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El otro Madrid


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Pablo Iglesias vive del mensaje antisistema, es decir, del sistema, desde que tiene uso de razón. Dirige un mensaje simplificado y simplón que sólo entiende de westerns, de indios y vaqueros, de buenos y malos. Sin embargo, él se mueve como un funambulista con las palabras, el gesto, el tono y la mesura. Por eso se permite rechazar el terrorismo como concepto y el de ETA como concreto y, a la vez, simpatizar con los ejecutores, como si pudiera existir el terrorismo sin un dedo en el gatillo. Las simpatías por los terroristas sólo se da por un motivo: piensa como ellos aunque no actúe como ellos. Está más cerca de su causa política que de una Constitución que ya ha dicho más de una vez que no es la suya. Según Iglesias, lo que se instauró en España después del franquismo fue una Constitución para que todo siguiera igual. Eso comentó en una Herriko Taberna, para añadir después que

quien se dio cuenta de eso desde el principio fue la izquierda vasca y ETA. Por mucho procedimiento democrático que haya, hay determinados derechos que no se pueden ejercer en el marco de la legalidad española.

Demonstrators Surround The Spanish Congress To Protest Against Spending Cuts And The Government Of Mariano RajoyLa semana pasada ya dejó caer su opinión en un Ritz decadente en lo estructural y en lo moral, amoldado a los tiempo que corren, de donde fueron expulsadas las formas del camarero del 15M, de héroe a villano, y se quedó el fondo del asunto en la conferencia, con la vergonzante cabeza baja de los asistentes.

Pablo Iglesias dice, en un video de apoyo a Herrira, que él habla desde el otro Madrid -como el 15M representaba al 99%-. Lo que quiere decir es que hay gente fetén en Madrid que piensa como él, que no toda la capital es casta del Pleistoceno que pretende mantener vivo el terrorismo -para que los maten-. Que en Madrid, aunque tapados, hay hombres libres como él dispuestos a escuchar a los terroristas aunque la Parabellum acabe de dispararse sola. Su cliché moral alcanza las más altas cotas de su intelectualidad cuando afirma que

es fundamental que todos y todas pongamos nuestro granito de arena para defender los derechos humanos y para combatir la excepcionalidad.

Probablemente, derechos humanos sean las dos palabras seguidas que Pablo Iglesias ha repetido con más insistencia en su carrera político-medíatica, como si la reiteración le convirtiera en embajador de Buena Voluntad de la ONU. Lo que hace Iglesias es hablar de derechos humanos con los asesinos, es decir, ponerse a su lado para espetárselos a la contraparte. No exige al criminal que los respete, sino que lo demanda al Estado. Por eso, a continuación, habla de la ‘excepcionalidad’, que no es más que la vetusta exigencia de los colectivos del entorno terrorista para el acercamiento de presos a cárceles vascas.

En una guerra que no existió para llamarlo conflicto y pedir la paz, en un país donde han asesinado a más de 800 personas por pensar como piensan, por cumplir con su deber o por estar en el lugar equivocado el momento equivocado, se necesita una visión muy particular para dar lecciones de democracia en una Herriko Taberna y estar de acuerdo con los regentes.

Por más democracia


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La votación del Proyecto de Ley Orgánica por la que se hace efectiva la abdicación de Su Majestad el Rey Juan Carlos I de Borbón obtuvo 19 votos negativos. De ellos,

Los siguientes señoras y señores diputados, al emitir su voto negativo, dijeron:

La señora García Álvarez: Por más democracia, voto no.
El señor Garzón Espinosa: Por más democracia, voto no.
La señora Jordà i Roura: Por una república catalana, no.
El señor Lara Moya: Por más democracia, voto no.
El señor Llamazares Trigo: Por más democracia y por la república, voto no.
La señora López i Chamosa: Sí, que se jubile.
El señorNuet Pujals: Por más democracia, no.
La señora Ortiz Castellví: Por más democracia y derecho a decidir, voto no.
El señor Sixto Iglesias: Por más democracia y por la república, voto no.
El señor Tardà i Coma: Por la república catalana, voto no.
El señor Yuste Cabello: Por más democracia y el derecho a decidir, voto no.
El señor Bosch i Pascual: República catalana, o sea, no.
El señor Centella Gómez: Por más democracia, mi voto es no.
El señor Coscubiela Conesa: Por más democracia y derecho a decidir, voto no.
La señora De las Heras Ladera: Por más democracia, voto no.

