Popular a través del dictador quedará completamente erosionada, si no lo está ya por el paso del tiempo.

El PSOE no quiere mover lo que queda de él. Es una pose política que desgrava ante la ciudadanía, que desvía de asuntos verdaderamente importantes, como por ejemplo, la raquítica situación del partido. Ataca al enemigo con una batida por Abantos como si fueran makis cuando, lo que de verdad está en juego, en su juego, está en Ferraz. Y esperan, como siempre, que todos miremos el dedo.

Hay algo de política cavernaria en todo esto, muy a juego con la cripta del Valle. Franco está donde está. El paseo de más de 260 metros desde la entrada hasta la lápida da una idea del aspecto grandilocuente del personaje, de la gesta heroica que tenía de sí mismo. Franco debe permanecer enterrado rodeado de la vacua altisonancia de la que se rodea para medir el personaje en su justo valor histórico. Para recordarnos que, al final, todos nos quedamos en los huesos. Merece su sitio junto a José Antonio Primo de Rivera para recordarnos los puñales y las traiciones. Aunque sean intelectuales. Y nos lo merecemos nosotros, los jóvenes españoles, que tenemos muy vencidas una guerra que no luchamos y una dictadura que no vivimos. Los que no nos empeñamos en vencer al dictador después de muerto, los que no pensamos que, delante de los grises, se corría mejor. No hace falta abrir un libro para darse cuenta, basta con un viaje a El Escorial.

Que no lo muevan. Ganó una guerra terrible y sobrevivió a la política. Que no se equivoquen con una última gloria, guardándolo en la cuneta.

Justicia en el armario


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Boston, 28 de marzo de 1999.

Los hechos son los siguientes: una mujer conoce a un hombre y pasa la noche con él. Éste comenta que tiene armas en el armario. Por la mañana él se marcha a por el desayuno. Ella despierta poco después y se encuentra encerrada por el tipo de puerta del domicilio, que no puede abrir desde dentro. Asocia el comentario de las armas a la puerta cerrada y llama asustada a la policía, pensando que ha sido secuestrada. La policía se presenta en la casa y abre la puerta y libera a la supuesta rehén. Ella les menciona el asunto de las armas, la policía fuerza el armario con una palanca y se encuentra con una monja apuñalada treinta veces. Poco después, el asesino, camino de su casa con el desayuno, es detenido y acusado de secuestro y asesinato.

Hay mucha presión social para que el asesino sea condenado. Es el típico crimen que abre las noticias. Incluso sus abogados, obligados a defenderlo por la juez de la sala, son increpados e insultados. Los llaman asesinos. Aunque lo quieren ver entre rejas tanto como la juez y la fiscalía, su trabajo es dar a su cliente la mejor defensa posible.

La acusación de secuestro no se sostiene: primero, porque él mismo volvía a la casa con el desayuno; segundo, porque la supuesta secuestrada no estaba atada y podía moverse por toda la casa con libertad; y tercero, porque funcionaba el teléfono, lo que permitió a la supuesta víctima llamar a la policía.

No parece que se pueda librar del cargo de asesinato. En apariencia, es un caso claro. Pero hay un error: la policía condujo un registro ilegal, por lo que el contenido del armario puede no ser válido de acuerdo con la Cuarta Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos. De ser así, el asesino quedará en libertad. La defensa argumenta que la Cuarta Enmienda -que limita las situaciones en las que un registro puede realizarse- ha sido violada, pues la situación de urgencia que permite el registro de la policía sin orden judicial acabó con la liberación de la mujer y que el registro posterior no debía de haberse realizado sin una orden. Podían haber precintado la casa, pedir una orden y abrir el armario. Pero el policía que acudió a la casa, joven en inexperto, no lo hizo.

Ésta fue la decisión de la juez.

