Sufijos de la edad


Llevo varios meses pensando en por qué eso de las crisis de los cuarenta. Me toca muy de cerca, y he llegado a la conclusión de que es culpa de los sufijos. Cuando uno es menor de edad, por no tener, no tiene ni derecho a sufijo. Es un asunto coherente, pues tampoco tiene obligaciones. A uno lo llaman, como mucho y no siempre, adolescente. A algunos, esta fase vital les dura más allá de la treintena, pero no lo voy a tratar aquí, más que nada, ante el justificable pánico de descubrir, en la conclusión, que pueda seguir anclado en el acné.

La vida de verdad, esa con la que se supone que debemos hacer algo, útil si es posible, comienza cuando se es veinteañero. El sufijo -ero viene del latín -arius y significa ‘pertenencia a’. Esa pertenencia que buscamos ya en esa ridícula edad que es la adolescencia y que cristalizamos, más mal que bien, en esta época dorada de la inmortalidad. Es la edad en la que decidimos estudiar algo a lo que no nos vamos a dedicar. La edad en la que uno se siente importante, cree que sabe mucho, que se va a comer el mundo, ¡qué coño, que puede cambiarlo!

Luego nos convertimos en treintañeros. El nombre impone como la ola de Lo imposible, pero es en realidad un paso absurdo y menor. No es más que la continuidad del ridículo que hemos hecho en la década anterior. Ese ridículo cristaliza en el altar. Es la edad de los matrimonios en cascada. Llegan los hijos como camadas. Hacia el final de la década, te encuentras padre de tres, tu pelo en declive, con un trabajo de mierda, pero con una mujer que te quiere. Porque los matrimonios de los treintañeros, se quieren.

La ruptura psicológica llega a los cuarenta. Por algo lo llaman crisis. El motivo es el sufijo. El puto sufijo. No pasas a cuarentañero, eso no existe, joder. Ahora eres cuarentón. Ese -on aumentativo y peyorativo. Ese sufijo que suena a despojo. El mismo cuarentón que siempre has odiado a tus 22 porque pensabas que nunca te llegaría la hora. ¿Pues sabes qué? Te jodes, porque está aquí, y ha venido para quedarse. Comienza la cuesta abajo, y de esto no te salva ni Chuck Norris. Y en el intento de evasión, en ese intento por seguir perteneciendo a algo que no sea tu mujer, comienza el desastre.

Sin darte cuenta, comenzaste a traicionarte a los 35 y ya no eres ni la sombra de tus peores días. Te has convertido en un achaque de ti mismo. Hace tiempo que dejaste de escuchar Nirvana para cargar el CD del coche con canciones de El Rey León. No has dejado de ir al cine, pero has cambiado a Spielberg por Disney, el jamón por los potitos, los goles por Bob Esponja. Tu deportivo por un monovolumen. Tus barbacoas por parques de bolas. Tus cañas por biberones. Sigues de padre de tres y, si eres muy desgraciado, incluso de cuatro. Tu pelo, como un nazi en Stalingrado. Con un trabajo no tan mierda pero con una mujer que ya no te quiere. Es la década de los divorcios, porque eso es lo que hacen los cuarentones: acodarse en el último bar que encuentran abierto. Intentar robar años a la vida a la desesperada, como un balón colgado al área. Y se encuentran en las barras, de nuevo, renegando del hombre del espejo. Vuelven a la noche para ‘pertenecer’, pero su rostro delata el sufijo, y acaban marginados en esos bares de carcas con motos en la puerta. El cuarentón es la crisis con su moto como símbolo de su imaginaria libertad. El daño que ha hecho Easy Driver en el cerebro masculino es del todo irreparable.

Uno, que cumple 40 en un día como hoy, se ha inmunizado contra el divorcio más por torpeza que por habilidad. Pero sigo escribiendo la vida entre cuatro paredes. Y por no tener, no tengo ni crisis. Me quedo con lo poco que me queda, que no es más que lo mucho que he tenido. Así que me voy de copas. Apúntate. Es mi cumpleaños y voy a celebrarlo. Pero no te traigas tus penas, que soy un cuarentón y suficiente tengo con lo mío.