López i Chamosa no rompió la disciplina del Partido Socialista, pero dejó constar su conciencia para una residencia de ancianos. Por lo demás, el problema entre república y monarquía no está en si una es mejor que la otra; sino en los motivos políticos, que hacen morales, los que suman cuñas al voto.

La Décima


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La Décima comenzó a ganarse 24 de abril a las 21:01 cuando Sergio Ramos coló un obús con la cabeza en el fondo de las mallas del Allianz Arena. Pero comenzó a gestarse casi cuatro años antes, cuando Mourinho llegó a un Real Madrid con la necesidad imperiosa de competir. La llegada del entrenador portugués provocó una revolución en los asientos del Bernabéu: pocas veces la afición madridista ha sentido una unión y una fidelidad por su entrenador como la que sintió con Mourinho hasta que comenzó a ser cuestionado por los medios y, más tarde, por su enfrentamiento con Iker Casillas. Los ídolos no son de este planeta y las guerras contra ellos suelen comenzar ya perdidas.

Mourinho llevó la revolución al Bernabéu. Agarró de la pechera al señorío y recriminó en voz alta que los partidos no se ganaban con el puro en la boca. Despertó un madridismo salvaje, lo que muchos han definido como mourinhismo, pero que ni siquiera han sabido definir. Unos, muchos de ellos periodistas, lo han calificado de una ultraderecha efervescente, peligrosa, gritona. Con esos pobres argumentos han luchado. Otros, que se proclaman mourinhistas, no hacen sino un flaco favor a su significado porque, en realidad, nunca han visto más allá de su forofismo y Mourinho les ha servido de canalización.

El mourinhismo no consistía, ni consiste, en la defensa a ultranza de una persona, haga lo que haga, diga lo que diga, de forma irracional; sino en la defensa de un equipo, de que lo políticamente incorrecto vale incluso más que lo correcto y que está bien decirlo, en que la lealtad es fundamental en el trabajo en equipo, en que el jefe siempre está en el banquillo y no en el campo pero, sobre todo, consiste en denunciar la trampa intelectual de que hay un buen fútbol y un fútbol malo. Es la denuncia de una moral impuesta por pequeños gerifaltes que creen que su opinión es verdad suprema. Una pelea contra esa moral que vale para el fútbol y para cualquier orden de la vida.

El mourinhismo es denunciar la hipocresía del que actúa como se espera de él en público, pero fanfarronea a micrófono cerrado. Denunciar que el Madrid, por no jugar como el Barcelona, no es peor equipo. Mourinho no es que fuera el mejor entrenador del momento, es que era el idóneo para atacar esos cimientos.

Venía a competir contra el mejor Barça de la historia, un equipo que había superado al Real Madrid. En esa imagen colectiva aterrizó el portugués, en tierra de guardiolismo absorbente ayudado, además, por los éxitos de la selección española. Una forma de pensar que consiste en una sonrisa permanente, en las buenas relaciones y formas porque todo va bien, en especial con los medios, en asombrar al mundo con el juego y los porcentajes de posesión. En el trabajo diario de una cantera frente a zarpazos financieros de fichajes millonarios; en la humildad frente a la soberbia; en el seny frente a la chabacanería; la democracia frente a la dictadura. En vender la imagen frente a la realidad. La guerra entre la pureza y lo maldito.

En Madrid comenzaban a sentirse los primeros síntomas de lo que Pedro Ampudia bautizó como el madridismo culé, que no es otra cosa que la madriditis pero sufrida por un merengue: una enfermedad que uno ve perfectamente en los demás, pero nunca reconoce en uno mismo. Eso, en toda la historia del Barça, sólo lo ha conseguido Guardiola y hay que reconocerle su mérito.