Coincido con la señorita Gamble [fiscal]: No hay nada en el texto de la Cuarta Enmienda que exija una orden judicial. Ni hay nada que diga que las pruebas ilegalmente obtenidas deban excluirse. Esas decisiones son una respuesta de los tribunales a la falta de confianza en la policía. También sé que los tribunales están dispuestos a ajustar sus ideas a los nuevos tiempos. Se registran maletas en los aeropuertos sin una orden judicial, pasamos a la gente por detectores de metales. En California hay que dar las huellas dactilares para el carnet de conducir, el Departamento de Transportes tiene una prueba de drogas obligatoria. Hacemos muchas cosas abusivas contra el pueblo, no sólo sin una orden, sino sin la menor sospecha de que haya delito. Entonces, ¿por qué no puede un agente de policía al que le dicen que hay armas en el armario de un delincuente fichado, un hombre que fue sospechoso de secuestro, por qué no puede ese agente abrir el armario? Estoy totalmente de acuerdo con la fiscal: la Cuarta Enmienda ha sido interpretada y ampliada por los tribunales hasta el punto de traicionar tanto al texto como a la intención de la enmienda, que es la racionalidad. Pero también soy consciente de que los fallos del Tribunal Supremo sobre este tipo de registros han fijado normas muy claras. Y aunque me gustaría rebelarme, nuestro sistema judicial no tiene absolutamente nada que hacer si los propios jueces se suman a la anarquía judicial. El registro del armario fue ilegal. El contenido es inadmisible. Una vez suprimido el contenido, no veo causa probable para retener al acusado. Queda en libertad.

Hoy no es día de deseos. Es día de leyes, que son la única justicia.

El chupacabras espanyolista


Cataluña puede respirar aliviada. Poco a poco, después de unas de semanas de cacería incesante, los vecinos podrán recuperar su día a día. Las escuelas volverán a abrir mañana, igual que los comercios y los hoteles rurales. Los partidos atrasados de tercera regional tendrán que esperar un poco, a ver qué días quedan libres. Los lugareños llevaban semanas escondidos en sus casas, sin atreverse a salir. “Sólo hemos salido para comprar leche y pan”, decía Pere, el cabrero de Santpedor. “El turismo se ha resentido. No ha venido nadie y han cerrado los restaurantes”, comentaba un hostelero de la zona, todavía con el susto en el cuerpo. Las pérdidas son millonarias.

dscn3640Como recordarán, hace unas semanas comenzaron una serie de extraños sucesos inexplicables en los alrededores de los famosos “200 municipis per le independència”, punta de lanza del nacionalismo catalán. “Nunca había visto nada igual”, recuerda una señora del lugar. “Una noche, escuchamos ruidos alrededor de casa. No le dimos demasiada importancia. Pensamos que sería cualquier alimaña, o un perro salvaje de esos que husmean por las basuras. Mi marido comentó que sería un charnego, pero yo le dije que de esos no había por aquí, que su hábitat natural es el cinturón de Barcelona y Tarragona”. La mujer se conmueve: “A la mañana siguiente nos encontramos una pintada rojigualda en una señal de tráfico situada en la carretera, justo a la salida de la Masía. ¡Qué espanto!”, recuerda la anciana con pavor. Corrieron a avisar al resto de vecinos, concentrados, como es habitual, en sus quehaceres diarios en el bar del pueblo. Nadie les creyó hasta que enseñaron una foto. Entonces, el Ayuntamiento de Santpedor convocó una reunión urgente. Varias batidas de vecinos no dieron resultado. Luego se unieron los mossos d’escuadra. Todo fue inútil, salvo aquellas pinturas salvajes, no había ni rastro.

Comenzaron a recorrer historias de municipio en municipio sobre el que pasó a llamarse el ‘chupacabras españolista’. Se contaba de él que podía devorar niños catalanes como si fueran calçots. Llegaron ufólogos del Ayuntamiento de Barcelona. Durante días, los informativos de TV3 abrían día y noche con nuevas historias de vecinos que aseguraban haberlo visto. Unos aseguraban que iba a cuatro patas; otros que lo vieron a dos con unos largos cuernos y un gran rabo por detrás. “¡Parece un judío!” exclamaba algunos; “¡No!”, respondían otros, “¡parece español!”. Los vecinos vivían aterrados; los mossos, impotentes. Julia en la Onda echaba humo. Incluso Carme Chacón hizo una emotiva declaración apelando a la tranquilidad desde la Venice Pool de Miami.