Debate sobre el estado de la emoción


Santillana«¿Once goles a mí? Ni de broma». El oráculo que pronunció esas palabras en 1983 se llama Bonello y era el portero de la selección de Malta. Y acertó, porque fueron doce. «Nunca lo pensé», murmuró cabizbajo antes de coger el avión de vuelta.

España necesitaba ganar por once goles de diferencia para clasificarse para la Eurocopa del año siguiente después de que Holanda, pocos días antes y líder del grupo, hubiera colocado una manita en el fondo de las mallas maltesas. Poco recuerdo del ambiente entre los amigos del colegio. Pero sí recuerdo que pensaba que era algo posible, pues Malta era un equipo de amateurs. El portero, sin ir más lejos, trabajaba en una empresa textil. Aún así, Alfredo Relaño, en su artículo de El País del mismo día del partido, cerraba con cierta desesperanza su semblanza sobre el guardameta: «Demasiado bueno para encajar 11 goles». Algunos jugadores holandeses se reunieron para ver el partido en lo que presumían que sería una gran fiesta para ellos. Ignorantes ellos, no sabían que la Historia se repite, y ahí estaban, los tercios españoles, para librar una penúltima batalla. La última, la de 2010, ha servido para confirmar, por si a alguien le cabía alguna duda, que Holanda es al fútbol lo que Poulidor al Tour de Francia.

marca_portada_malta_ESEl partido comenzó mal. Señor falló un penalti antes de que Santillana hiciera su hat-trick -que entonces se llamaba marcar tres goles- en la primera parte. Pero por el camino, se coló impredecible un balón que rebotó en Maceda y nada pudo hacer el debutante Buyo para detenerlo. Fue la única vez que vi a Paco en todo el partido. Se llegó al descanso con un raquítico 3-1 que, en realidad, era como un 2-0, como si hubiéramos marcado un gol cada 22 minutos. A partir de ese momento, había que anotar uno cada cinco.

Miguel Muñoz, conservador en la primera parte con tres defensas y cuatro delanteros, ordenó a Maceda, central de toda la vida, que se sumara como quinto arriba. Rincón comenzó fulgurante la segunda parte e hizo el cuarto. La selección tardó diez minutos más en doblegar física y psicológicamente a los malteses, con el quinto, en el minuto 57. La mano cayó como un bofetón. Y comenzó el recital. Faltaba media hora y había que marcar siete goles. Fueron cayendo uno tras otro, con cada llegada, con cada córner, con cada balón al área. Mi histeria aumentaba y, con cada tanto, corría por el salón, saltaba y me dejaba caer de rodillas, junto a mi hermano, abrazados, como si lo hubiéramos marcado alguno de nosotros. Los goles se sucedían con tal rapidez que a veces, antes de volver a la televisión, ya habían marcado el siguiente. Las celebraciones alcanzaron rango de liturgia. En el minuto 80, Manu Sarabia hizo el 11-1. La furia española, que es como se llamaba a la selección antes de ser roja, era ya imparable.

Cuatro minutos más tarde, un mal despeje al borde del área deja un balón muerto a los pies de Señor que, según le llega, patea y coloca en la esquina inferior derecha del desriñonado Bonello el pasaporte a París. Y el grito de júbilo, quebrado, de José Ángel de la Casa, que está en los anales de la historia de las narraciones deportivas, tan solo igualado por el posterior «Iniesta de mi vida» de Camacho quien, por cierto, fue el capitán de aquella memorable noche de diciembre.