Mourinho devolvió competitividad al Madrid y acabó con el guardiolismo. Ese es su mayor triunfo. El propio Guardiola se bajó del carro un año antes, no sé si por estrés o porque veía venir un derrumbe que no quería que le pillara en casa. Decidió tomar aire y firmó un nuevo contrato con el equipo más potente de Europa, el Bayern de Munich que, como una profecía, había arrasado Barcelona con un 7-0 demoledor en las semifinales del año anterior. Parecía que Guardiola se movía en el fútbol como Fouché en política.

Para doblegar a Guardiola, Mourinho compitió hasta el límite, y los límites suelen agotar. La prensa, que esperaba sus ruedas de prensa con grabadoras, comenzó a acudir con cuchillas. Pensaron que tendrían titulares fáciles y, en efecto, los tuvieron: pero a costa de poner en evidencia sus propias miserias. Se movilizó de forma vergonzante, crearon un clima insufrible y, en medio de todo esto, se enrarecieron las relaciones en el vestuario donde el capitán jugó un papel crucial. La decisión de sentar a Casillas condenó a Mourinho. Buena parte de la afición se sintió agredida, se rompió definitivamente la armonía. Casi de la noche a la mañana, los aficionados se dividieron entre los que querían al entrenador en la calle, y los que acusaban a Casillas de traidor por dar munición a la prensa que, día tras día, disparaba en la rueda de prensa contra su jefe. Esos odios todavía quiebran con daños colaterales como Arbeloa Diego López.

Al final del año, el callejón condujo a la salida de Mourinho y la llegada de Ancelotti, quien demostró su carácter al sentar a Casillas desde el principio de temporada. Las críticas arreciaron y él, que no tenía nada personal contra Iker, pero que sabía que no podría capitanear esa nave en esos mares ni tampoco podía ceder, decidió que jugara la Champions. Era eso u otro año aciago para el Madrid. Carlo cogió un equipo casi hecho, con pocos cambios y lo ha adaptado a su visión del fútbol sin despreciar las armas cargadas que le entregó Mourinho. Ha podido llegar donde el portugués, por tres veces consecutivas, se quedó a las puertas.

Carlo ha doblegado el maleficio de Alemania, puesto a prueba tres veces seguidas. La brutal paliza al Bayern de Munich, donde se vio finalmente que el paseo triunfal de Guardiola por tierras bávaras no ha sido sino un espejismo en alta competición. Donde quedó demostrado que el fútbol del guardiolismo se debió a la conjunción de una seria de jugadores excepcionales y un gran entrenador. Guardiola llegó al equipo que enterró a su hijo, pero se topó con el equipo que creó su archienemigo, manejado con maestría por Ancelotti.

Parecía que, como Edipo, el Madrid se enfrentaría al destino de matar al padre, pero de esa batalla cruel se encargó Simeone, un hombre que ya ha hecho historia como entrenador en el Atlético de Madrid más competitivo que se recuerda. Han realizado una temporada memorable, inimaginable para cualquiera el pasado septiembre. En cierto modo, el Atlético ya la ha ganado.

Pero falta levantarla. Que la levante el Madrid.

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Muerte a cámara lenta


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El periodismo, en su rápida carrera por llegar el primero a la meta, suele confundir el camino. Hoy, Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León, ha sido asesinada. Mientras escribo esto no se saben los motivos -como si realmente importaran-, pero tenemos, desde hace una hora, tuits como éste:

Lo peor no es que ese comentario exista, sino que se justifican tirando del hilo. Los tiros y las adversativas: “hace una gestión tan pésima que le han descerrajado un tiro. Pero oye, condenamos su muerte”. El asesinato de Carrasco sólo debe dar pie a informar de lo ocurrido. Su gestión, como su cesta de la compra, es completamente irrelevante. El periodismo nunca debe alimentar las especulaciones, pero es dado a informar de ellas con la trampa retórica de ser la correa de transmisión: me lo dicen, yo lo cuento, pero igual es un rumor. Los primeros minutos hay que llenarlos como sea y, ante la imposibilidad de investigar al desconocido criminal, se procede a investigar al muerto.