Se acercaba el 12 de octubre, día de la celebración de la españolada. En Cataluña se da la paradoja, desde 1714, de que cada año se celebra el día nacional del país vecino, España. Es un asunto que preocupa a las autoridades desde hace casi 300 años y no encuentran solución. Las pintadas de Santpedor hacían presagiar una invasión bárbara, por lo que se montó un dispositivo especial de seguridad en los alrededores del pueblo, cuna por cierto, de Pep Guardiola, el tirolés de Munich nacido en este “país pequeñito de ahí arriba”.

En la madrugada del once de octubre, la policía pilló a un tipo, natural de la localidad, pintando una señal de tráfico. Consiguió huir al trote, pero dejó allí su vehículo, donde se encontraron aerosoles fascistas. Al día siguiente, el joven quiso recoger su coche en dependencias policiales, pero se le detuvo porque el muy españolazo todavía tenía restos de pintura rojigualda en los dedos. Será acusado de un delito continuado de daños. Fuentes policiales han rehusado hacer cualquier comentario sobre procesar por los mismos cargos a los que dibujan esteladas en las paredes. “Tienen licencia de artista patriótico”, aclara el concejal de cultura.

En un comunicado oficial, el ayuntamiento ha aclarado que

el imputado es un joven de 28 años de ideología espanyolista.

Mientras el municipio recupera poco a poco el ritmo de convivencia heterogénea, sus vecinos no dejan de preguntarse cómo es posible que un vecino, uno de los suyos, haya sufrido esa transformación. Unos culpan a esa novia suya de Lloret con la que salió unos meses; otros, a un viaje que hizo a Barcelona donde se perdió en L’Hospitalet. Los más ancianos, simplemente, dicen que es que es del Espanyol.

Escapar de Corea del Norte (II)


(Primera parte)

Mei se recoge el pelo en una coleta y se coloca una gorra oscura. Ha preparado una mochila hasta arriba. “Es importante que esté llena”, asegura. “Si hay que correr, las cosas no pueden ir dando botes”. Se despide de su madre y de su hermano con abrazos y con un saludo militar con cierta dejadez, sonriendo, como si fuera a regresar en un rato. Se echa a la noche. Para ella es más segura. Llueve y saca el paraguas. A los pocos minutos, no puede reprimir las lágrimas y llama a su madre desde el móvil. “Siento no haberme despedido como es debido, y siento haberme portado mal”, solloza. “No te preocupes, estaré bien”, balbucea entre lágrimas. Se detiene, no puede llorar y caminar a la vez.  “Cuídate mamá, no llores”, gime quebrada.

Se dirige a un piso franco donde otros norcoreanos también han preparado su huida. Los únicos amigos que tienen es una red tejida por el pastor Chun Ki Won a través de la Misión Durihana, a miles de kilómetros de allí, en Seúl. En 1995 viajó por negocios a China y pudo ver el cuerpo helado de un norcoreano que había intentado escapar a través del río Tumen. Fue testigo de cómo la policía china golpeaba a un grupo de niños norcoreanos de unos cinco años, y cómo un grupo de hombres arrastraba a una mujer norcoreana entre gritos desesperados. “El primero que se haga con ella, puede quedársela”, le dijo su guía. Horrorizado, y ya de regreso en Seúl, se metió en un seminario, se convirtió en pastor en 1999 y fundó de inmediato su Misión, que comenzó a operar en octubre del mismo año.

El 29 diciembre de 2001 fue detenido junto a doce norcoreanos en la frontera con Mongolia. “Me preguntaron por qué hacía este trabajo, no lo entendían”, cuenta Chun Ki Won. “¿Dónde dice La Biblia que debe ayudar a escapar a norcoreanos?”, preguntaba la policía. “No hay tales palabras, pero en el Éxodo se nos dice que tenemos que ayudar a los huérfanos, viudas y extraños. ¿Qué son ellos? Son las hijas que son vendidas delante de sus madres, las mujeres que son vendidas frente a sus maridos en China”. Pasó ocho meses en la cárcel antes de ser repatriado. Se le vetó la entrada durante diez años. Los doce norcoreanos que lo acompañaban fueron enviados a su país y diez de ellos, ejecutados.