Hubo tiempo para un gol más, del correcaminos Gordillo, pero el árbitro lo anuló por un fuera de juego inexistente. Al final del partido, la exaltación de la histeria, las lágrimas sobre el campo. La desolación holandesa. No digamos el pobre Bonello, culo en césped. Después de haber gritado doce veces gol como un niño maldito y poseído, yo ya no sabía qué más sacar de mi boca, así que me asomé a la terraza, y después de exclamar hacia dentro varias veces con los dientes apretados, solté todo mi aire con un «¡Viva España!» o algo parecido, que era muy franquista, pero yo no lo sabía. De haber sido más mayor y socialista, habría gritado «¡Viva este país!», que era lo que se estilaba en aquella época atroz, porque solamente atroz puede ser una época en la que las hombreras estaban de moda.

La calle era una jauría de cláxones. Débiles, claro, del tipo Seat 127 o Simca 1000. A ver quién me metía a mí en la cama con ese subidón de adrenalina. Mi madre, que por algo es madre, se dio cuenta de que lo que yo necesitaba era una tila. Suficiente tenían mis padres con aguantarme de día como para tener que aguantarme también esa noche.

Me la bebí poco a poco. Quemaba. Las madres siempre lo sirven todo muy caliente, es una verdad universal y lo sabe todo el que ha tenido madre alguna vez. Pero es que era recordar el glorioso zapatazo de Señor, y se me pasaban los efectos. Entonces mi padre tuvo una idea genial para que conciliara el sueño. Hacía poco que había comprado un VHS, de esos grandotes, de los de me pones aquí y ni me muevas, de los de peso un quintal. Sacó la cinta en la que habíamos grabado el partido -porque sí, yo tenía fe en la gloría de aquella noche- y que durante muchos años tuvimos guardada pensando que llegaría el día en el que esa cinta valdría algo. Y así habría sido si algún imbécil no hubiera inventado Internet. Como decía, sacó la cinta. Dos meses antes, había probado por primera vez el LP del vídeo, que doblaba la duración de la cinta a costa de la calidad. «Total, para lo que hay que ver», dijo ya por entonces. «Ven hijo, ven», prosiguió entre cariñoso y perverso, «siéntate en el sofá». Obedecí confuso. No lo vi venir. Si tan solo hubiera tenido a Gollum como referencia. Dio al play.

Y comenzó el Debate sobre el Estado de la Nación.

Tres reivindicaciones para tres Goyas


Untitled-2Candela Peña ha sido valiente en otras ocasiones, pero ayer fue especialmente patosa y frívola. Patosa porque, en un intento de denunciar la privatización de la sanidad pública, la justificó al denunciar la muerte de su padre en un hospital público donde no había ni mantas ni agua. Hoy, el director de dicho hospital, ha revelado que es mentira. Dicho esto, si la sanidad pública no tiene ni para mantas, flaco favor ha hecho la actriz, pues lo primero que se me ocurre a mí no es privatizar la gestión, sino el sistema. Es intolerable que un enfermo carezca de lo más básico. Que cada uno se quede con la versión que más le convenga.

Nos contó también que ha tenido un niño y que le preocupa no saber qué tipo de educación pública le espera. No hace falta señalar con el dedo quiénes son los máximos responsables de tamaño desastre. Además, aprovechó para pedir trabajo. Supongo que también utilizará Infojobs. Esos dramas personales suyos los mezcló con los de la gente que «se está matando porque no tiene casa». No voy a entrar en el matiz de las palabras. A continuación llegó la frivolidad: «así que este premio no me lo va a amargar nadie», añadió. Es como estar en un entierro, un entierro innecesario que ella misma diseñó, y exclamar: «¡el muerto al hoyo y el vivo al bollo! ¿Una copita?».

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pic.aspxMaribel Verdú es como una señorona de pieles del Barrio de Salamanca. Pero les diferencia la estética de su discurso. ¿Se imagina alguien a esa señorona pudiente y de apellidos compuestos, de Chanel y abrigo de pieles, en una manifestación convocada por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca? Esa es la imagen de la actriz que, engalanada de Dior, se permitió dedicar su Goya a todos los que lo pasan mal por culpa de un «sistema corrupto que permite robar a pobres y dárselo a los ricos». Maribel Hood de oferta. Ese sistema que le permite a ella vestir tan espléndida. El mismo que hace que ella sea imagen de las rebajas de una de las empresas más potentes de España. Su éxito profesional le ha llevado, paradójicamente, a protagonizar el vídeo corporativo de otra empresa (también privada, oiga) para vender hipotecas.