En la biografía que ha emitido La Sextan han colocado su adversativa en las declaraciones de un político de IU que no hablaba nada bien de Carrasco hace unos meses. El Mundo añade, en el cuarto párrafo de la noticia, que Carrasco fue acusada de malversación de fondos públicos.

La Sexta, además, ha llamado por teléfono a un periodista de Onda Cero León presente en el lugar del crimen. Después de describir lo que él veía en ese momento, le han preguntado sobre los hechos, y ha respondido, en contra de lo que se pudiera esperar de él, que prefería esperar a la versión oficial. Se han debido quedar un poco chafados en plató, porque luego han contactado con otra periodista, también presente, para que nos contara todos los rumores, que seguirán aumentando, desmintiéndose algunos y otros no.

El periodismo puede explicar el asesinato, sobre todo si se trata de un caso que se resuelve desde el sofá. Pero los móviles difícilmente se explican tan plácidamente. El “por qué” del periodismo no depende de una respuesta directa a una pregunta sobre la que el periodismo se abalanza con el hambre del que quiere terminar la pieza.

Por eso, sorprende la facilidad de Isabel San Sebastián en sus afirmaciones, que son tan graves como las que insinúan que, si hubiera sido buena gestora, hoy estaría viva. Las conclusiones de San Sebastián son asombrosas para una profesional: en muy poco tiempo ha logrado hablar con la familia de la víctima, la policía y la asesina a pesar de estar arrestada. Ha podido sonsacar toda la información necesaria para su conclusión. Y eso que no estaba en León.

Carrasco ha sido asesinada. Dos mujeres, madre e hija, han sido detenidas por ello. La policía estudia el móvil. Cuando escribo esto, no se sabe nada más, pero es suficiente para que la charlatanería mediática apunte a un despido realizado hace dos semanas, una semana o incluso hace un día, he llegado a leer.

Probablemente Isabel ha muerto en el momento. Mientras, el periodismo muere a cámara lenta, que se empeña en dispararse en los pies para luego nunca rectificar sus pasos.

Escapar de Corea del Norte (y III)


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Fuente: Ministerio de Unificación de Corea del Sur.

Segunda parte

El grupo de norcoreanos está preparado para salir. El pequeño Min Chao se despide con lágrimas. De acuerdo con el plan, llegan a la estación en el último minuto, justo antes de que salga el tren hacia el sur. Les espera un viaje de dos días hasta Kunming, una ciudad de unos cuatro millones de habitantes al sur de China, cerca de la frontera con Laos. Con el tren ya en marcha, se dan cuenta de que se ha subido una patrulla de la policía. Se ven obligados a esconderse. Afortunadamente, no los ven.

En Seúl, el pastor Chun se dispone a viajar en avión a Tailandia para prestarles ayuda en caso de que logren alcanzar Bangkok. “Las posibilidades de éxito son de un 50%”, afirma el pastor. “Nunca les decimos lo difícil que será, no vendrían si lo hiciéramos”. El peligro no se limita a China. Si la policía de Laos los detiene, también los deportarán a Corea del Norte. Sólo estarán a salvo cuando crucen la frontera con Tailandia. “Si estos países cooperaran podríamos ayudar a mucha más gente, pero estos países están en contra de lo que hacemos. Los arrestarán allá donde vayan, hay peligro por todas partes”.

Una vez en Kunming, se suben a un minibus en dirección a la frontera de China con Laos. Pero está muy vigilada, piden identificación a todo el que entra y sale. “Estoy muy nerviosa”, dice Mei, “tanto que siento que nos van a detener. Si me cogen, me suicidaré”. Los guías deciden que cruzar la frontera por donde tenían pensado es demasiado arriesgado, por lo que tienen que buscar una ruta alternativa a través de la jungla. Se desvían por una carretera secundaria y, ya de noche, llegan a un refugio donde pasarán la noche. Por si la cogen, Mei graba un mensaje para su madre y su hermano en una cámara de vídeo.