El rescate es caro, cuesta entre 700 y 1100 euros por persona. La Misión no recibe dinero del Estado, por lo que sólo se financia con fondos de la iglesia y ayudas de terceros. Pocos misioneros hacen ya el viaje desde Yamji hasta Bangkok pues, una vez detenidos, se les prohibe la entrada en China. Ahora, los guías suelen ser norcoreanos que lo hicieron en su momento y que han aprendido el camino. Algunos piden mucho dinero por hacer el viaje, lo que puede disparar el precio hasta los 3000 euros. Así, muchos de los refugiados que alcanzan la libertad en Seúl, se ven atrapados por la deuda.

Mei llega al piso franco. Sentados en el suelo, están un grupo de mujeres y un niño. Sus compañeros de huída. Falta un día para partir. Está todo preparado, incluidos los teléfonos, las baterías y las tarjetas. Escuchan a una mujer que colabora con la Misión Durihana dar las últimas instrucciones. “Si os detienen, no delatéis a vuestros compañeros. Decid siempre que viajáis solos”. “Si nos encuentran, si nombramos a los otros, nos detienen a todos”, repite Min Chao, de ocho años. Ha aprendido el mensaje. Perdió a su padre al escapar de Corea del Norte, y su madre lo espera en Seúl. Habla con ella por teléfono. “Llegaré y te encontraré, mamá”.

Escapar de Corea del Norte (I)


Fotograma del documental de la BBC Escaping North Korea.

(Extraído del documental de la BBC Escaping North Corea).

El río Tumen se congela en invierno y se convierte en la única vía para escapar del hambre de Corea del Norte. El único puesto fronterizo con China en kilómetros a la redonda está cerrado, pero cuenta con un par de guardas que hacen la vista gorda a los contrabandistas que introducen arroz, y a los niños que cruzan la frontera para robar y pedir dinero. Todos pagan una aduana del botín. Aunque en el Norte apenas hay comida, hay mucha droga. Las patrullas que pasean por el río permiten a los contrabandistas meter heroína en China a cambio de 500 yuanes por viaje, unos 60 euros. Los mismos que trafican con droga, trafican con mujeres. Da mucho más dinero. La política de hijo único del gobierno chino ha dado como resultado que haya pocas mujeres, por lo que la población recurre al mercado negro para solucionar su demanda. Para Corea del Norte, China es un almacén de comida. Para los que escapan, una cárcel al aire libre.

En su desesperación por huir, muchas mujeres se juegan la vida en el río congelado. Hay que cruzar de noche. Desnudas, con la ropa en una bolsa por si se parte el hielo, cruzan despacio y agazapadas. Las patrullas disparan a matar y no pocos cadáveres quedan allí, sobre el río gélido. Al otro lado, en China, les espera un contacto local. Llegan tiritando, sin acertar apenas a ponerse la ropa, ateridas. No pueden perder tiempo. Si les sorprende una patrulla serán deportadas de inmediato a su país. Se meten en un coche sin saber que un intermediario ya las ha adjudicado a distintos granjeros que nunca han visto su caras. Todas cruzan para buscar una vida mejor, para escapar del hambre. Muchas de ellas, para ayudar y mandar dinero a sus familias. Casi todas acaban siendo vendidas a granjeros de la zona.

Esa es la historia de Lin. “Alguien nos recogió en un coche con otras tres chicas. Me di cuenta de que nos iban dejado una a una. Un intermediario pagó 2500 yuanes, casi 300 euros. No tenía ni idea de que me estaban vendiendo”. Lin llegó a China para trabajar y mandar dinero a su familia, que sobrevivía en Corea del Norte. Nada más llegar, fue vendida a un granjero chino por 12000 yuanes, algo más de 1400 euros.

“Tuve que dejar a mis hijos con mis padres enfermos. Mi marido se había ido de casa para salir adelante, y yo tuve que cruzar para mandar dinero a mi familia. Todos dependían de mí. Cuando me di cuenta de que me habían vendido, me escapé. Me alejé bastante en treinta minutos, pero el pueblo salió a buscarme con antorchas y en coches”. Habían pagado mucho dinero por ella, demasiado como para dejarla escapar. Pasó la noche agazapada en el arrozal congelado y evitó las carreteras.