Que alguien de izquierdas gane mucho dinero es tan legítimo como que lo haga uno de derechas. Y que se lo gaste como quiera y donde quiera. Pero rechina la legitimidad que se otorgan los que se consideran cultura cuando, en el debate político, reflejan su más profunda indocumentación. Lo que Verdú no debería olvidar nunca, más que nada para no volver al pasado es que, de Dior, sólo se viste en Nueva York.

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Como suele suceder, los héroes son anónimos. Fue uno de los premiados a la mejor película iberoamericana, la cubana Juan de los muertos. Con un parecido notable a Prince, y la forjada histeria de una colegiala ante Justin Bieber, acertó a denunciar lo siguiente:

¡en Cuba no hay de nada, pero hacemos de todo!

Willy, repite conmigo: «en Cuba no hay de nada».

Nasciturus, nascituri (III): La trampa del nasciturus


The Pushkin State Museum of Fine Arts, Moscow Winter Landscape With A Bird Trap 1620sDetails  Pieter Brueghel the Younger (detail1)

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Ya señalé en el primer artículo de esta serie lo curioso que resulta que en una ley del aborto se defina al feto como ‘nasciturus’, pues el significado de esta palabra, ‘el que nacerá’, contradice su intención, que es la de que algunas personas nazcan y otras no. Para ser exactos, ‘nasciturus’ aparece tan sólo una vez en el texto de esta ley y ni siquiera de manera directa, sino en una cita que se hace de una sentencia del Tribunal Constitucional:

En el desarrollo de la gestación, «tiene –como ha afirmado la STC 53/1985– una especial trascendencia el momento a partir del cual el nasciturus es ya susceptible de vida independiente de la madre».

Me gustaría ahondar un poco en este asunto:

La sentencia constitucional STC 53/1985 a la que se hace alusión daba el visto bueno a la despenalización del aborto en tres casos particulares: grave peligro de vida o salud física y psíquica de la embarazada, violación y, finalmente, graves taras físicas o psíquicas del feto. En todo momento se procuraba dejar bien claro que el estado debía proteger la vida del feto y que sólo en esos casos se abstendría de actuar. En este sentido la sentencia utilizaba el término ‘nasciturus’ con toda propiedad e intencionadamente (hasta 71 veces, si mi ordenador no falla), pues dada la excepcionalidad de esta medida, lo más importante seguía siendo que el nasciturus pudiera efectivamente nacer.

Con todo, se caía de nuevo en la tentación de intentar definir la vida humana aunque sin poder llegar a nada en concreto, como es natural. Pues, si no existe un criterio científico para definir el concepto de humanidad, mucho menos otro legal, así que cualquier definición legal de ‘vida humana’ que no sea en sí misma una declaración de principios -es decir, de creencias fundamentales- se quedará tan sólo en la mera descripción de obviedades. En este caso lo que se decía era que la vida es «un concepto indeterminado», y la vida humana en particular un «devenir, un proceso que comienza con la gestación, en el curso de la cual una realidad biológica va tomando corpórea y sensitivamente configuración humana». Se indicaba además que en ese proceso adquieren especial importancia dos momentos: el nacimiento y el momento en el que el feto es viable, (aunque sin explicar por qué). Finalmente, se admitía que la gestación genera un «tertium existencialmente distinto de la madre».