Al día siguiente, con las primeras luces, antes incluso de que se divise el sol, el grupo se pone en marcha. Cruzan la frontera con Laos a través de la selva, alejados de patrullas. “Adiós China, gracias por la hospitalidad”, ironiza una integrante del grupo. “No pienso volver”, se alegra otra. El terreno aquí es más duro. La selva es cerrada, no se ve el sol. Hay riachuelos que cruzar constantemente, lo que obliga a caminar con los pies mojados durante horas hasta que alcanzan una carretera donde les espera el minibus en el que iban. El conductor, con los papeles en regla, ha cruzado solo la frontera sin problemas.

El viaje comienza a pasar factura: el pequeño Min se ha puesto enfermo. Le dan pastillas y más tarde se detienen en un puesto para comer. Se curan picaduras de mosquitos con ungüentos, pues no pueden arriesgarse a pedir ayuda médica y que los delaten. Intentan dar a Min de comer con una cucharilla, pero él aprieta los ojos y se agarra fuerte la garganta por el dolor mientras exclama que no puede tragar. Mei vomita. También se ha puesto enferma. Pero es fuerte: “Merece la pena”, se dice, “merece la pena para ser libre”. Tienen que aguantar. Ya sólo quedan 70 kilómetros para enfrentarse a su último obstáculo, el río Mekong. Si lo cruzo, mi vida cambiará por completo”, dice Mei. “Estoy tan orgullosa de lo que he logrado hasta ahora que no sé si seré capaz de enfrentarme a todo de la misma manera de ahora en adelante”.

El autobús se detiene y el grupo baja. Es noche cerrada, sólo se escuchan los ruidos de la selva. Están al borde del río y, al otro lado, pueden ver las luces de Tailandia. Uno a uno, suben a un bote de madera. El guía insiste en que deben hacerlo por el centro, con cuidado para que no vuelque. Entre las maderas se puede ver el agua. “Si volcamos, morimos todos”, susurra el guía. Hay cocodrilos merodeando por debajo de la barca. También hay patrullas recorriendo el río. Por fin, la barca toca tierra en Tailandia. Y ponen, por primera vez en su vida, un pie en la libertad.

Por la mañana, Mei llama a su madre. “Has rezado por mí y he llegado a salvo”, solloza. Por fin, ya en Bangkok, pueden entrar en la embajada de Corea del Norte y declararse desertores.

Meses después, su madre y hermano se reunieron con ella en Seúl. Min Chao encontró a su madre. Su viaje en busca de la libertad comenzó cruzando un río. Y en un río acabó.

De Poder a Poder


Baltasar Garzón, exjuez estrella que ilumina el camino.

La carta enviada por Baltasar Garzón y unos amigos suyos a la Conferencia Política del PSOE podría tener fecha de 1977 y no habrían cambiado ni una coma. Es perfecta para los tiempos que corren, los que corrieron y, si nadie lo remedia, para los que correrán. El anquilosamiento de la izquierda comienza a ser tan preocupante como su ceguera, la misma que les permite ver su evolución hacia la casilla de salida como progresos de la humanidad.

La carta vale su peso en Garzón, es decir, en Chavalín™, como magistralmente lo ha rebautizado José Antonio Montano. Es decir, vale poco. O mucho, según se mire, pues permite comprobar, negro sobre blanco, que el despropósito de las ideas, o de la carencia de ellas, sigue tan vigente como antaño. Y que la izquierda escarmentada sigue casi huérfana. Es una carta redactada a la contra, como siempre, a la contra de la derecha, claro. Ya se sabe que en este país la izquierda nunca ha gobernado pues, en cuanto gana las elecciones, lo hace todo mal, es decir, hace cosas de derechas. La izquierda, por tanto, sólo sabe hacer oposición. En eso eran expertos, pero con Rubalcaba al frente es complicado enfrentarse no ya a la derecha, sino a dos periodos de gobiernos socialistas, que se dice pronto.