Su huida puso a Lin en mayor peligro: las mujeres procedentes del tráfico son inmigrantes ilegales, no tienen derechos, ningún estatus legal y muy pocos amigos. Mujeres como ella en China son presas fáciles. Hay recompensas para quien las delate y las entregue a las autoridades. Fuera de los pueblos, no tienen sitio donde esconderse, por lo que acaban refugiándose en el anonimato de las ciudades.

“No tenía ni dinero ni papeles y, sin dominio del idioma, no podía hacer ni el trabajo más básico. No podía trabajar en un bar, pero necesitaba dinero. Vi un anuncio de una agencia de citas donde decía que se podían ganar hasta 3000 yuanes al mes”. Trescientos cincuenta euros para lo que resultó ser sexo a través de Internet, strip-tease online. “Cuanto más enseñas tu cuerpo, más pagan”. Así acaban la mayoría de las mujeres norcorenas: ilegales, sin dinero y con miedo a ser capturadas y repatriadas a Corea del Norte. Para la mayoría, el sexo es su única salida para ganar dinero.

Con el tiempo, Lin ha logrado que se unan a ella su hija Mei y su hijo. Viven en un pequeño piso en Yanji, una ciudad cercana a la frontera con Corea del Norte. Un piso que apenas dejan porque son fugitivas. “Si mi madre no me hubiera sacado de allí, seguiría mendigando por las calles en Corea del Norte”, dice la joven. Se la ve brava y decidida. “Odio que mi madre tenga que trabajar en esto, hemos llorado mucho. Hemos intentado otras cosas, pero nada ha funcionado”.

“Un día tuve que llevar a mi hija al trabajo y le ofrecieron trabajar allí. Es tan solo una pobre niña inocente”, cuenta Lin. Quiere algo mejor para sus hijos y no quiere ver cómo su propia hija se ve obligada a desnudarse para ganarse la vida. Por eso han tomado una decisión: Mei va a intentar escapar a Corea del Sur. Sólo hay dinero para uno de ellos. Un viaje de más de 6400 kilómetros a través de China, Laos y Tailandia. Una distancia parecida a la que hay entre Madrid y Punta Cana. Una distancia que tiene que recorrer oculta en la selva, anónima. Fuera de las carreteras y los caminos principales. Si la detienen, será repatriada a Corea del Norte. Y ya sabe cómo se las gasta la policía allí. Una vez, antes de reunirse con su madre en Yanji, la detuvieron. “Me patearon y me clavaron un destornillador por la espalda. Me dieron tal paliza, que parecía que me iban a despedazar. Después, quizás, te curan las heridas”.

(Continuación)

Saben aquél que diu…


(No es un artículo enteramente mío. No, al menos, en lo intelectual. La segunda parte, desde los pueblos, es un resumen de una conversación que mantuve con Clonclon hace un par de noches. Él insiste, y yo coincido, en lo poco que se comenta lo obvio).

El nacionalismo catalán, como todo nacionalismo, mantiene una violenta lucha contra la realidad. Cada mañana, un despertador interrumpe su dulce arcadia con un ensordecedor zumbido y lo pone en pie de protesta y lamento, que es su estado bipolar natural. Si el nacionalismo fuera un personaje, sería como el escritor estadounidense de ciencia ficción Philip K. Dick quien, a pesar de que llegó a cuestionar su salud mental y su percepción de las cosas, aseguraba que “la realidad es aquello que, aunque dejes de creer en ello, sigue existiendo y no desaparece”.

Si la realidad golpea el hígado de las pasiones nacionalistas, allí donde el Camp Nou grita “independencia”, se les advierte sobre su propia liga. Pero su arcadia les dicta acuerdos con la LFP. En el peor de los casos, podrían jugar en la Liga francesa, aseguran, como si los clubes franceses fueran a estar entusiasmados con la idea de que un equipo extranjero se llevara siempre una plaza de Champions con la de millones de euros que hay en juego. Mientras el nacionalismo sueña acuerdos, la realidad lleva al Barça a vagar por los campos de Reus y Olot.

Si la bofetada la envían por micro y carta desde Bruselas y les confirman una y otra vez que quedarían fuera de la Unión, los dirigentes nacionalistas lo ponen en duda. Esto es como ir a casa del tipo del Escatérgoris, no llevar Coca-Cola, y decirle que el juego es tuyo.