El sentido general se entiende enseguida: el feto tiene vida humana desde el principio de su gestación y, de acuerdo con el resto de la sentencia, ésta debe ser protegida. Pero el caso es que, cuando uno intenta leer con más atención qué tiene de especial esta vida, las cosas se vuelven confusas. Así, la condición humana del feto, su individualidad e incluso su propia vida no quedan claramente definidos al utilizar términos tan poco precisos como ‘indeterminado’, ‘devenir’, ‘proceso’, ‘realidad biológica’, ‘configuración humana’ y ‘tertium’ (en lugar de sujeto o persona) que, lejos de establecer las cosas de una vez por todas lo que hacen es lanzarlas de nuevo al aire para que cada cual las recoja a su manera. Esto, y no otra cosa, es lo que ha hecho la ley del aborto de 2010 acabando de una vez por todas con esa ambigüedad: en ella la vida del nasciturus sólo resulta relevante a partir del momento en que es viable. Y con esta intención se cita fuera de contexto la frase que acabamos de ver, porque es la que más interesa, traicionando así el verdadero sentido de toda la sentencia.

No se puede obviar, sin embargo, que esos tres casos contemplados por la sentencia significaban ya un pequeño agujero, una trampa por la que se podían colar otras muchas ‘excepciones’. Pues, si no se entiende que la vida del feto es un derecho fundamental, vida humana plena y absoluta, sino que tan sólo se la ve como el comienzo de un ‘proceso de configuración humana’ ¿cómo se puede entonces ponderar su importancia frente a los derechos fundamentales de quienes ya han nacido? Más aún, ¿qué es eso de la configuración humana? ¿El hecho de que le salen piernas y brazos al nasciturus, o de que por fin tenga un cerebro? ¿Y cuándo empieza un cerebro a ser humano? ¿Acaso no tienen los animales cerebro? Como vimos en la anterior entrada, lo mismo podría decirse de la vida de un niño de ocho años, la de un adulto de cuarenta o la de cualquier otra persona, dado que en todos ellos la vida se puede entender también como un ‘proceso de configuracíon humana’.

Lo cierto es que, en términos humanos, la única diferencia que existe entre un feto y una persona que ha nacido es el hecho de que a una se le conceden derechos mientras que al otro no. Tan sólo, y no en todos los casos, se lo protege a las catorce semanas de gestación. De esta manera el feto es en sí mismo todo él una enorme excepción para las leyes, y lo mismo se puede decir de su vida. Mientras se está gestando, el nasciturus es una especie de entidad extraña, un extranjero al que se puede aceptar en nuestra sociedad moderna o, finalmente, deportar al limbo.

Hecha la ley, hecha la trampa… La trampa del nasciturus.

Continuación

Descordados


toro-intelectual

Julio llega de la dehesa, bravo, enfurecido. También equivocado, pero todavía no lo sabe.

https://twitter.com/JOrtegaFr/status/301310947933425664

Ana entra suave; Miguelito, más decano, no necesita tantear.

https://twitter.com/sinonevero/status/301341405794676736

Julio desafía y bufa, tardea. Miguelito bambolea. En la embestida, Miguelito barre.

https://twitter.com/sinonevero/status/301343337481396224

Miguelito cita y Sara, azabache, entra boyante.

Miguelito da la alternativa a Vito.

Entra Prado, maulón. Matizando, como una salsa de la nouvelle cuisine.

Prado se muestra incierto y da con la testa en la arena.

Pedro, el Niño de la Puta Banda, no ha intervenido hasta ahora. Sin muleta, salta al ruedo. Se ajusta la chaquetilla con paso firme. Alza su brazo derecho. Muestra una imagen, de las que valen más que mil palabras.

Descordados.

Ley de Godwin


Mike Godwin enunció la llamada Ley de Godwin, aunque más que una ley, es un principio. Observó en los grupos de Usenet de la época, que

a medida que una discusión online se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis, tiende a uno.

Con ello, quería señalar la necesidad de pensar dos veces la retórica inflamada o las comparaciones exageradas. Era 1990. Entonces, llamar fascista a alguien era un verdadero insulto, la última ofensa, incluso más allá del hijo de puta. Sin embargo, el mal uso de las palabras y su utilización exagerada pervierte su significado hasta tal punto que dejan de tener sentido. Por eso, no es raro ahora que una persona que no tiene sus ideas alineadas con la socialdemocracia imperante se califique a sí misma de fascista mientras se ríe, pues ya sabe que quien le insulta, hoy, lo hace como último recurso argumentativo, lo que dice mucho de la pobreza de los utilizados con anterioridad. El límite ha llegado hasta el punto en el que el principio de Goldwin se cumple desde el inicio.