En uno de ellos participó el Chavalín™. Guardó en un cajón los expedientes de corrupción y del GAL para ir de número dos en las listas del PSOE en las elecciones de 1993. Pasó del Judicial al Legislativo y al Ejecutivo con el cargo de delegado del Gobierno en el Plan Nacional sobre Drogas. No le gustó el trato dispensado y, en un ataque de señorona digna, lo dejó todo un año después para desempolvar los expedientes y acabar con los huesos de la cúpula de Interior en la cárcel. Años más tarde, en una entrevista con María Antonia Iglesias en El País, reconoció que se equivocó al pensar que “una persona sola consiguiera la solución de problemas que estaban en pleno apogeo, como la corrupción”. Leída hoy, la entrevista es como la carta de antes de ayer: resiste el tiempo como las momias. Lean, si no, su primera respuesta:

Yo nunca me he considerado un juez estrella, pero acepto esa denominación porque me gusta darle a las cosas un enfoque positivo, y cuando se habla de estrella prefiero pensar en algo que da luz, que ilumina…

Sí, y da esplendor, Chavalín™. La carta es un lobby de sí mismo. Se ha proclamado representante de causas políticas que sólo la izquierda más desnortada quiere remover. Una carta de mal gusto donde se afirma que “el ejecutivo ha dejado en las cunetas del olvido a las víctimas de la dictadura y evita la recuperación de nuestra memoria, elemento clave para el reencuentro con nuestra dignidad como pueblo”. Cunetas del olvido, los abajofirmantes. Cunetas. Casualmente, ayer, ¡qué oportuna coincidencia!, al Chavalín™ le tocó denunciar ante la ONU el abandono español a las víctimas del franquismo.

En 2012 fue condenado por prevaricación y sentenciado a “once años de inhabilitación especial para el cargo de juez o magistrado” en lo que la izquierda en bloque -y el propio juez- vieron un contubernio de la derecha contra él. Ahora manda cartas como quien envía currículums. Morriña de poder, quizás. Sería chocante, y extremadamente indecente, que el PSOE viera en él algo de luz. Algo falla si un condenado de un Poder del Estado por el ejercicio de sus funciones puede ejercer un cargo en otro de sus Poderes. Algo falla cuando un juez condenado puede acabar de ministro de Justicia.

Cartas paralelas


Arcadi Espada se hace eco en su nuevo blog de la respuesta de Richard Buty, jefe de estudios del Liceo Francés, a una madre de un alumno sobre los motivos por los que no se utiliza el catalán en las comunicaciones del colegio. Una respuesta de una “claridad tan cartesiana que me pone al borde de las lágrimas, como solo lo hace el apogeo de la razón”, escribe el periodista. La noticia publicada en Vilaweb señala que el Liceo Francés discrimina al catalán (entiéndase el idioma, que los hay aficionados al lío). Dicha discriminación se produce porque las comunicaciones con los padres se envían en francés y castellano, pero nunca en catalán. Un hecho notablemente sorprendente para la mujer, de nacionalidad francesa pero bien acostumbrada a las estrechas tráqueas del nacionalismo. Vilaweb ha tenido acceso a los correos y los ha transcrito, al menos en parte. Éste es el párrafo dedicado al segundo correo de la mujer:

La madre escribió un segundo correo para insistir en la misma petición y argüía que el catalán era la lengua propia del país y que sería normal que fuera utilizada ‘no en todos los casos, pero sí en las comunicaciones a los padres, además del español, como gesto de cortesía y respeto’. También apuntaba que, teniendo en cuenta el momento político que vive el país, una política de equilibrio entre el uso del español y del catalán sería más prudente, justa y respetuosa hacia las diversas sensibilidades’. Finalmente, después de solicitar un encuentro para tratar la cuestión, añadía: ‘Probablemente no soy la única que piensa eso y mi carta debería ser suficiente para que considerara su respuesta y se pudiera abordar el marco jurídico al que se refiere desde otro punto de vista, la sensibilidad a la diferencia, que puede resumirse en términos de tolerancia y respeto a la diversidad’.