Si la bofetada se la dan los mercados, sacan balanzas fiscales, deudas históricas, aportaciones excesivas a las arcas del Estado, el expolio y ‘Espanya ens roba’. Y estalla así el episodio bipolar, la querencia cuando se trata de Europa y la pérfida España de puertas para adentro. Una víctima para perdurar su mensaje desde el poder y el país hermano mayor para cruzar, de la manita, los obstáculos para entrar por la puerta grande de las instituciones mundiales.

Sobre los pueblos, sólo tengo preguntas: ¿Quiénes son el pueblo catalán? ¿Los que han nacido allí? ¿Los que han nacido y viven allí? ¿Los empadronados allí? ¿Los que viven y trabajan allí aunque no hayan nacido en Cataluña, como decía Jordi Pujol? En ese caso, ¿puedo empadronarme mañana y votar el destino de mi pueblo, el catalán? Si uno ha nacido en Alpedrete pero sus padres son de Vilanova i la Geltrú, ¿es catalán? ¿Lo es Duran i Lleida, que nació en un pueblecito de Huesca? ¿Si alguien nació en Cataluña pero vive fuera, no es catalán? ¿Es catalán el de Mataró que no habla catalán y tiene una madre portuguesa? ¿Y si su madre es francesa con ascendente piscis? ¿Quién decide quién es catalán y quién no lo es? Todo esto es muy importante para saber quién puede votar y quién no en el referéndum que no se va a celebrar.

Hablemos un poco de sentimientos. Cada uno puede sentirse lo que quiera. Un señor de Soria puede sentirse coreano si lo desea muy fuerte. Y puede dejar de ser español: que reniegue de la nacionalidad y se saque la que le dejen. Y puede dejar de vivir en España: que haga las maletas y se pire. Total, estamos en retirada. Por tanto, supongo que puedo sentir que el Penedés también es mío. ¿Puedo decidir sobre lo que siento que es mío, igual que un nacionalista reivindica decidir sobre lo que siente como propio?

Llegados aquí, sólo nos queda lo más básico, lo que nadie dice, sobre lo que nadie discute o peor, sobre lo que se les ha concedido sin plantar la más evidente de las batallas, donde se han librado todas las guerras de la Historia: el terruño. Todo lo demás, todo lo escrito hasta ahora, es totalmente secundario. Porque el problema no está en que un nacionalista no quiera ser español: está en que al dejar de serlo, quiere llevarse una parte de España con él. Él sentirá que esa tierra le pertenece, pero yo puedo sentir lo mismo. Él pensará que se la arrebataron a sus antepasados, y yo que me la quiere arrebatar él. Él dirá que la Historia le da la razón, yo le diré que me la da a mí. Él, que me han engañado; yo, que vive de un deseo. ¿Por qué no podría decidir yo sobre el Delta del Ebro exactamente igual que él? ¿Quién decide y con qué criterio que sus sentimientos valen más que los míos?

En contra de lo que pueda parecer, estoy totalmente a favor de un estado catalán, pero en otra parte. Lo sé, la idea no convence a nadie. La creación de un Estado es un devenir histórico forjado durante siglos y no se puede romper porque unos señores que ahora mismo viven o han nacido en Cataluña pero dentro de cien años no estarán y que hace cien tampoco estaban, decidan que se acabe. Un Estado es un tema demasiado serio y complejo. El problema catalán es algo que ya trató con claridad y suficiencia José Ortega y Gasset en 1932:

Yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no solo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles.

Nos queda, pues, la convivencia. No hay, además, político español con posibilidades de gobernar o suficientemente enajenado o las dos cosas, capaz de proponer un referéndum para que una parte de los españoles decidan sobre toda España. Porque no nos engañemos: la secesión no es una decisión sobre una parte de un territorio, sino sobre su conjunto. Por eso, a Clonclon le gustaría ver a un Rajoy más bravo con este tema. Por ejemplo, que hubiera respondido la carta que le envió Artur Mas con un sobre con un mapa mudo de los ríos de España y un ejemplar de la Constitución. Fin de la cita.