Nasciturus, nascituri (II) Criterios de humanidad


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Uno de los puntos principales, si no el más importante, del debate entre abortistas y antiabortistas es el de cuándo y cómo se puede determinar que un embrión sea una persona. Para las organizaciones antiabortistas el embrión debe ser considerado persona desde su concepción, adquiriendo en ese mismo instante el derecho a la vida. Tradicionalmente, sin embargo y como consecuencia del Derecho Romano (Digesto 1.5.7) , se considera al bebé como sujeto jurídico sólo desde el momento en que nace, aunque se entienda que, a modo de protección, pueda recibir ese privilegio antes del mismo. A partir de finales del siglo XX, el derecho a la intimidad de la persona en cuestiones de sexualidad y maternidad ha terminado por prevalecer parcialmente frente a esa protección. En los Estados Unidos, por ejemplo, se puede abortar libremente durante los tres primeros meses de gestación, antes de que el feto sea viable, y en España, tras la ley de 2010, durante las primeras catorce semanas.

Bajo mi punto de vista, el desinterés que en general se demuestra ante un tema como este del aborto libre -aunque sea libre sólo durante un periodo determinado- resulta extraordinario, sobre todo por las posibles consecuencias de estas leyes, y sólo puedo entenderlo como el producto de una especie de letargo moral en la sociedad actual, tan sólo dispuesta a escandalizarse con aquellos asuntos que le sean dictados por el espíritu del momento, o, en definitiva, como un hastío frente a ciertos debates que acaban siendo exclusivamente ideológicos y están salpicados de intereses particulares.

Confieso que hasta hace bien poco yo también formaba parte de los que prefieren no tener una opinión al respecto. Le debo sin embargo a la antigua ministra de Igualdad, Bibiana Aído, el favor de que me obligara a tomar partido con su famosa y desafortunada declaración de que un feto de menos de trece semanas es «Un ser vivo, claro; lo que no podemos hablar es de ser humano, porque eso no tiene ninguna base científica».

Esta declaración fue realizada en la cadena Ser el 19 de mayo de 2009. Semejante torpeza puso en evidencia el tipo de pensamiento que puede colarse, y que de hecho se cuela, en esta clase de leyes. Por entonces yo me encontraba leyendo Maus, el famoso cómic sobre Auschwitz. En él, justo al comienzo, puede encontrarse uno con la siguiente cita de Hitler: «Sin duda los judíos son una raza, pero no humana». Me pareció evidente que el parecido de ambas frases era mucho más que fortuito y que no hacía falta comparar a Bibiana Aído con Hitler para darse cuenta de que su razonamiento, por mucho que fuera inconsciente, seguía un camino ideológico paralelo.

Pues, si bien es cierto que no hay ninguna base científica para considerar que un feto menor de trece semanas sea humano, tampoco lo hay para decir que no lo es. Es más, ni siquiera existe un argumento que pueda probar con total certeza que un feto de más de trece semanas lo sea; o por decirlo ya de una vez por todas, no existe manera científica de probar que nadie, ni siquiera una persona adulta, lo sea. Todavía no se ha llegado a un acuerdo acerca de qué es lo que define la humanidad, ni es probable que la ciencia llegue a dar con ello, dado que no se trata de una cualidad determinada de la fisiología humana, ni de un comportamiento concreto que impregne el carácter de cada sujeto, ni de nada por el estilo que pueda ser cuantificable de una u otra manera, sino de algo esencial, de un hecho absoluto que radica en la existencia de la persona y la dota de un significado. Y esto es así porque el criterio de humanidad no es un criterio científico sino de otro orden diferente, y que está muy por encima de la ciencia: este es un criterio moral y filosófico, un criterio humano en el sentido más amplio de la palabra.

Si el espíritu de las leyes hubiera de ser regido exclusivamente por dictámenes científicos, ninguna muerte podría ser definida como asesinato. Naturalmente, sería el poder político quien se encargaría de ‘aclararlo’.