Es un párrafo magnífico. Una concentración de lemas vanguardistas del pensamiento nacionalista: el discurso aprehendido de una francesa. La utilización de la lengua como un elemento cultural al servicio de la política que extingue el fenómeno primario del lenguaje, comunicarse para entenderse. Se aprecian los consejos condescendientes, con el mismo tono que el nacionalismo, esos con los que no se puede estar en desacuerdo porque tratan del respeto, la cortesía, la tolerancia y la diversidad. Todo son bondades con smiley. ¡Cómo negarse! Pero ante las bondades hay que reaccionar con los significados. Es decir, con la verdad. Como dice Nacho Escobar, quien de vez en cuando escribe aquí,

estoy absolutamente seguro de lo que opino y sin embargo acepto sin ningún problema que haya gente que no esté de acuerdo conmigo. En esto, y no en otra cosa, consiste la tolerancia. Es evidente que si todos fuésemos capaces de convencer y de ser convencidos no haría falta ser tolerantes en absoluto: simplemente, estaríamos todos de acuerdo.

Es una pena la poca empatía de las voces del nacionalismo, una pena que no envíen cartas como la de la mujer exactamente iguales a la Generalitat, la responsable de la educación pública. Una pena que no haya párrafos idénticos al de la preocupada madre francesa acompañados con sentencias de los distintos tribunales de justicia que obligan a la Administración a cumplir una ley que se salta. Una pena, digo, la falta de empatía. De lo contrario esas cartas también recogerían párrafos como éste:

La madre escribió un segundo correo para insistir en la misma petición y argüía que el castellano era la lengua común en todo el país y que sería normal que fuera utilizada ‘no en todos los casos, pero sí en las comunicaciones a los padres, además del catalán, como gesto de cortesía y respeto’. También apuntaba que, teniendo en cuenta el momento político que vive el país, una política de equilibrio entre el uso del español y del catalán sería más prudente, justa y respetuosa hacia las diversas sensibilidades’. Finalmente, después de solicitar un encuentro para tratar la cuestión, añadía: ‘Probablemente no soy la única que piensa eso y mi carta debería ser suficiente para que considerara su respuesta y se pudiera abordar el marco jurídico al que se refiere desde otro punto de vista, la sensibilidad a la diferencia, que puede resumirse en términos de tolerancia y respeto a la diversidad’.

Quizás un día escriban algo así en nombre del respeto, la cortesía, la tolerancia y la diversidad.

Desenterrando a Franco


Vuelve el PSOE a la carga con la recurrente idea de llevar los huesos de Franco a un lugar más humilde, si fuera por ellos, a una cuneta, que es donde debió morir, y no en una plácida cama 35 años después de una dictadura en la que ellos jugaron la carta silente. Cualquier día se encontrarán con que la derecha les hará caso como el padre desesperado que calla al niño con un helado, y esa brecha infantil que encuentran para deslegitimar al Partido Popular a través del dictador quedará completamente erosionada, si no lo está ya por el paso del tiempo.

El PSOE no quiere mover lo que queda de él. Es una pose política que desgrava ante la ciudadanía, que desvía de asuntos verdaderamente importantes, como por ejemplo, la raquítica situación del partido. Ataca al enemigo con una batida por Abantos como si fueran makis cuando, lo que de verdad está en juego, en su juego, está en Ferraz. Y esperan, como siempre, que todos miremos el dedo.

Hay algo de política cavernaria en todo esto, muy a juego con la cripta del Valle. Franco está donde está. El paseo de más de 260 metros desde la entrada hasta la lápida da una idea del aspecto grandilocuente del personaje, de la gesta heroica que tenía de sí mismo. Franco debe permanecer enterrado rodeado de la vacua altisonancia de la que se rodea para medir el personaje en su justo valor histórico. Para recordarnos que, al final, todos nos quedamos en los huesos. Merece su sitio junto a José Antonio Primo de Rivera para recordarnos los puñales y las traiciones. Aunque sean intelectuales. Y nos lo merecemos nosotros, los jóvenes españoles, que tenemos muy vencidas una guerra que no luchamos y una dictadura que no vivimos. Los que no nos empeñamos en vencer al dictador después de muerto, los que no pensamos que, delante de los grises, se corría mejor. No hace falta abrir un libro para darse cuenta, basta con un viaje a El Escorial.