Continuación

Actos de Dios


Los americanos son unos ignorantes. Lo sabemos porque lo demuestran las televisiones de medio mundo de vez en cuando emitiendo preguntas absurdas a sus ciudadanos que, por no quedar callados, responden barbaridades. No hablemos ya de los rankings de las mejores universidades del mundo: todos sabemos que las nuestras copan los primeros puestos y las americanas se pegan por entrar entre las 200 primeras. La semana pasada escuché en la televisión a una joven española de unos 20 años responder a voleo, después de mucho dudar, que la Segunda Guerra Mundial comenzó en el año 1600. Habrá que analizar detenidamente sus lazos sanguíneos, pues seguro que algo hay del otro lado.

Hoy ha ocurrido algo llamativo en Onda Cero. Lo ha señalado Tsevan Rabtan en Twitter. En «Julia en la Onda», programa de Julia Otero, hablaban la presentadora, Núria Torreblanca, Santi Segurola, Julián Casanova y Agustín Alcalá, corresponsal de la casa en Estados Unidos. En un momento determinado, el último comenta que la compañía eléctrica que tiene contratada no se ha hecho cargo del importe de la comida que tenía en la nevera debido al apagón que provocó el huracán Sandy. En una carta recibida por el periodista, la empresa argumenta que el apagón ha sido un «acto de Dios» y que, por tanto, está amparada por la ley. Aquí, el corte.

Jodidos yankis ignorantes.acto de dios

El último domingo


1962

Ramón Baglietto es decorador y tiene una tienda de muebles. Como a esa hora no hay clientes, está en la calle, de pie, junto a la puerta del negocio que regenta. Tiene 26 años. Calle arriba se acerca una mujer con un bebé en brazos y un niño de la mano, que lleva una pelota. Cuando llegan a la altura de Ramón, el balón se le escapa. El pequeño corre tras él sin pensarlo. Su madre se da cuenta de que se acerca un camión y corre para proteger a su hijo. Ramón, testigo de la escena, sólo tiene tiempo para abalanzarse sobre la mujer y arrebatar al bebé que lleva en brazos. No puede hacer más. Es testigo, horrorizado, de cómo el camión aplasta al pequeño y a su madre. Mueren al instante. Ramón se acerca con el bebé al que acaba de salvar la vida, el pequeño Kándido, y coloca un crucifijo en la mano de la mujer.

1980

Ramón tiene la sensación de que ETA le vigila. Se lo ha comentado a su hermano Pedro. A su mujer, Pilar, le ha dicho que cree que un joven le sigue. Es domingo. Los hijos del matrimonio, de nueve y trece años, tienen muchas ganas de salir a cenar una chuleta con sus padres. A la mañana siguiente, cuando Ramón sale de casa por el garaje, Pilar se asoma por la ventana para ver cómo saca su Seat 124. Observa a un joven: «qué hará ese chico ahí», se pregunta extrañada. El día transcurre con la normalidad de cualquier otro lunes. Sobre las nueve de la noche, Ramón telefonea a su mujer para decirle que acaba de despedirse de unos clientes y que va para casa. Cierra su tienda en Elgoibar. Diluvia con rabia. Arranca su coche. Doce kilómetros hasta su casa, en Azcoitia. Nada más salir, se percata. Un coche le sigue. Acelera. Consigue cierta ventaja. Al girar una curva, en el alto de Azcárate, dos asesinos de ETA toman la calzada y ametrallan el vehículo. Dos balas alcanzan el pecho de Ramón y choca contra un árbol. A los pocos segundos, llega el coche rezagado. Se baja un joven. Camina hacia el coche estrellado. En su mano, una nueve milímetros Parabellum. Se acerca a la ventana. El joven Kándido clava la pistola en la sien de Ramón. Y dispara.

Nasciturus, nascituri


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Como mi buen amigo Antonio me ha dado licencia para escribir en este blog acerca de cualquier tema que me apetezca, me encuentro en la misma situación que muchos de mis alumnos de Plástica cuando les doy permiso para hacer un dibujo libre, los cuales, agobiados ante tanta libertad, no saben qué tema elegir. Su primera reacción es la de pedirme que les ayude a encontrarlo, pero como yo no tengo ni gota de imaginación, al final logro convencerles de que son ellos los que deben buscarlo por su cuenta, pues siempre lo harán mucho mejor que yo. Y es verdad, siempre lo hacen; hay que confiar en ellos. Pues bien, lo mismo le ha ocurrido a Antonio conmigo, por lo que no me ha quedado más remedio que ponerme a buscar tema.

Quizás podría dejar caer alguno de mis pensamientos sobre el 11-M pero, aparte de estar muy mal informado acerca de un asunto tan importante -como el 100% de la población española- éste parece ser muy controvertido, y creedme cuando os digo que no soy un hombre al que le guste avivar la polémica. Luego he pensado en las víctimas de ETA, pero me he dado cuenta de que también es un tema muy espinoso y difícil de abordar. Al final he decidido hablar sobre el aborto. Efectivamente, eso del aborto en España debe de ser una cosa ligera y fácil de tratar porque, o bien se suele estar de acuerdo con que se practique moderadamente o, simplemente, se prefiere no tener una opinión al respecto. Todo ello me da una libertad de movimiento impresionante (vamos, digo yo).

La ley orgánica que regula en España el aborto desde 2010 define al feto como nasciturus. Esto ha llamado mucho la atención desde el primer momento. Y la verdad es que a mí también me ocurrió porque, sin ser ningún experto, me gusta mucho el latín. ‘Vaya, qué interesante, resulta que esta ley sobre el aborto ha dado a luz una nueva palabra’. Naturalmente, esto no es así, pues el término ya existía antes.

‘Nasciturus’ es un participio futuro, como también ocurre con ‘futurus’, que lo es del verbo ‘sum’ (ser) y que significa literalmente ‘lo que será’. El nasciturus es entonces ‘quien nacerá’. Así pues la ‘Ley Orgánica 2/2010, de 3 de marzo, de salud sexual reproductiva y de la interrupción del embarazo’ regula cómo algunos de los que nacerán no nacerán. Nasciturus pertenece además a la segunda declinación (nasciturus, nascituri), lo cual, dicho sea de paso, lo convierte en una inconveniencia porque la segunda declinación es eminentemente masculina. Sería mas adecuado, en este caso, hablar del ‘nasciturus’ y la ‘nascitura’ (o, en su defecto, del feto y la feta) a no ser que se esté contemplando la discriminación positiva entre nascituri y nasciturae, lo cual a lo mejor sí que es conveniente. Queda, eso sí, la opción de llamarlos nascitur@ (apunto esto último como una posible solución alternativa).

Sin embargo ni siquiera esto simplifica las cosas, puesto que en el latín la distinción de géneros entre sustantivos suele aplicarse preferentemente a los seres humanos, y parece ser que una de las intenciones de esta ley es la de aclarar que no está claro que el nasciturus sea humano, dado que antes de cierto número de semanas todavía no lo es, mientras que después del mismo se metamorfosea y por fin lo consigue. En todo caso, sí que parece haber consenso en que antes de la metamorfosis el nasciturus es ya ‘todo un ser’, alcanzando el deseable estatus de existencia. Así que podría decirse, para intentar aclararnos, que en realidad se trata de algo así como un ‘humanurus’.

Con la intención de simplificar las cosas, yo sugeriría que antes de la decimocuarta semana de gestación al ‘nasciturus’ se lo llamara simplemente ‘nasciturum’, utilizando el género neutro. O bien, finalmente, que se acuñara un nuevo término que englobara a la vez los dos géneros, como ocurre con muchas palabras que aluden a seres que no son (o no han llegado todavía a ser) humanos; por ejemplo con el hermoso vocablo ‘canis’, que como todo el mundo sabe significa ‘perro’.

Continuación