Que no lo muevan. Ganó una guerra terrible y sobrevivió a la política. Que no se equivoquen con una última gloria, guardándolo en la cuneta.

Justicia en el armario


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Boston, 28 de marzo de 1999.

Los hechos son los siguientes: una mujer conoce a un hombre y pasa la noche con él. Éste comenta que tiene armas en el armario. Por la mañana él se marcha a por el desayuno. Ella despierta poco después y se encuentra encerrada por el tipo de puerta del domicilio, que no puede abrir desde dentro. Asocia el comentario de las armas a la puerta cerrada y llama asustada a la policía, pensando que ha sido secuestrada. La policía se presenta en la casa y abre la puerta y libera a la supuesta rehén. Ella les menciona el asunto de las armas, la policía fuerza el armario con una palanca y se encuentra con una monja apuñalada treinta veces. Poco después, el asesino, camino de su casa con el desayuno, es detenido y acusado de secuestro y asesinato.

Hay mucha presión social para que el asesino sea condenado. Es el típico crimen que abre las noticias. Incluso sus abogados, obligados a defenderlo por la juez de la sala, son increpados e insultados. Los llaman asesinos. Aunque lo quieren ver entre rejas tanto como la juez y la fiscalía, su trabajo es dar a su cliente la mejor defensa posible.

La acusación de secuestro no se sostiene: primero, porque él mismo volvía a la casa con el desayuno; segundo, porque la supuesta secuestrada no estaba atada y podía moverse por toda la casa con libertad; y tercero, porque funcionaba el teléfono, lo que permitió a la supuesta víctima llamar a la policía.

No parece que se pueda librar del cargo de asesinato. En apariencia, es un caso claro. Pero hay un error: la policía condujo un registro ilegal, por lo que el contenido del armario puede no ser válido de acuerdo con la Cuarta Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos. De ser así, el asesino quedará en libertad. La defensa argumenta que la Cuarta Enmienda -que limita las situaciones en las que un registro puede realizarse- ha sido violada, pues la situación de urgencia que permite el registro de la policía sin orden judicial acabó con la liberación de la mujer y que el registro posterior no debía de haberse realizado sin una orden. Podían haber precintado la casa, pedir una orden y abrir el armario. Pero el policía que acudió a la casa, joven en inexperto, no lo hizo.

Ésta fue la decisión de la juez.

Coincido con la señorita Gamble [fiscal]: No hay nada en el texto de la Cuarta Enmienda que exija una orden judicial. Ni hay nada que diga que las pruebas ilegalmente obtenidas deban excluirse. Esas decisiones son una respuesta de los tribunales a la falta de confianza en la policía. También sé que los tribunales están dispuestos a ajustar sus ideas a los nuevos tiempos. Se registran maletas en los aeropuertos sin una orden judicial, pasamos a la gente por detectores de metales. En California hay que dar las huellas dactilares para el carnet de conducir, el Departamento de Transportes tiene una prueba de drogas obligatoria. Hacemos muchas cosas abusivas contra el pueblo, no sólo sin una orden, sino sin la menor sospecha de que haya delito. Entonces, ¿por qué no puede un agente de policía al que le dicen que hay armas en el armario de un delincuente fichado, un hombre que fue sospechoso de secuestro, por qué no puede ese agente abrir el armario? Estoy totalmente de acuerdo con la fiscal: la Cuarta Enmienda ha sido interpretada y ampliada por los tribunales hasta el punto de traicionar tanto al texto como a la intención de la enmienda, que es la racionalidad. Pero también soy consciente de que los fallos del Tribunal Supremo sobre este tipo de registros han fijado normas muy claras. Y aunque me gustaría rebelarme, nuestro sistema judicial no tiene absolutamente nada que hacer si los propios jueces se suman a la anarquía judicial. El registro del armario fue ilegal. El contenido es inadmisible. Una vez suprimido el contenido, no veo causa probable para retener al acusado. Queda en libertad.

Hoy no es día de deseos. Es día de leyes, que son la única justicia.